
Por fin había llegado mi celebración
favorita del año: ¡Halloween!
Como amante del ocultismo, la
brujería y lo paranormal, conocía perfectamente cómo los ritos de Samhain, con
sus hogueras y disfraces para ahuyentar a los espíritus malignos, habían
evolucionado hasta su versión más comercial, con sus sustos y dulces, casas del
terror y, lo que más disfrutaba en estos momentos, fiestas universitarias
temáticas.
—¿Me prestas tu pintalabios negro,
Angy?
Jessica y yo nos encontrábamos en el
diminuto baño de nuestro dormitorio compartido, dándole los últimos retoques a nuestro
maquillaje.
—¡Claro, aquí lo tienes!
—Graaaacias —exclamó con un tono cantarín—.
Y... voilà! Ya estoy lista para la fiesta.
—¡Wow, estás increíble, Jess!
Aquel vestido de terciopelo rojo oscuro
sacaba el mejor partido de sus curvas. Las mangas eran largas y acampanadas y
dos cintas de seda se entrecruzaban bajo su pecho afinando ligeramente su
cintura. Alrededor de su cuello mostraba una gargantilla con gemas que pendían
como lágrimas de sangre, a juego con sus pendientes, y los tirabuzones cobrizos
enmarcaban su rostro redondeado.
—¡Me he inspirado en mi chica gótica
favorita! —Su sonrisa estaba rematada por dos colmillos tan realistas que
parecía una vampiresa de verdad—. Y tú también estás increíble, Angy.
Estaba vestida completamente de
negro. Sobre una camisa de encaje me había abrochado un corsé con detalles
plateados, una vaporosa falda caía en varios niveles hasta la mitad de mis
muslos y mis piernas estaban enfundadas en medias de rejilla. Los zapatos de
tacón grueso y plataformas tenían un acabado de terciopelo y se ataban
alrededor de mis tobillos mediante cadenitas. ¡Hasta ahí podría decirse que mi
atuendo no se diferenciaba del habitual! El detalle más importante de mi
disfraz consistía en dos alas negras que se extendían a mi espalda,
confeccionadas a mano con cientos de plumas de distintos tamaños.
—Vamos a hacernos algunas fotos para
mandárselas a mi tía.
Habíamos contado con su ayuda como
diseñadora de ropa para conseguir nuestros disfraces y su única condición había
sido que le enviásemos fotos y, por supuesto, que nos divirtiéramos.
Tras una breve sesión fotográfica, preparamos
nuestros bolsos con lo mínimo necesario y nos dirigimos al comedor de la
residencia.
Por el camino nos cruzamos con
estudiantes que estaban disfrazados de todo tipo de personajes y criaturas
monstruosas, así como de temáticas tan originales como el examen de álgebra, intentos
de las demostraciones de los Problemas del Milenio o de la Profesora Jones.
En las escaleras nos cruzamos con un
par de compañeros de clase que se nos quedaron mirando boquiabiertos. Nos
reímos entre dientes.
Después de varios saludos, miradas y
risas compartidas, llegamos a nuestro destino. Ya habíamos pasado el ecuador de
la carrera y podíamos comparar la decoración del comedor con la de las fiestas
anteriores. Aquel año se la habían tomado muy en serio: del techo colgaban
murciélagos de papel, en las esquinas se extendían telarañas artificiales y las
paredes mostraban las guirnaldas características del Día de Muertos. Habían
recolocado las mesas de manera que se crease una pista de baile en el centro de
la enorme estancia y a los laterales pequeños puestos con comida para picar,
así como zonas para sentarse. Nuestra primera parada estaba clara: la barra de
la cafetería.
Había una carta de bebidas tanto sin
como con alcohol que había sido diseñada para la ocasión. Delante de nosotras, Ghostface
pidió el cóctel que tenía el nombre de su personaje y que combinaba vodka
negro, ginebra, soda, rodajas de naranja y jengibre. Jess escogió un Freddy
Kreuger cuyo color rojizo se debía a la mezcla de vodka de frambuesa y zumo
de arándano con zumo de melón y una rodajita de lima.
—¿Y tú, ángel? —Me preguntó la
camarera, que parecía recién salida de The Walking Dead.
—Un Jack O’Lantern por favor.
La camarera-zombi añadió al espresso
leche evaporada, sirope de calabaza y especias. Tras agitar un bote metálico,
formó una montaña de nata batida y acabó espolvoreando un polvo anaranjado. Al
probarla, identifiqué notas de canela, nuez moscada, cúrcuma y clavo. Sonreí.
El Pumpkin Spice Latte era mi bebida otoñal preferida y, aparte de estar
deliciosa, el café me ayudaría a mantenerme despierta.
—¡Que tengáis una noche terrorífica!
—Nos guiñó un ojo.
Seguidamente, nos dirigimos a las
mesas abarrotadas de comida.
—¡A ver a qué podemos hincarle el
diente! —exclamó mi amiga.
—Y a quién —añadí.
En los últimos dos años había tenido
varias experiencias sexuales y aquella noche estaba decidida a sumar una más a
mi estadística. Por supuesto, no era la única que había pensado en ello. Entre
los tentempiés con forma de ojos, dedos ensangrentados y arañas, encontramos los
típicos calderos que usaban los niños para pedir golosinas llenos de
preservativos cuyos envoltorios mostraban dibujos y mensajes temáticos.
«Para que no te den calabazas»,
decía una sonriente Jack O’Lantern.
«For your boner!» exclamaban
unos esqueletos obscenos.
«Nada es tan aterrador como tener
una ITS» o «Nada es tan aterrador como tener un bebé», advertían
unos fantasmas.
«Put a spell on you!» una
bruja parecía lanzar un hechizo.
Guardé varios en el bolso,
divertida.
Jessica y yo bebimos y comimos
mientras observábamos cómo el comedor se llenaba. Desde su mesa, el DJ mezclaba
canciones como This is Halloween, Ghosts y (Don’t Fear) The Reaper.
En un momento dado una chica le
pidió de bailar a mi amiga y me quedé a solas, pero no por mucho tiempo.
—¿Te dolió cuando te caíste del
cielo?
Me sobresalté al encontrar a mi lado
a Ghostface.
—Es una frase poco original, ¿no
crees?
—Pero encaja con tu disfraz. Soy Matthew,
pero puedes llamarme Matt —me imaginé su sonrisa pícara detrás de la máscara
mientras me tendía la mano.
—Angy.
—¡Incluso tu nombre encaja! ¿En qué
curso estás, ángel?
—Tercero de Matemáticas. ¿Y tú, Ghostface?
—Cuarto de Filosofía.
No era capaz de adivinar su
complexión bajo su holgada capa negra. Tenía una estatura parecida a la mía con
los tacones, y me llamó la atención que calzaba botas militares.
—¿Has visto Scream?
—inquirió.
—Sí, me gustan las películas de
terror.
—¡Oh, genial! ¿Te apetece jugar a un
pequeño trivia sobre cine de terror?
Su voz era grave y tenía un acento
particular con el que marcaba cada una de las sílabas.
—¿Me vas a apuñalar si no acierto?
—Puedo apuñalarte de otra manera, si
quieres.
El pulso se me aceleró y noté que la
tensión sexual crecía entre nosotros.
—¿Y si acierto y quiero que me
apuñales igualmente?
—Vamos a hacer lo siguiente... Te
voy a plantear diez preguntas. Si las aciertas todas, te concederé un minuto de
ventaja para que corras. Si no, te daré sólo diez segundos. En cualquiera de
los casos tendrás que dirigirte a mi dormitorio; es el número 626 y está en la
última planta. Si llegas antes que yo, tú eliges el trato. Si llego yo antes o
te atrapo por el camino, elijo yo.
Lo valoré durante unos segundos.
—De acuerdo —acepté.
—¡Genial!
Nos retiramos a un lateral del
comedor y aproveché para enviarle un mensaje rápido a Jessica para que supiera
a dónde y con quién me iba a marchar de la fiesta. Él también avisó a su
compañero de dormitorio.
Con Bloody Mary como banda
sonora, comenzamos a jugar.
—Primera pregunta, ¿cuántos días le
quedan para morir al espectador de The Ring después de ver el vídeo
maldito?
—Siete días.
—¡Muy bien! Sigamos... ¿Cuál es el
nombre del asesino Jigsaw?
—John Kramer —ni siquiera parpadeé.
—¿Quiénes son los investigadores
paranormales de The Conjuring?
—El matrimonio Ed y Lorraine Warren.
—Amplié mi sonrisa—. Son mis películas paranormales favoritas.
—Sí que te gusta pasar miedo
—reconoció—. Cuarta pregunta, ¿qué ciudad aterroriza Pennywise?
—Derry, en Maine.
—¡Esto se te da muy bien, ángel! —Se
atrevió a acariciar las plumas de mis alas, acortando aún más la distancia—. ¿Qué
actriz interpretó por primera vez a la protagonista de Halloween?
—Jamie Lee Curtis.
—Llevas 5/5... Habrá que aumentar la
dificultad. ¿En qué ciudad se encuentran los apartamentos de [REC]?
—En Barcelona, España.
—¿Cómo
se llama el pequeño guardián disfrazado de Truco o trato?
—Ehm... —En esa dudé un poco—. ¡Sam!
¡Se llama Sam!
—¡Otro acierto! —Pasó a acariciar el
encaje que cubría mis hombros y me recorrió un escalofrío—. ¿Quién es el
verdadero asesino en la entrega original de Viernes 13?
—La señora Voorhees. O sea, la madre
de Jason.
—¡Vaya, aún no te he pillado! Ahora,
una de demonios... ¿Con qué nombre se conoce al demonio que poseerá a Regan
MacNeil en El Exorcista?
—Pazuzu.
Estaba paladeando mi victoria
cuando...
—¡Respuesta incorrecta! —se
carcajeó.
—¿Qué? ¿Por qué? ¡El demonio se
llama Pazuzu!
—Pero ella se refiere a él como Capitán
Howdy antes de ser poseída. Así que tu respuesta es errónea.
Noté las mejillas arreboladas por la
indignación y el pulso se me volvió a acelerar.
—Aunque ya has perdido, voy a
hacerte la décima y última pregunta... ¿Quién es el último Ghostface que has
visto?
En esa trampa no iba a caer. Intenté
fijar mi mirada en sus ojos ocultos tras la máscara mientras respondía:
—Tú.
Agradado por la respuesta, me tendió
una llave.
—Recuerda: dormitorio 626. —Luego se
apartó y señaló la salida—. Más te vale echar a volar, ángel, porque cuando
cuente diez iré a por ti.
Eché a correr lo más rápido que me
permitieron los tacones, convirtiéndome en la final girl de mi propia
historia de terror.
El camino más rápido hacia la salida
consistía en atravesar el comedor por la pista de baile, así que esquivé
cuerpos y bebidas e ignoré las miradas extrañadas que me reconocían.
¿Habían pasado ya los diez segundos?
Me giré un momento y vi que Ghostface había desaparecido del lugar en el que
habíamos estado jugando. ¡Joder!
Llegué al vestíbulo de la residencia
y me dirigí al ascensor más cercano. Había un grupo de Monster High esperándolo
e intenté integrarme rápidamente en él.
—¿Qué estás haciendo? —me preguntó
de malas maneras Cleo de Nilo.
—Huir de... Ghostface.
Mi acosador apareció justo en el
momento en que se abrían las puertas.
—¡No le dejéis entrar, por favor!
—les rogué cuando me metí apresuradamente en el cubículo.
Debí parecer realmente asustada,
pues las chicas hicieron de escudo y le impidieron el paso.
—¿Necesitas ayuda? —me ofreció Frankie
Stein con más tacto que su amiga.
—No, sólo llegar a la sexta planta,
a mi dormitorio —mentí. ¿Cómo les iba explicar que me estaba excitando aquella
persecución?
—Nosotras estaremos en la tercera
planta, dormitorio 312, por si necesitas cualquier cosa.
—Vale, muchas gracias.
El grupo abandonó el ascensor y
continué el ascenso sola.
Cuarta planta.
Quinta planta. Las puertas se
abrieron, supuse que porque alguien había llamado antes de que yo apretase el
botón del seis, y me disponía a explicar que estaba subiendo cuando me topé de
frente con la máscara del fantasma.
Grité cuando se abalanzó sobre mí y
forcejeé como si mi vida dependiera de ello. Mi mente sabía que aquello era
solo un juego, pero mi cuerpo no, y la adrenalina bombeaba en mis venas como
una droga. Conseguí pisarle y se apartó gruñendo de dolor. Acto seguido activé
el botón de la planta baja, el botón de cierre de las puertas y salí
apresuradamente, encerrándole de forma efectiva en el ascensor.
Me dirigí a las escaleras y subí el
último tramo hasta la sexta planta. Cuando encontré el pasillo correcto escuché
el clin del ascensor y pasos. Me giré y... ¡ahí estaba él! Comenzó a
acercarse con la parsimonia característica de los asesinos de las películas. Yo
eché de nuevo a a correr, empuñando la llave como si fuera un arma.
621
622
623
624
625
626
Con el pulso desbocado y los dedos
temblando intenté acertar en la cerradura.
Ghostface estaba en mitad del
pasillo cuando conseguí girar la llave.
Entré y cerré la puerta justo cuando
él extendía los brazos para impedirlo.
—¡He ganad...!
Una mano me tapó la boca con
brusquedad.
—He atrapado a un pajarito —me
susurró al oído, marcando cada una de las sílabas.
—¡Mmmm! —intenté revolverme, y él me
apretó más contra su cuerpo.
—¿No aprendiste nada de la primera
película de Scream?
Por segunda vez aquella noche me
había engañado. Y aunque a mi parte más competitiva le hubiera gustado haber
ganado, estaba disfrutando de lo lindo sintiéndome atrapada.
Decidí resignarme y mostrarme
sumisa. Al notar que me relajaba, Ghostface me soltó y quedamos cara a cara.
—Por favor, no me hagas daño... Haré
cualquier cosa... —jugué mi papel. La aprehensión hizo que mi voz sonase más
pequeña, casi tímida.
Me tendió un preservativo en cuyo envoltorio
se leía: «Un dulce trato».
Acepté el trato y me coloqué de rodillas a sus pies.
Se quitó la capa, dejando al
descubierto una camiseta negra que se pegaba a un torso delgado y fibroso, así
como unos vaqueros grises. Se desabrochó el cinturón y, apenas bajó un poco las
prendas, su erección quedó liberada.
Tenía una polla de longitud media
pero gruesa y no estaba circuncidado. Conforme le colocaba el condón apareció un
hueso dibujado.
—Tienes que chupar hasta que
desaparezca el dibujo —me explicó.
Comencé lamiéndole poco a poco; sabía
a regaliz y ligeramente a goma. Cuando ya hube salivado lo suficiente, lo acogí
entre mis labios y permití que me follase la boca.
—Se te da muy bien, ángel... ¿Por
esto caíste del Cielo? —Comprobó el dibujo, que ya empezaba a atenuarse—. Un
poco más...
Enredó sus dedos en mi cabello para
acompañar el movimiento. Cada vez que mi nariz chocaba con su pubis, oscuro y
rizado, me inundaba su olor masculino.
—Ya está...
Me indicó que me tumbase bocarriba
en su cama, de manera que mis alas quedasen desplegadas sobre las sábanas. Me
levantó la falda y, sin miramientos, rompió las medias de rejilla para dejar al
descubierto mi entrepierna.
—¡Fiu! No llevas ropa
interior... —Deslizó su pulgar por mis labios empapados.
Me penetró con sorprendente
suavidad, llenándome lentamente, y me masajeó el clítoris hinchado hasta que me
invadió el primer orgasmo. Sin dejar que me recuperase, se subió mis piernas
temblorosas a sus hombros y, tras aferrarse a mis alas, comenzó a bombear las
caderas.
—Grita para mí, ángel.
Grité y gemí, pues cada puñalada de
su polla se convertía en puro placer.
A los pocos minutos volví a
correrme, empapándole con mi squirt. Eso pareció encantarle, pues
aumentó el ritmo hasta conducirse a sí mismo al orgasmo. Jadeando, se separó
mientras afianzaba con los dedos el condón y quedó tumbado a mi lado.
Por fin se quitó la máscara y pude
descubrir sus rasgos: curiosamente, se parecía muchísimo al actor que
protagonizaba Scream.
—Tenemos que repetir otra noche,
Angy.
—Por mí encantada, Matt.
Aquel había sido el Halloween más
terroríficamente sexy que había vivido. Al menos, hasta ese momento.
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