
...21%
procesado...
8:45h.
...25%
procesado...
9:19h.
...29%
procesado...
9:56h.
...30%
procesado...
10:03h.
¡Joder! Al ritmo que el software de
EstadisTIC procesaba aquellos datos, el 100% coincidiría con las vacaciones de
verano.
Hacía tiempo que me había quejado al
cretino de mi jefe de que necesitaba un equipo de trabajo más potente, a poder
ser con un procesador de más de 7 núcleos, 32GB de RAM, almacenamiento SSD de
1TB, una GPU dedicada y, ya que me ponía a pedir, dos pantallas HD de 15
pulgadas. La mitad de mis compañeros lo había conseguido tras llorarle medio
minuto... ¿Por qué tenía que ser yo el cero a la izquierda cuando,
irónicamente, se me exigía un mayor rendimiento?
...32%
procesado...
10:12h.
«¡Qué ganas tengo de que llegue
agosto!» suspiré para mis adentros, desesperada.
A riesgo de que colapsase el sistema
y tuviera que empezar de nuevo el procesamiento de los datos no me atrevía a
realizar otras actividades en paralelo, por lo que hacía como que revisaba los
mismos informes impresos una y otra vez mientras rememoraba las últimas semanas
que había compartido con Eric.
En cuanto me había puesto el
uniforme de enfermera había notado como si mi personalidad se modificase
ligeramente, mostrando a una Angy mucho más contundente y segura de sí misma.
Había sido divertido a la vez que sexy. Cada día, cada eyaculación, había
resultado única y especial, y me sentía afortunada de que Eric me hubiera
cedido el control sobre ellas.
De hecho, aunque el uniforme de
enfermera se encontraba secándose en el tendedero, el lunes habíamos
contabilizado la vigésima primera eyaculación con el objetivo de rellenar el
botecito con la muestra para el espermiograma. Y hubiera habido una vigésima
segunda si no fuera porque cuando regresamos de la clínica me visitó la Reina
Roja, dejándome totalmente K.O. en la cama. Eric me preparó la cena y una
infusión doble de tila combinada con ibuprofeno, y me dormí con su mano
reposando sobre mi vientre como si aquel fuera el verdadero remedio contra el
dolor.
Dos días después, la amenorrea había
desaparecido y el flujo de sangre había disminuido considerablemente; aun así,
seguía comprobando la silla cada vez que me levantaba para asegurarme de que no
se repetía el escenario tarantinesco del mes anterior.
—¡Angelita! —Una voz
estridente me sacó de mis pensamientos—. Te he reenviado un documento de
PowerTech. ¿Lo habés visto?
—Lo siento, Mariano. Tengo el
ordenador inutilizado por...
—¡Nada de excusas! —Su olor a
perfume y puro me envolvió como una nube asfixiante cuando se inclinó sobre mi
escritorio—. Espero tus conclusiones antes de que acabe el día, me da igual que
se hagan las 23:59 de la noche... Me mandás el informe hoy.
Asentí a regañadientes, sintiéndome
tan sobrecargada como la CPU de mi ordenador.
Cuando Mariano se encerró de nuevo
en su despacho, David me llamó la atención.
—Puedes usar mi ordenador durante la
comida.
Prefería sacrificar mi descanso a
tener que hacer horas extra no remuneradas.
—De acuerdo. Gracias, David.
—No hay que darlas —me dedicó su
mejor sonrisa—. Estoy encantado de ayudar.
Con el horario de verano las pausas
del café se acortaban y el descanso de la comida se adelantaba, así que mis
compañeros abandonaron sus puestos alrededor de las 12:30h, cuando la pantalla
de mi ordenador marcaba un 43% de progreso.
—¡Hola, cielo! —Carmen me saludó al
regresar con un sándwich y un refresco de las máquinas—. ¿Vas a comer en la
oficina?
—¡Qué remedio! —Resoplé
dramáticamente—. Tengo que terminar una tarea.
—¡Pues no te entretengo! Ánimo y que
aproveche.
—Muchas gracias, Carmen. Que te sea
leve a ti también.
Carmen se despidió agitando un trapo
y una fregona cómicamente.
Conseguí descargarme el documento
sin que petase mi equipo y lo abrí desde un USB en el ordenador de David.
Aliviada, comprobé que el análisis de aquellos datos era bastante sencillo, y
en apenas media hora había comido y tenía listo mi informe.
Me disponía a expulsar el dispositivo
con seguridad cuando en la pantalla saltó un aviso que captó mi atención. Se
trataba de la mensajería del chat interno. Y, aunque sabía que no era
éticamente correcto leer conversaciones ajenas, sentí que mis acciones estaban
justificadas debido a que yo parecía ser el tema de conversación.
Leo – Algun avance en la OPERACION CUPIDO???David – No... Y te recuerdo que Angy tiene novio...Fer – desde que empezó junio no ha vuelto a buscarla en cocheDavid – Puede ser por los horarios de trabajo...Leo – O porque ya se está cansando de ella!!Fer – estoy seguro de que el chulito ese con las dilataciones y los tatuajes solo la quiere para follarLeo – A las chicas les encantan los malotes, pero al final siempre acaban con los buenazos!!Cuando la haga llorar será tu oportunidad de conquistarla!!David – ¿Y hasta que llegue el momento qué?Es un sufrimiento tenerla tan cerca y a la vez tan lejos...Fer – ya me lo imaginosi tuviera delante esas tetas estaría palote todo el tiempoDavid – No seas basto...Leo – Como si no te hubiera pasado!! Estoy seguro de que cuando tardas tanto en volver del baño estás tocandote como un mono pensando en ellaDavid – ERES GILIPOLLASLeo – Y TU UN EGOISTAQuieres a Angy solo para tiEn cambio yo estoy dispuesto a compartirlaFer – hablas en serioLeo – Me la imagino como una puta de oficina a la que su contrato que le exige estar a nuestro servicioDavid – Tienes el cerebro podrido por el porno...Leo – Ojooooo que tengo un vídeo guardado que escenifica perfectamente a que me refieroFer – pásaloDavid – Ni se te ocurra enviar eso por el chat del trabajo...
*Vídeo recibido*

Fer – en cuanto termine mi informe lo veoDavid – Yo no pienso verlo...Leo – Y si se lo envio tambien a Mariano???Quizas le gusta la idea y la hace realidadFer – ojaláLeo – La verdad es que es una pena que Mariano la tenga todo el día procesando datos y haciendo informesDavid – En esto último te doy la razón...Fer – acaso no es esa la idea del feminazismosi quiere los mismos derechos que se los gane trabajando tanto como nosotrosDavid – Mariano se pasa cien pueblos con ella... Pero ella, aunque vaya agobiada y sus informes sean más difíciles que los nuestros, siempre consigue sacarlos adelante...Leo – Ya está su caballero enamorado defendiendola otra vez!!David – Angy merece nuestro respeto y que le echemos un cable...Fer – yo le echaría más que un cableDavid – Te debería dar vergüenza decir eso estando casado...Fer – no es infidelidad tener fantasíasLeo – Lo que ocurre en la oficina, se queda en la oficinaEse es el título de este videoTIENES QUE VERLO DAVIDDavid – Lo veré en casa solo para que te calles...Ahora dejadme trabajar, pesados...
[3 mensajes sin leer]
Leo – La escena que empieza en el minuto 14’43’’ representa la OPERACION CUPIDOImaginad que somos nosotros y AngyJOOOOODER!!
Se me había formado un nudo en la
garganta por la aprehensión, pero aun así una parte de mí necesitaba verlo.
Tras asegurarme de que Carmen estaba limpiando en la otra punta de la oficina y
que el sonido estaba desactivado, cliqué sobre el botón del play.
El vídeo comenzaba con una joven llegando
a una oficina. Tenía el cabello moreno recogido en un moño, la piel pálida y
los ojos azules tras unas gafas de pasta negra. Vestía una ajustada blusa, una
falda de tubo y, eso sí, taconazos de aguja. Debía admitirlo: parecíamos dos
gotas de agua. Al atravesar los puestos de trabajo, los empleados le dedicaban
miradas lascivas y la cámara iba alternando entre el movimiento de su culo, sus
piernas y sus pechos mientras caminaba.
Avancé medio minuto. Gracias a los
subtítulos integrados podía leer los diálogos... «Ante todo, ¡accesibilidad en
el porno!» pensé con ironía.
La protagonista estaba reunida con
el jefe en su despacho. El hombre, de mediana edad, calvo y regordete, le
estaba explicando en qué iba a consistir su trabajo. «Debes atender las
necesidades de los trabajadores y elevar sus ánimos». Luego proseguía con
las condiciones salariales: «Aparte del sueldo base, se calculará una prima
al final de cada mes en función de los datos de tu desempeño. El número de
corridas que recibas en el cuerpo multiplicará este factor por 1.5, en la boca
por 2, en el coño por 2.5 y en el culo por 3. Cuidado, porque también puedes
recibir penalizadores por mal comportamiento». Sobre la mesa depositaba un contrato
de confidencialidad y una hoja de consentimiento informado. «Lo que ocurre
en la oficina, se queda en la oficina», le aseguraba. En cuanto la joven tenía
firmados los papeles, el hombre decretaba su primera tarea: arrodillarse y
hacerle una mamada con el fin de liberar el estrés del comienzo de la jornada.
No pude evitar ponerme en la piel de
la protagonista e imaginarme la escena con Mariano. Se me revolvieron aún más
las tripas, repugnada. Fui pasando a trompicones los primeros planos de la
polla entrando y saliendo de su boca, de los hilos de saliva y las gafas
empañadas, de los dedos cortos y toscos empujando hacia abajo, de los huevos
impactando contra su barbilla, de la contracción de su garganta cuando la
obligó a tragar su corrida.
La siguiente escena se situaba de
nuevo en la zona común. El jefe la había presentado como la nueva «puta de
oficina» y estaba enumerando las reglas que los empleados debían seguir:
1)
El tiempo que pasaban con ella se
contabilizaría. Sus encuentros no podían durar más allá del tiempo de descanso
establecido, treinta minutos, y en total sólo podían acumular una hora al día.
2)
Estaba terminantemente prohibido
causarle daños importantes, como lesiones o mutilaciones.
«No queremos que coja la baja, ¿verdad?»
3)
Al igual que ella se encargaba de
sus necesidades, ellos también debían encargarse de las de ella. Esto significaba
proporcionarle comida, bebida y pausas para descansar.
La siguiente hora del vídeo
concentraba las ocho horas de jornada de la protagonista.
Avancé las escenas en las que ella
iba de puesto en puesto cuando la solicitaban, haciendo mamadas y pajas. Las
manos de los oficinistas se volvían cada vez más audaces y se colaban en su
escote y bajo su falda, e incluso alguno se atrevía a propinarle algún azote
que provocaba que se tensase como la cuerda de un violín. En un momento dado,
la cámara mostraba a tres hombres conspirando.
Mordiéndome el labio inferior con
nerviosismo, di un salto hasta el minuto 14’43’’ y me encontré la siguiente
escena in media res: la protagonista había acabado reducida en el suelo
por dichos hombres, bocarriba. A juzgar por su mirada de terror y su moño
despeinado, le habían abierto la camisa, desnudado de cintura para abajo y
descalzado a la fuerza. Imaginé que era Fernando quien me tapaba la boca y me
aprisionaba las muñecas, Leo quien me mantenía las piernas abiertas y David
quien me follaba el coño sin piedad. Tras correrse, David se intercambiaba la
posición con Leo, mientras que Fernando liberaba su erección y me la clavaba
hasta el fondo de la garganta al mismo tiempo que me manoseaba los pechos con
tanta fuerza que mi piel se tornaba granate...
—¡Me voy ya, cielo! —La voz de
Carmen me sobresaltó—. ¡Que termines bien el día!
—I-igualmente, Carmen —conseguí
articular.
Sintiendo un escalofrío, me sumergí
de nuevo en aquella pesadilla en la oficina.
Cuando los tres hombres agotaron sus
treinta minutos de encuentro, el resto estaba esperando su turno. Presencié
cómo le follaban en el suelo, a cuatro patas, mientras le pisaban la cabeza
para mantenerla en posición. Su maquillaje estaba completamente arruinado por
la saliva, las corridas y las lágrimas, y su expresión se había transfigurado
completamente cuando uno de los hombres se disponía a sodomizarla. Casi pude
escuchar sus gritos de dolor.
Avancé un par de escenas. La chica había
intentado escapar, pero el jefe la había interceptado y había ordenado a sus
empleados que la atasen a una mesa. Su castigo consistía en colocarle pinzas de
pala abatible en los pezones y azotarla con una regla hasta romperla contra sus
nalgas. Luego el mismo jefe le masturbaba hasta provocarle varios orgasmos
forzados y un squirt que la dejaba completamente rendida sobre el
tablero.
«¿Véis? Así está más dócil».
Y tras comprobar en una pizarra los multiplicadores de las corridas y el
tiempo que le dedicaba cada empleado, el jefe instaba a continuar con la
actividad; al decirlo mirando a la cámara, rompía la cuarta pared.
La violencia y el trato vejatorio se
intensificaban en la segunda parte del vídeo. De lo que llegué a ver, los
oficinistas le escupían, le escribían en el cuerpo obscenidades y le abofeteaban
el rostro y los pechos, procurando cumplir la segunda regla. En cuanto a la
tercera, le daban de beber café con semen, le tiraban la comida al suelo para
la comiera como un animal y los descansos se solapaban con el tiempo de
recuperación de los propios oficinistas. Estos zarandeaban su cuerpo de un lado
a otro como si fuera una muñeca de trapo y en un momento dado la llegaron a
follar entre cinco; una polla en la boca, una en cada mano, una en el coño y
otra en el culo.
En la última escena, la protagonista
era arrojada al despacho del jefe y este la follaba con brusquedad mientras la
estrangulaba con su cinturón hasta que su rostro se volvía casi morado. A las
cinco en punto vertía su corrida en sus entrañas y le susurraba al oído: «Primera
jornada superada, puta. Y recuerda: lo que ocurre en la oficina, se queda en la
oficina». El brillo que desprendía su mirada al comienzo del vídeo se había
apagado por completo, y su expresión estaba tan vacía que parecía que algo se
hubiera roto dentro de ella, irreparablemente.
Cerré el vídeo e hice una copia del chat
en mi USB justo cuando mis compañeros regresaban de la pausa. El USB quedó
aprisionado en mi mano por la rabia y la impotencia, y noté que punzadas de
ansiedad me aguijoneaban el pecho.
—Hey, Angy, ¿qué tal? —Sentí una
mano entre mis omóplatos y me aparté como si quemase—. ¿Has podido terminar el
informe?
Al mirarle, la cara de David me
pareció la de un completo desconocido. Flanqueándolo, se encontraban Leo y
Fernando.
—Sí, gracias —intenté responder con
normalidad, pero me vino a la cabeza aquella escena del minuto 14’43’’ y casi
perdí la compostura.
—¡Aquí me tienes! —Se acomodó en su
asiento, sin darse cuenta de mi nerviosismo—. Si acaso, ya me devolverás el
favor.
Me guiñó un ojo. ¿Sus palabras
tenían doble significado?
Sin responderle, me oculté detrás de
mi pantalla, que marcaba un 59% de progreso.
Hasta que mi ordenador marcó el
100%, a las 15:42h, estuve rumiando para mis adentros lo que acababa de
descubrir sobre mis compañeros.
En cuanto al encaprichamiento de
David —pues no estaba segura de si podía llamarlo «enamoramiento»—, no era la
primera vez que me ocurría algo parecido. A lo largo de mi vida, varias
personas, particularmente hombres, habían pensado que podían ir un paso más
allá cuando les había tratado con cordialidad o actitud amistosa. ¡Les daba la
mano y me agarraban del brazo! Luego, al dejarles ver que me incomodaban e
intentaba poner límites, me arrojaban los típicos reproches: «pero parecía que
tú querías», «tenemos una complicidad especial» o «no te hagas ahora la
estrecha». Y yo intentaba negociar, seguir siendo amable pero distante, pero,
en ocasiones, ni siquiera enfriando el contacto conseguía que me dejasen
tranquila. Desgraciadamente, había gente que no sabía encajar un rechazo, y
parecían haber interiorizado las dinámicas tóxicas de «quien la sigue la
consigue» o «el roce hace el cariño». ¿De verdad David pensaba que tenía
posibilidades?
Repasé de forma compulsiva las
conversaciones que habíamos compartido durante los cafés y las comidas. ¿Había
hecho o dicho algo que él pudiera malinterpretar? ¿Sonreírle demasiado?
¿Tocarme el pelo mientras hablábamos? ¿Cambiar a una postura sugerente en el
asiento sin darme cuenta? No, yo no tenía el control de cómo me veían otras
personas, ni mucho menos podía responsabilizarme de haber generado aquella
situación. Es cierto que él me había propuesto quedar fuera del trabajo,
mostrándome su interés de conocerme, pero yo le había dejado muy claro que
ahora tenía pareja. Y aunque Eric me había planteado que estaba cómodo teniendo
una relación abierta, ¡David no me interesaba de esa manera! ¿Quizás tenía que
ser más explícita con mis negativas? ¿Dejar de compartir los descansos e
incluso ignorarle durante el trabajo? Me preocupaba que nada de lo que él hacía
o decía fuera genuino, sino una treta para llevar a cabo esa Operación Cupido
con el objetivo de conquistarme.
Y ahí es donde entraban Fernando y
Leo. Hacía mucho tiempo que sabía que eran unos retrógrados y unos misóginos,
pero su forma de referirse a mí en aquel chat me había helado la sangre.
Estaba claro que no me veían como a una compañera de trabajo, como a una igual,
quizás ni siquiera como a una persona. Para ellos era el objeto de sus deseos
más primarios y parecía agradarles la idea de tratarme como a la protagonista
del vídeo. Pero... ¿Realmente fantaseaban con la idea de violarme?
Gracias a mis conocimientos y
experiencias con el BDSM sabía mejor que nadie que no todas las fantasías se
llevaban a la realidad. Aquel vídeo podría encajar en la dinámica de cnc
o no-consentimiento consensuado, una dinámica que había encontrado en más de
una ocasión en literatura erótica y que, debía admitirlo, me resultaba
interesante. Si no hubiera existido ese componente tan personal, tan real,
¿habría visto con otros ojos aquel vídeo? ¿Me habría puesto?
Hacía años mi psicóloga me había
explicado que muchas personas, específicamente mujeres, fantaseaban con ese
tipo de situaciones, lo cual no implicaba que deseasen ser forzadas en la vida
real. En esas fantasías no existía la ansiedad ni el pánico, y el peligro era
una ilusión positiva ya que la mujer se rendía voluntariamente a la figura que
la sometía, experimentando su sexualidad más cruda y libre de restricciones. Pero
entonces me había asaltado la siguiente duda: si le quitábamos la culpa y la
vergüenza a las mujeres que se sometían mediante «fantasías de violación», las
normalizábamos e incluso las empoderábamos, ¿cómo tratábamos a las personas,
específicamente a los hombres, que fantaseaban con desempeñar el papel de
violador? Según algunos estudios, si se excitaban ante estas fantasías,
asociándoles emociones positivas y recreándose en ellas, tenían más
posibilidades de cometer agresiones sexuales en la realidad. Personalmente, me
parecía injusto que a la parte dominante siempre se la condenase; la clave
siempre giraba en torno al consentimiento, que debía ser informado, entusiasta
y reversible. Sin embargo, en el video que acababa de ver esos conceptos hacían
lagunas por todas partes.
Pero
había visto el video por accidente, no porque ellos quisieran que lo viera. Leo
se lo había enviado a David, no a mí. Y yo había leído el chat sin su consentimiento, así que si
me quejaba probablemente era a mí a la que acusarían de haber violado su
intimidad. Además, ¿cuánta importancia debía darles a sus palabras si de
momento no había habido ningún acto que los condenase?
También
habían mencionado a Eric. ¿Intentarían minar el comienzo de nuestra relación de
alguna manera? ¿Se atreverían a enfrentarse a él? ¿Y cómo respondería Eric? Me daba miedo que la situación escalase, que ocurriera
algún malentendido, que Eric se molestase...
«Lo mejor será que no le cuente nada
de esto», concluí. Quizás estaba
haciendo una montaña de un grano de arena, y lo que debía hacer era
tranquilizarme, enfriar la cabeza y las emociones que ahora mismo bullían en mi
pecho, e intentar reconducir la situación.
«Sí. No
es tan grave... Todo irá bien.»
Empleé
los últimos veinte minutos que quedaban de jornada en preparar el análisis de
aquellos malditos resultados y enviar los informes pendientes al cretino de mi
jefe. Aunque conseguí serenarme, la ansiedad se había anidado en el fondo de mi
pecho.
Nada más llegar a mi apartamento me
duché y me vestí con un pijama corto, pues ya empezaba a notarse el calor
característico de junio. Me sequé el pelo, lo peiné hasta que quedó
perfectamente liso y me volvía a colocar los piercings con parsimonia.
Estaba abrochando el último aro de
mi oreja izquierda cuando me sobresaltó el telefonillo.
—¿Quién es?
—¡Tu Súcubo Kinky!
Escuchar su voz me alegró de inmedio.
A los pocos segundos Eric se
presentó en el recibidor con la sonrisa más amplia y los hoyuelos más marcados
que nunca. Me alzó entre sus brazos, invitándome a abrazar su cintura con mis
piernas, y me besó apasionadamente contra la puerta.
—Mi Súcubo Kinky... —repetí contra
sus labios, recreándome en el significado de aquellas palabras.
—Mi Goth Girl... —Sus ojos verdes
parecían incandescentes.
—¡Qué pronto has venido hoy!
—exclamé, sonriendo también como una tonta enamorada.
—Una llamada muy importante me
despertó de la siesta.
—¿Y qué decía... esa llamada tan
importante... si se puede saber?
Su boca se deslizó por mi mandíbula
y me susurró al oído, como si fuera un secreto:
—Que ya puedo follarte sin condón.
¿Ya? ¡Joder, qué rápido habían
llegado los resultados!
—¡Oh! —Logré articular por la
sorpresa—. Esto... Tengo la regla.
—¿Te duele?
—No, pero...
—Entonces no hay ningún pero.
Ya sabes que a mí no me asusta la sangre... Y a ti menos aún.
—¡Tienes razón! —admití entre
risas—. Pero antes de follar me gustaría que me azotases un rato, por favor.
Como en las últimas semanas nos
habíamos centrado en el femdom, mi culo echaba de menos una buena sesión
de spanking.
—Esa es una idea genial. —Tal y como
esperaba, Eric accedió de buena gana a mi petición—. De hecho... Contra la
pared.
Me depositó de nuevo en el suelo.
Rápidamente me dispuse a adquirir la pose que me había enseñado, colocando las
manos contra la puerta e inclinándome ligeramente hacia delante con las piernas
abiertas para ofrecerle mi culo y mi sexo.
—Buena chica...
Me acarició por encima del pijama
mientras se colocaba a mi lado. Con la mano izquierda pellizcó mis pezones
alternativamente, provocándome descargas de placer que me recorrieron el cuerpo
entero. Por el rabillo del ojo vi cómo alzaba el otro brazo y... ¡Pam!
El primer azote aterrizó en mi nalga derecha, arrancándome un gemido de placer.
Eric pasó de una nalga a otra,
aplicando un ritmo constante, y sentí cómo me centraba cada vez más en el nosotros
y el ahora. La sensación de calor comenzó a extenderse por mi piel,
si bien los azotes picaban menos debido a que la tela amortiguaba el contacto.
Uf, deseaba tanto que me bajase los pantalones...
Como si me leyera los pensamientos,
sus dedos abandonaron mis pechos y viajaron hasta mis lumbares para trabarse en
la cinturilla de mis pantalones. Sin embargo, Eric hizo todo lo contrario a lo
que esperaba: tiró de la tela hacia arriba. Mi coño, húmedo y excitado, palpitó
de dolor, y no pude evitar tensarme en el mismo sentido.
—No te pongas de puntillas —me
reprendió, y esta vez su azote se encontró con mi piel desnuda.
Al bajar los talones al suelo la
entrepierna del pantalón se clavó aún más en mi vulva, pero me esforcé en
aguantar y recuperar la pose. Sin aflojar aquel agarre, Eric continuó
azotándome enérgicamente... ¡Plas! ¡Plas! ¡Plas!
¡Plas! Mi cuerpo vibraba con el dolor y el placer que me
estaba proporcionado y mis cuerdas vocales así se lo demostraron.
—¡Ah! —¡Plas!— ¡Oh! —¡Plas!—
¡Ah! —¡Plas!— ¡Gracias, Amo!
En este caso los azotes no eran un
castigo, sino una recompensa.
—Gracias a ti... —¡Plas!—...
por ofrecerme... —¡Plas!—... tu maravilloso culazo.
Con el paso de los minutos mi coño
pareció entumecerse ante la presión del pantalón y el dolor se concentró en mis
nalgas, que pasaron del color rosáceo al rojo vivo.
¡Plas! ¡Plas! ¡Plas!
¡Plas!
Arañé la madera mientras intentaba
tragarme las lágrimas. Mis exclamaciones se habían transformado en gritos
guturales que, estaba bastante segura, se escuchaban perfectamente desde el
rellano del ascensor, lo cual me avergonzaba y me ponía en dosis iguales.
Como colofón, Eric me palmeó diez
veces seguidas cada nalga, aumentando tanto la fuerza en los últimos azotes que
resonaron hasta en mis huesos.
—¿Ha quedado satisfecha tu vena
masoquista? —Inquirió mientras deslizaba los dedos por mi entrepierna—. Yo
diría que sí, pues la tela está empapadísima...
Satisfecho con su trabajo, por fin me
desnudó. Seguidamente, deslizó la mano derecha desde mis nalgas hasta mi sexo,
apartó mis labios mayores y con el dedo corazón dio golpecitos sobre mi
clítoris hinchado. Al comenzar a masajearlo, mis piernas empezaron a temblar
descontroladamente. Su contacto se sentía ligeramente diferente en comparación
con masturbarme desde delante, con la palma hacia mi pubis. Ahora su palma
coincidía con la entrada de mi vagina y su roce estimulaba mis labios menores,
sin dejar ningún resquicio de mi coño libre de su contacto.
Su mano izquierda ascendió hasta
convertirse en un collar alrededor de mi cuello y Eric se inclinó hacia mi oído
para susurrarme:
—Qué ganas tengo de sentir tu coño
sin condón...
—¡Ahg!
—¿Sabes? He llenado muchas bocas y
culos con mi corrida, pero coños ninguno —confesó—. Aunque las personas tomasen
la píldora, siempre he tenido reparos por si pudiera fallar... Pero ahora no
tenemos nada que temer.
Su voz me sumergía aún más en aquel océano
de placer.
—¿Y a ti? ¿Te han follado el coño
alguna vez sin condón?
Me esforcé en articular frases con
sentido.
—Nunca. Tú vas a ser el primero,
Amo... Y me gustaría que fueras el único —me atreví a mirarle por encima de mi
hombro.
Eric respondió tirando de mi cuello
hacia atrás y besándome con fiereza. El ritmo de su dedo corazón aumentó y el placer
comenzó a acumularse en mi vientre.
—Qué ganas tengo de rellenarte una y
otra vez como un pastel de fresa, con mi corrida mezclándose con tu sangre.
—Strawberry creampie —asentí,
imaginándomelo. Encontraba tremendamente erótica la idea de mezclar por primera
vez nuestros fluidos de aquella manera.
Pensaba que Eric me correría ahí
mismo, en la entrada del apartamento, pero de repente se detuvo.
—Vamos al dormitorio.
Hicimos una parada en el baño para
coger una toalla y quitarme la copa menstrual.
Ya en el dormitorio, Eric colocó un
almohadón en el centro de la cama y la cubrió con la toalla.
—Túmbate bocarriba con el culo sobre
la almohada. Las piernas abiertas y dobladas... Sí, así estás perfecta.
Mis rodillas formaron los picos de
dos montañas donde las laderas de mis muslos conducían al valle de mi coño, tan
mojado que parecía que en su mismo centro hubiera un lago. Eric se desnudó
rápidamente y se arrodilló sobre el colchón con su erección palpitando en su
mano.
Quizás sonase absurdo, pero me
sentía tan nerviosa como la primera vez que había tenido sexo.
Eric se aproximó hasta que noté el
calor de sus muslos bajo mis piernas y deslizó la punta de su polla por mi coño,
arriba y abajo, masturbándome como nunca nadie lo había hecho. Su glande se
sentía duro y blando a la vez, suave como el terciopelo. Gemí quedamente,
dejándome llevar por el contacto, y en seguida volví a encontrarme al borde del
orgasmo.
—¿Te vas a correr? —inquirió. Sus
ojos verdes, incandescentes, parecían hipnotizados por aquel acto y deseé poder
contemplarlo yo también.
—S-sí...
Concentró el roce en mi clítoris y
me corrí a los pocos segundos, sin squirt, pero no por ello el orgasmo
fue menos intenso. Cuando mis espasmos remitieron, Eric orientó su erección
hacia la entrada de mi vagina y se dispuso a penetrarme lentamente.
El pulso se me aceleró. El contacto
de la piel contra la piel era tan íntimo, tan intenso... ¡No me esperaba que
fuera a haber tanta diferencia respecto a usar condón! Cuando llegó hasta el
fondo, ambos dejamos escapar de golpe el aire de los pulmones y compartimos una
sonrisa cómplice. Eric se inclinó hacia delante para besarme, acoplando su
cuerpo completamente al mío. Entrelazó nuestras manos por encima de mi cabeza y
comenzó a bombear las caderas recreándose en cada movimiento. ¡Ah! El roce de
mi culo contra la toalla añadía esa pizca de dolor que tanto adoraba y el
placer me desbordó de nuevo a los pocos minutos.
—¡Joder, Angy!
Las contracciones de mi coño
arrastraron a Eric a su primer orgasmo. No noté exactamente cómo su corrida se
vertía dentro de mí, pero sí los pulsos de su polla y cómo mi interior se volvía
más húmedo y cálido.
Nos besamos de nuevo, saboreando
aquella primera vez compartida. ¿Y qué mejor manera de celebrarlo que haciéndolo
una segunda vez?
Sin salir de mi interior, Eric se
incorporó, colocó sus manos debajo de mis corvas, abriéndome todo lo posible
las piernas, y se dispuso a follarme con ímpetu. Cada vez que su polla alcanzaba
el punto G, sentía como si un relámpago me partiera en dos, y eventualmente mi squirt
nos bañó enteros.
—Joder... Tu coño se siente tan bien
que vuelvo a tener ganas de correrme...
—¡Sí, por favor! —Le rogué, prendando
mis manos en sus caderas para invitarle a hundirse aún más en mí—. Quiero que
me rellenes con tu corrida, Amo...
—¡Angy!
Mientras se corría en lo más
profundo de mi coño, un orgasmo reflejo me invadió, y juntos nos deshicimos en
gemidos y temblores, abrazándonos.
—¿Puedes quedarte dentro de mí para
siempre? —le susurré, al mismo tiempo que acariciaba su nuca.
—¡Ojalá! Te quiero, Angy.
—Y yo te quiero a ti, Eric.
Nos besamos, sellando aquel maravilloso
encuentro. Sin embargo, aún faltaba el postre...
Eric abandonó mi cuerpo lentamente,
con la mirada fija en nuestros sexos. Al instante eché de menos su polla, que
apreciar que estaba cubierta como de un glaseado de color rosado. Intuitivamente,
apreté y distendí los músculos de mi vagina para expulsar la crema que había en
mi interior. Me encantó la sensación viscosa del fluido deslizándose entre mis
labios, y más aún la expresión extasiada de Eric al contemplarlo.
—Creo que a partir de ahora me
dedicaré a la pastelería.
Tras compartir risas y más besos, nos
lavamos y nos dirigimos a la cocina para merendar y disfrutar de lo que quedaba
de tarde. ¿Quién sabe? Quizás por la noche Eric volvería a rellenarme como a un
pastel de fresa.
Una objeción. Eric sería un íncubo. Pudiendo aparecersele a Angy mientras ella duerme. Una situación que podrían emoular. Sucubo sería Angy, por ser mujer, además una gótica.
ResponderEliminarElla ha reflexionado pero es un tema para analizar, bastante serio.
Está el tema de que es algo privado o lo sería de no usar el chat de la empresa.
Como ella misma dice, no toda fantasía es para realizar. Algunas sólo quedan en fantasías. Con una mujer parecida a ella.
Aunque ella encontró algo que la hizo desconfiar, con su ojo experimentado.
Angy luego recurre a una sumisión deseada. Diferente a lo que muestra el video, que puede ser interpretado como una ficción, no como una apología.
Quien podría opinar es Marston, creador de Wonder Woman, psicologo que había desarrollado todo una teoria sobre el tema. Conviviendo con su esposa y una amante, que tenían una relación entre si.
Atrevido este capítulo.
Aunque no tan oscuro, un disfraz de ninfa, musa, podría ser una fantasía.
Besos.