Capítulo Extra 3. Truco o trato

  Título: Angy, letras con forma de alas en los laterales. Color negro con sombras rosas y verdes.
Por fin había llegado mi celebración favorita del año: ¡Halloween!
Como amante del ocultismo, la brujería y lo paranormal, conocía perfectamente cómo los ritos de Samhain, con sus hogueras y disfraces para ahuyentar a los espíritus malignos, habían evolucionado hasta su versión más comercial, con sus sustos y dulces, casas del terror y, lo que más disfrutaba en estos momentos, fiestas universitarias temáticas.
—¿Me prestas tu pintalabios negro, Angy?
Jessica y yo nos encontrábamos en el diminuto baño de nuestro dormitorio compartido, dándole los últimos retoques a nuestro maquillaje.
—¡Claro, aquí lo tienes!
—Graaaacias —exclamó con un tono cantarín—. Y... voilà! Ya estoy lista para la fiesta.
—¡Wow, estás increíble, Jess!
Aquel vestido de terciopelo rojo oscuro sacaba el mejor partido de sus curvas. Las mangas eran largas y acampanadas y dos cintas de seda se entrecruzaban bajo su pecho afinando ligeramente su cintura. Alrededor de su cuello mostraba una gargantilla con gemas que pendían como lágrimas de sangre, a juego con sus pendientes, y los tirabuzones cobrizos enmarcaban su rostro redondeado.
—¡Me he inspirado en mi chica gótica favorita! —Su sonrisa estaba rematada por dos colmillos tan realistas que parecía una vampiresa de verdad—. Y tú también estás increíble, Angy.
Estaba vestida completamente de negro. Sobre una camisa de encaje me había abrochado un corsé con detalles plateados, una vaporosa falda caía en varios niveles hasta la mitad de mis muslos y mis piernas estaban enfundadas en medias de rejilla. Los zapatos de tacón grueso y plataformas tenían un acabado de terciopelo y se ataban alrededor de mis tobillos mediante cadenitas. ¡Hasta ahí podría decirse que mi atuendo no se diferenciaba del habitual! El detalle más importante de mi disfraz consistía en dos alas negras que se extendían a mi espalda, confeccionadas a mano con cientos de plumas de distintos tamaños.
—Vamos a hacernos algunas fotos para mandárselas a mi tía.
Habíamos contado con su ayuda como diseñadora de ropa para conseguir nuestros disfraces y su única condición había sido que le enviásemos fotos y, por supuesto, que nos divirtiéramos.
Tras una breve sesión fotográfica, preparamos nuestros bolsos con lo mínimo necesario y nos dirigimos al comedor de la residencia.  
Por el camino nos cruzamos con estudiantes que estaban disfrazados de todo tipo de personajes y criaturas monstruosas, así como de temáticas tan originales como el examen de álgebra, intentos de las demostraciones de los Problemas del Milenio o de la Profesora Jones.
En las escaleras nos cruzamos con un par de compañeros de clase que se nos quedaron mirando boquiabiertos. Nos reímos entre dientes.
Después de varios saludos, miradas y risas compartidas, llegamos a nuestro destino. Ya habíamos pasado el ecuador de la carrera y podíamos comparar la decoración del comedor con la de las fiestas anteriores. Aquel año se la habían tomado muy en serio: del techo colgaban murciélagos de papel, en las esquinas se extendían telarañas artificiales y las paredes mostraban las guirnaldas características del Día de Muertos. Habían recolocado las mesas de manera que se crease una pista de baile en el centro de la enorme estancia y a los laterales pequeños puestos con comida para picar, así como zonas para sentarse. Nuestra primera parada estaba clara: la barra de la cafetería.
Había una carta de bebidas tanto sin como con alcohol que había sido diseñada para la ocasión. Delante de nosotras, Ghostface pidió el cóctel que tenía el nombre de su personaje y que combinaba vodka negro, ginebra, soda, rodajas de naranja y jengibre. Jess escogió un Freddy Kreuger cuyo color rojizo se debía a la mezcla de vodka de frambuesa y zumo de arándano con zumo de melón y una rodajita de lima.
—¿Y tú, ángel? —Me preguntó la camarera, que parecía recién salida de The Walking Dead.
—Un Jack O’Lantern por favor.
La camarera-zombi añadió al espresso leche evaporada, sirope de calabaza y especias. Tras agitar un bote metálico, formó una montaña de nata batida y acabó espolvoreando un polvo anaranjado. Al probarla, identifiqué notas de canela, nuez moscada, cúrcuma y clavo. Sonreí. El Pumpkin Spice Latte era mi bebida otoñal preferida y, aparte de estar deliciosa, el café me ayudaría a mantenerme despierta.
—¡Que tengáis una noche terrorífica! —Nos guiñó un ojo.
Seguidamente, nos dirigimos a las mesas abarrotadas de comida.
—¡A ver a qué podemos hincarle el diente! —exclamó mi amiga.
—Y a quién —añadí.
En los últimos dos años había tenido varias experiencias sexuales y aquella noche estaba decidida a sumar una más a mi estadística. Por supuesto, no era la única que había pensado en ello. Entre los tentempiés con forma de ojos, dedos ensangrentados y arañas, encontramos los típicos calderos que usaban los niños para pedir golosinas llenos de preservativos cuyos envoltorios mostraban dibujos y mensajes temáticos.
«Para que no te den calabazas», decía una sonriente Jack O’Lantern.
«For your boner!» exclamaban unos esqueletos obscenos.
«Nada es tan aterrador como tener una ITS» o «Nada es tan aterrador como tener un bebé», advertían unos fantasmas.
«Put a spell on you!» una bruja parecía lanzar un hechizo.
Guardé varios en el bolso, divertida.
Jessica y yo bebimos y comimos mientras observábamos cómo el comedor se llenaba. Desde su mesa, el DJ mezclaba canciones como This is Halloween, Ghosts y (Don’t Fear) The Reaper.
En un momento dado una chica le pidió de bailar a mi amiga y me quedé a solas, pero no por mucho tiempo.
—¿Te dolió cuando te caíste del cielo?
Me sobresalté al encontrar a mi lado a Ghostface.
—Es una frase poco original, ¿no crees?
—Pero encaja con tu disfraz. Soy Matthew, pero puedes llamarme Matt —me imaginé su sonrisa pícara detrás de la máscara mientras me tendía la mano.
—Angy.
—¡Incluso tu nombre encaja! ¿En qué curso estás, ángel?
—Tercero de Matemáticas. ¿Y tú, Ghostface?
—Cuarto de Filosofía.
No era capaz de adivinar su complexión bajo su holgada capa negra. Tenía una estatura parecida a la mía con los tacones, y me llamó la atención que calzaba botas militares.
—¿Has visto Scream? —inquirió.
—Sí, me gustan las películas de terror.
—¡Oh, genial! ¿Te apetece jugar a un pequeño trivia sobre cine de terror?
Su voz era grave y tenía un acento particular con el que marcaba cada una de las sílabas.
—¿Me vas a apuñalar si no acierto?
—Puedo apuñalarte de otra manera, si quieres.
El pulso se me aceleró y noté que la tensión sexual crecía entre nosotros.
—¿Y si acierto y quiero que me apuñales igualmente?
—Vamos a hacer lo siguiente... Te voy a plantear diez preguntas. Si las aciertas todas, te concederé un minuto de ventaja para que corras. Si no, te daré sólo diez segundos. En cualquiera de los casos tendrás que dirigirte a mi dormitorio; es el número 626 y está en la última planta. Si llegas antes que yo, tú eliges el trato. Si llego yo antes o te atrapo por el camino, elijo yo.
Lo valoré durante unos segundos.
—De acuerdo —acepté.
—¡Genial!
Nos retiramos a un lateral del comedor y aproveché para enviarle un mensaje rápido a Jessica para que supiera a dónde y con quién me iba a marchar de la fiesta. Él también avisó a su compañero de dormitorio.
Con Bloody Mary como banda sonora, comenzamos a jugar.
—Primera pregunta, ¿cuántos días le quedan para morir al espectador de The Ring después de ver el vídeo maldito?
—Siete días.
—¡Muy bien! Sigamos... ¿Cuál es el nombre del asesino Jigsaw?
—John Kramer —ni siquiera parpadeé.
—¿Quiénes son los investigadores paranormales de The Conjuring?
—El matrimonio Ed y Lorraine Warren. —Amplié mi sonrisa—. Son mis películas paranormales favoritas.
—Sí que te gusta pasar miedo —reconoció—. Cuarta pregunta, ¿qué ciudad aterroriza Pennywise?
—Derry, en Maine.
—¡Esto se te da muy bien, ángel! —Se atrevió a acariciar las plumas de mis alas, acortando aún más la distancia—. ¿Qué actriz interpretó por primera vez a la protagonista de Halloween?
—Jamie Lee Curtis.
—Llevas 5/5... Habrá que aumentar la dificultad. ¿En qué ciudad se encuentran los apartamentos de [REC]?
—En Barcelona, España.
—¿Cómo se llama el pequeño guardián disfrazado de Truco o trato?
—Ehm... —En esa dudé un poco—. ¡Sam! ¡Se llama Sam!
—¡Otro acierto! —Pasó a acariciar el encaje que cubría mis hombros y me recorrió un escalofrío—. ¿Quién es el verdadero asesino en la entrega original de Viernes 13?
—La señora Voorhees. O sea, la madre de Jason.
—¡Vaya, aún no te he pillado! Ahora, una de demonios... ¿Con qué nombre se conoce al demonio que poseerá a Regan MacNeil en El Exorcista?
—Pazuzu.
Estaba paladeando mi victoria cuando...
—¡Respuesta incorrecta! —se carcajeó.
—¿Qué? ¿Por qué? ¡El demonio se llama Pazuzu!
—Pero ella se refiere a él como Capitán Howdy antes de ser poseída. Así que tu respuesta es errónea.
Noté las mejillas arreboladas por la indignación y el pulso se me volvió a acelerar.
—Aunque ya has perdido, voy a hacerte la décima y última pregunta... ¿Quién es el último Ghostface que has visto?
En esa trampa no iba a caer. Intenté fijar mi mirada en sus ojos ocultos tras la máscara mientras respondía:
—Tú.
Agradado por la respuesta, me tendió una llave.
—Recuerda: dormitorio 626. —Luego se apartó y señaló la salida—. Más te vale echar a volar, ángel, porque cuando cuente diez iré a por ti.
Eché a correr lo más rápido que me permitieron los tacones, convirtiéndome en la final girl de mi propia historia de terror.
El camino más rápido hacia la salida consistía en atravesar el comedor por la pista de baile, así que esquivé cuerpos y bebidas e ignoré las miradas extrañadas que me reconocían.
¿Habían pasado ya los diez segundos? Me giré un momento y vi que Ghostface había desaparecido del lugar en el que habíamos estado jugando. ¡Joder!
Llegué al vestíbulo de la residencia y me dirigí al ascensor más cercano. Había un grupo de Monster High esperándolo e intenté integrarme rápidamente en él.
—¿Qué estás haciendo? —me preguntó de malas maneras Cleo de Nilo.
—Huir de... Ghostface.
Mi acosador apareció justo en el momento en que se abrían las puertas.
—¡No le dejéis entrar, por favor! —les rogué cuando me metí apresuradamente en el cubículo.
Debí parecer realmente asustada, pues las chicas hicieron de escudo y le impidieron el paso.
—¿Necesitas ayuda? —me ofreció Frankie Stein con más tacto que su amiga.
—No, sólo llegar a la sexta planta, a mi dormitorio —mentí. ¿Cómo les iba explicar que me estaba excitando aquella persecución?
—Nosotras estaremos en la tercera planta, dormitorio 312, por si necesitas cualquier cosa.
—Vale, muchas gracias.
El grupo abandonó el ascensor y continué el ascenso sola.
Cuarta planta.
Quinta planta. Las puertas se abrieron, supuse que porque alguien había llamado antes de que yo apretase el botón del seis, y me disponía a explicar que estaba subiendo cuando me topé de frente con la máscara del fantasma.
Grité cuando se abalanzó sobre mí y forcejeé como si mi vida dependiera de ello. Mi mente sabía que aquello era solo un juego, pero mi cuerpo no, y la adrenalina bombeaba en mis venas como una droga. Conseguí pisarle y se apartó gruñendo de dolor. Acto seguido activé el botón de la planta baja, el botón de cierre de las puertas y salí apresuradamente, encerrándole de forma efectiva en el ascensor.
Me dirigí a las escaleras y subí el último tramo hasta la sexta planta. Cuando encontré el pasillo correcto escuché el clin del ascensor y pasos. Me giré y... ¡ahí estaba él! Comenzó a acercarse con la parsimonia característica de los asesinos de las películas. Yo eché de nuevo a a correr, empuñando la llave como si fuera un arma.
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Con el pulso desbocado y los dedos temblando intenté acertar en la cerradura.
Ghostface estaba en mitad del pasillo cuando conseguí girar la llave.
Entré y cerré la puerta justo cuando él extendía los brazos para impedirlo.
—¡He ganad...!
Una mano me tapó la boca con brusquedad.
—He atrapado a un pajarito —me susurró al oído, marcando cada una de las sílabas.
—¡Mmmm! —intenté revolverme, y él me apretó más contra su cuerpo.
—¿No aprendiste nada de la primera película de Scream?
Por segunda vez aquella noche me había engañado. Y aunque a mi parte más competitiva le hubiera gustado haber ganado, estaba disfrutando de lo lindo sintiéndome atrapada.
Decidí resignarme y mostrarme sumisa. Al notar que me relajaba, Ghostface me soltó y quedamos cara a cara.
—Por favor, no me hagas daño... Haré cualquier cosa... —jugué mi papel. La aprehensión hizo que mi voz sonase más pequeña, casi tímida.
Me tendió un preservativo en cuyo envoltorio se leía: «Un dulce trato».
Acepté el trato y me coloqué de rodillas a sus pies.
Se quitó la capa, dejando al descubierto una camiseta negra que se pegaba a un torso delgado y fibroso, así como unos vaqueros grises. Se desabrochó el cinturón y, apenas bajó un poco las prendas, su erección quedó liberada.
Tenía una polla de longitud media pero gruesa y no estaba circuncidado. Conforme le colocaba el condón apareció un hueso dibujado.
—Tienes que chupar hasta que desaparezca el dibujo —me explicó.
Comencé lamiéndole poco a poco; sabía a regaliz y ligeramente a goma. Cuando ya hube salivado lo suficiente, lo acogí entre mis labios y permití que me follase la boca.
—Se te da muy bien, ángel... ¿Por esto caíste del Cielo? —Comprobó el dibujo, que ya empezaba a atenuarse—. Un poco más...
Enredó sus dedos en mi cabello para acompañar el movimiento. Cada vez que mi nariz chocaba con su pubis, oscuro y rizado, me inundaba su olor masculino.
—Ya está...
Me indicó que me tumbase bocarriba en su cama, de manera que mis alas quedasen desplegadas sobre las sábanas. Me levantó la falda y, sin miramientos, rompió las medias de rejilla para dejar al descubierto mi entrepierna.
—¡Fiu! No llevas ropa interior... —Deslizó su pulgar por mis labios empapados.
Me penetró con sorprendente suavidad, llenándome lentamente, y me masajeó el clítoris hinchado hasta que me invadió el primer orgasmo. Sin dejar que me recuperase, se subió mis piernas temblorosas a sus hombros y, tras aferrarse a mis alas, comenzó a bombear las caderas.
—Grita para mí, ángel.
Grité y gemí, pues cada puñalada de su polla se convertía en puro placer.
A los pocos minutos volví a correrme, empapándole con mi squirt. Eso pareció encantarle, pues aumentó el ritmo hasta conducirse a sí mismo al orgasmo. Jadeando, se separó mientras afianzaba con los dedos el condón y quedó tumbado a mi lado.
Por fin se quitó la máscara y pude descubrir sus rasgos: curiosamente, se parecía muchísimo al actor que protagonizaba Scream.
—Tenemos que repetir otra noche, Angy.
—Por mí encantada, Matt.
Aquel había sido el Halloween más terroríficamente sexy que había vivido. Al menos, hasta ese momento.
 
 
 

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