
La primera semana de baja se hizo
más amena gracias a Angy.
Me ofrecí a hacerle de chófer a la
ida y a la vuelta del trabajo, y también la acompañé a sus sesiones de natación.
«¡Te vas a aburrir!» me advirtió. Nada más lejos de la realidad. Su forma de
nadar, como si fuera una sirena gótica, me dejaba completamente obnubilado
durante toda la hora, si bien lo que más me sorprendía era la cantidad de
tiempo que aguantaba la respiración debajo del agua. Definitivamente, lo más tortuoso
era verla salir de la piscina, con la licra negra marcando todas sus curvas y
las gotas perlando su piel, y más de una vez sopesé la opción de tirarme a la
piscina para bajar el calentón.
Como muestra de solidaridad, Angy decidió
no correrse hasta que el médico me lo permitiera, así que nos pasamos las
tardes viendo películas y series, jugando a videojuegos, leyendo y charlando.
Asimismo, aprovechamos el buen tiempo para salir a pasear; me encantaba sentir
sus dedos entrelazados con los míos, observar cómo la gente se giraba para
mirarla y enorgullecerme de ser su pareja. El viernes visitamos L’appel du
vide y el fin de semana realizamos las tareas propias de adultos
funcionales: hacer la compra, limpiar nuestros respectivos apartamentos y
quedar con otras personas; Angy con su amiga Jessica y yo con mi familia.
Les conté a mis padres los detalles
de la operación y mi padre se enfurruñó porque, aunque siempre les había jurado
que no quería tener hijos, una parte de él tenía la esperanza de que cambiase
de opinión.
—No te preocupes, cariño. Se le
pasará —me aseguró mi madre cuando mi padre se marchó a jugar con sus
queridísimos nietos—. En su momento también le costó un poco asimilar que tu
hermana fuera lesbiana o que tú salieras tanto con chicos como con chicas.
—¡Pues a ver si asimila que a Liam
no le va ni lo uno ni lo otro! —Bufé—. Además, papá se puede dar con un canto
en los dientes porque con Gina ya ha vivido el pack completo: boda, casa
y nietos.
—Lo que deseamos es que seáis
felices. —Me acarició la mejilla con ternura—. A propósito... ¿Cuándo nos
presentarás a Angy?
Sus ojos brillaban tanto como los
pendientes que le había regalado mi padre a raíz de la apuesta con Gina.
—Pronto.
—¡Que sea más pronto que tarde! Así
se le pasará antes el enfurruñamiento por la vasectomía.
Y, por fin, llegó el martes.
Estacionado cerca de la puerta de EstadisTIC,
observé cómo iban saliendo los anodinos trabajadores hasta que distinguí una
figura vestida de gris: Angy se despidió de un hombre con gafas y se apresuró a
meterse en el coche, buscando directamente mis labios.
—¿Qué tal el día, preciosa?
—Echándote de menos.
Nos volvimos a besar. Vi por el
rabillo del ojo que aquel hombre se nos quedaba mirando mientras le decía algo
a otros dos compañeros. No me dieron buena espina, pero decidí no decir nada
para no fastidiar el momento.
Arranqué de nuevo y me dirigí hacia
el centro de la ciudad. Debido a que me costó un poco aparcar llegamos cinco
minutos tarde a la cita, pero como siempre el personal de la clínica nos
atendió amablemente.
—Señor Ardelean, ya puede pasar.
—¿Quieres que te espere en la sala?
—me susurró Angy, cohibida de repente.
—¡Por supuesto que no! Quiero que
entres conmigo.
Rodeé su cintura con mi brazo,
afianzándola, y juntos entramos en la consulta.
El doctor se encontraba tras su
escritorio rellenando unos formularios.
—¿Qué tal se encuentra, Señor
Ardelean?
—Estoy bien, gracias.
—Oh, ¿y quién es esta encantadora
joven?
Se levantó para saludarla.
—Le presento a mi pareja: Angy.
—Encantado, Señorita. Por favor,
tome asiento... Y usted, acompáñeme para que le examine. —Sin más dilación, me
dirigió a una zona de la consulta delimitada por una cortina—. ¿Qué tal ha ido
la recuperación?
—Me ha atendido la mejor enfermera
que pudiera tener —confesé mientras me desabrochaba los pantalones.
Con los ojos brillando por la
diversión, el doctor se colocó una mascarilla y unos guantes.
—Espero que se haya portado bien y
haya seguido mis indicaciones de no practicar sexo ni montar en moto.
—He sido un buen chico —le aseguré.
Me senté en la camilla con las
piernas abiertas y el Doctor Richards me palpó los testículos.
—¿Le duele?
—Apenas lo noto.
—Parece que los conductos han
cicatrizado correctamente. No hay inflamación y los puntos han empezado a
reabsorberse... ¡Está estupendo! —Me dio una palmada en el muslo y se incorporó
de nuevo—. Le levanto el castigo. Cuando haya eyaculado al menos veinte veces,
debe traer una muestra de semen en este botecito y el laboratorio realizará un
espermiograma de control. Le recuerdo que hasta que el resultado no sea la
azoospermia sigue siendo fértil, así que debe emplear un método anticonceptivo
adecuado.
—Esto... ¿Debo refrigerar el
botecito con el semen?
Me imaginé guardando el bote de
semen junto con los guisantes congelados.
—No es necesario. Pero para
asegurarse de que no se degrade, tome la muestra pocas horas antes de acudir a
la clínica. Tampoco es necesario que pida cita; lo recibirá la enfermera.
—De acuerdo.
Regresamos a su escritorio, desde
donde Angy me dedicó una sonrisa de oreja a oreja, compartiendo mi entusiasmo.
—Les recomiendo que retomen con
calma la actividad sexual. Es común que encuentre un poco de sangre en las
primeras eyaculaciones y que sienta algunas molestias, siempre y cuando el
dolor no sea agudo. En ese caso, no dude en acudir para que revise su estado.
—Entendido.
—Su médico de cabecera le concedió
la baja hasta finales de mes, ¿verdad?
Asentí.
Nos dedicó un guiño y exclamó:
—¡Que la disfruten!
Admito que pisé el acelerador más de
lo que debía para llegar cuanto antes al apartamento de Angy.
Enredamos nuestras lenguas en el
portal, demostrándonos las ganas acumuladas de la última semana, y sólo nos
separamos a tomar aire cuando aterrizamos sobre la cama.
—¿Qué te parece... —le propuse entre
beso y beso— si tú eliges... el cómo... cuándo... y dónde... me corro... las
veinte veces?
—Estaba pensando... lo mismo. De
hecho... he planeado... algo especial para la ocasión.
Su último beso tenía sabor a
fantasía.
Angy se incorporó, alcanzó una bolsa
del armario y me avisó que iba al baño a asearse.
—¿Quieres que me desnude? —le
pregunté.
—No, aún no. Pero tardaré un poco en
prepararme, así que ponte cómodo.
No me sentía nada cómodo con el
bulto aprisionado en mis pantalones, pero obedecí. Intenté amenizar la espera
leyendo el webcómic, con el que estaba ya casi al día, y si bien las primeras
escenas rebajaron un poco mi excitación, las últimas consiguieron redoblarla.
¿Cómo conseguía la autora subir cada vez más el listón?
—Señor Ardelean, disculpe la espera.
Casi se me cayó el móvil al elevar
la mirada.
Sus tacones, de color rojo
acharolado, contrastaban con unas medias de rejilla blancas que llegaban a
mitad de sus muslos, y unos centímetros más arriba se había abotonado un vestido
que se ajustaba a todas sus curvas. Siguiendo la misma paleta de colores, los
mechones blancos enmarcaban una sonrisa carmesí y, para rematar el atuendo, su
cabeza estaba coronada por una cofia clásica con una cruz.
—El Doctor Richards me ha comunicado
que debe empezar un nuevo tratamiento —su voz aterciopelada me envolvió mientras
se aproximaba al lateral de la cama.
—Así es —respondí, sintiendo la
garganta completamente seca.
—Soy la enfermera que le atenderá
los próximos días. Por favor, siéntese en el borde de la cama y quítese la
camiseta. Voy a empezar auscultándole...
Como si fuera una profesional, se colocó
en los oídos el estetoscopio que llevaba a modo de collar y apoyó el extremo en
mi pecho, provocándome un escalofrío.
—Tiene el pulso un poco acelerado,
Señor Ardelean —chasqueó la lengua, contrita.
¡Como para no acelerarse! Al
inclinarse hacia mí, su generoso escote había quedado a la altura de mis ojos.
Deslizó el cabezal metálico por mi
piel... ¿De dónde había sacado un estetoscopio de verdad?
—Es una obra de arte —suspiró,
maravillada.
En el pectoral derecho tenía tatuada
una fragata pirata que parecía navegar hacia un amanecer o un atardecer, puesto
que en el esternón refulgía el sol semi oculto en el horizonte, mientras que en
el pectoral izquierdo se delineaba un mapa y una rosa de los vientos, justo a
la altura del corazón.
—¿Acaso son las indicaciones para
encontrar un tesoro?
Mis pupilas ascendieron hasta
clavarse en las de ella.
—El tesoro lo tengo delante de mí.
Su risa derrochaba amor y felicidad.
Abandonando momentáneamente su personaje, se sentó a horcajadas sobre mis
piernas, agotando el espacio que nos separaba, y me besó con pasión.
—¿Esto es parte del tratamiento,
enfermera? —pregunté contra sus labios.
—Es su medicina. —La forma en que se
le iluminó la mirada me indicó que se le había ocurrido una idea—. ¡Oh! Ya sé
cuál va a ser la banda sonora perfecta para esta sesión terapéutica...
Al lado de la lámpara con forma de
calavera conectó un pequeño altavoz. El sonido de una guitarra eléctrica se
mezcló con la piedra de un mechero y, a los pocos segundos, una voz femenina
comenzó a cantar:
Somebody mixed my medicine
Somebody mixed my medicine
Angy volvió a aproximarse y se
arrodilló a mis pies. Con hábiles movimientos me desabrochó los pantalones y
tiró de ellos hacia abajo. No hizo falta que me diera ninguna orden; me moví
para facilitarle la tarea y, en un abrir y cerrar de ojos, me encontré
completamente desnudo ante ella.
La escena era parecida a aquel
domingo que Angy me había comido los huevos mientras veía un episodio de One
Piece, pero al mismo tiempo completamente distinta, pues esta vez era ella
la que presentaba el rol dominante. Lo cierto es que siempre me había parecido difícil
imponer dominación en una postura aparentemente sumisa, y me encantaba que Angy
lo consiguiera de forma natural.
—Abra un poco más las piernas, Señor
Ardelean... Sí, así está bien. Primero debo realizar una exploración de la
zona.
Observé cómo se colocaba unos
guantes de látex semejantes a los que había utilizado para las curas durante la
última semana. Imitando al Doctor Richards, con la punta de los dedos trazó
círculos cuidadosamente, moviendo mis testículos en la bolsa escrotal y palpando
los conductos.
—¿Le duele?
—No...
—¿Siente placer? —Como respuesta, mi
erección palpitó contra el tatuaje de súcubo—. Perfecto, ya podemos empezar con
el tratamiento. Tal y como está en el borde de la cama, túmbese manteniendo los
pies bien plantados en el suelo y las piernas abiertas.
Angy alcanzó algo de la mesilla y se
sentó a mi lado.
—Me va a tener que ayudar a mantener
el estetoscopio en contacto con su piel, ¿de acuerdo?
—Lo que usted mande, enfermera.
Con la mano derecha me aseguré de
que el cabezal quedase sobre la rosa de los vientos y Angy cerró
momentáneamente los párpados, escuchando atentamente.
—Es como si su corazón latiera al
ritmo de The Pretty Reckless...
My Medicine llegó a su fin y comenzó la siguiente canción del álbum.
Angy se untó las manos generosamente
con lubricante y comenzó a masturbarme. Arriba, abajo, arriba, abajo... Sin
prisa, pero sin pausa, con ambas manos o alternándolas. El contacto con los
guantes se sentía artificial pero tremendamente erótico gracias al contexto que
lo acompañaba: el ajustado vestido, las medias, la cofia... ¡Dios, no iba a
aguantar nada!
—Se le ha vuelto a acelerar el
pulso, Señor Ardelean. Su polla está tan dura... y sus huevos tan cargados de
semen...
Deslizó una de sus manos hacia abajo
para masajeármelos mientras la otra se concentraba en acariciarme el glande de
forma tortuosamente placentera.
—Estoy segura de que tiene muchas
ganas de correrse después de una semana conteniéndose... ¡Ha sido muy buen
chico!
Make me wanna die me envolvió y me dejé llevar por sus versos.
Every time I look inside your eyes
(I'm burning in the light)
You make me wanna die
I would die for you, my love
My love
No pude evitarlo: me puse de
puntillas y arqueé las caderas hacia arriba mientras me corría, tan
violentamente que temí que se me saltasen los puntos. Finalmente, me desplomé
sobre el colchón, jadeando y sonriendo, liberado.
Angy, que había recogido el semen con
las manos, lo analizó con gesto serio.
—Creo que no hay rastros de sangre...
—Luego, con una sonrisa anunció—: Primera eyaculación. Quedan diecinueve.
Los siguientes días seguimos la
recomendación del Doctor Richards y nos lo tomamos con calma, limitando el cupo
a una eyaculación al día e intentando minimizar tanto los impactos como la
presión en la zona testicular.
Para la segunda eyaculación, Angy,
vestida de nuevo de enfermera sexy, me ordenó lavarme exhaustivamente y
colocarme a cuatro patas sobre la cama. Ella se situó detrás, hundió la cara
entre mis nalgas y me comió el culo mientras me masturbaba; yo me limité a gemir
contra las almohadas, derritiéndome de placer hasta manchar de nuevo sus
guantes.
La tercera vez, Angy se arremangó el
vestido hasta la cintura y se tumbó sobre mí en la gráfica postura del 69. Mi
cabeza quedó aprisionada entre sus muslos enrejillados y mis manos aferraron
sus nalgas mientras nuestras lenguas luchaban por comprobar cuál era la más
veloz en arrancar un orgasmo. Nos separó una milésima de segundo; tras correrme
profundamente en su garganta, bebí la más dulce de las medicinas.
En mitad de la mañana del viernes
recibí la siguiente notificación: «Envíame un vídeo corriéndote». Apoyé el
móvil en una almohada y me acomodé en la cama con las piernas abiertas de
manera que la cámara encuadrase perfectamente mis huevos desde abajo. Moviendo
la mano rítmicamente, me imaginé rellenando su coño con mi corrida, una y otra
vez, hasta que mis ojos se velaron de estrellas y mi polla estalló en la cuarta
eyaculación. Horas más tarde, cuando Angy se subió a mi coche, colé mi mano
bajo su falda y descubrí que su coño estaba empapado; en el mismo asiento del
copiloto la follé con los dedos.
Llegó el fin de semana y enfermera y
paciente nos encerramos en mi apartamento. Como los puntos ya parecían haberse
reabsorbido, decidimos subir el cupo a dos eyaculaciones al día. El sábado,
Angy utilizó la magic wand para contabilizar la quinta eyaculación y,
aumentando la vibración, arrancarme consecutivamente la sexta. Respecto al
domingo, nada más despertarnos follamos con calma y por la tarde Angy me pidió
que le reventase el culo hasta descargar en su interior la octava eyaculación.
El lunes me descubrió el set de plugs
anales que se había comprado al empezar la universidad. Eran de color negro y
tenían la textura aterciopelada de la silicona, siendo la forma lo que los
diferenciaba: de espiral, de dos o de tres bolas. Como buena enfermera se tomó
su tiempo en emplearlos conmigo, dilatándome hasta que finalmente cupo el que
tenía la bola más grande, y luego me corrió con su boca. Novena eyaculación.
Al día siguiente fue mi último día
de baja. Para celebrar que llegábamos a la décima eyaculación, Angy me azotó
con la paleta que le había regalado hasta que quedó grabado un corazón en cada
nalga. Luego me encargué de que ella llegase al orgasmo diez veces seguidas
empleando mi boca, mis dedos y el satysfier, dejándola completamente cumdumb.
Mi regreso al trabajo estuvo repleto
de bromas sobre castrati y balas de fogueo. ¡Estaba seguro de que Romeo
y Benito llevaban semanas preparándolas!
Afortunadamente, con la entrada de
junio Angy comenzaba con el horario de verano y llevaba jornada intensiva de 8
a 16h. Así que, en vez de ir a buscarla a su trabajo, ella acudió a mi
apartamento y me despertó de la siesta reparadora con su maravillosa boca. Uf,
si follar su coño sin condón se sentía remotamente parecido a su boca, iba... íbamos
tener un problema para contenerme las ganas de follarla a todas horas, en cada
esquina.
A la undécima eyaculación la siguió
la duodécima, con sus piernas subidas a mis hombros, mis manos alrededor de su
cuello y mis caderas impactando contra su culo. Aquella fue la primera vez que
los huevos se me resintieron, pero el dolor fue soportable y remitió a los
pocos minutos.
El jueves quemamos la pista de baile
de Skeleton Moon y, en el mismo banco que nos liamos la primera vez,
Angy me masturbó hasta que la decimotercera eyaculación empapó mi ropa
interior. Antes de que nos echaran del local por exhibicionismo, nos
movilizamos al callejón donde había aparcado la moto. La aupé sobre el sillín y
le comí el coño hasta que sus piernas temblaron tanto que parecía que hubiera
arrancado el motor.
Aquella semana L’appel du vide hospedaba
a una nueva artista cuyas obras estaban repletas de personajes sometidos a
inimaginables torturas sexuales. Max nos invitó a cenar en un restaurante
cercano que le recordaba a su vida nocturna en París. En un momento dado me
preguntó qué tal llevaba la recuperación, y animé a Angy a que le contase los
detalles que más le apeteciera compartir; me encantaba verla hablar con mi
amigue, con los ojos brillantes y las mejillas encendidas. A Max le pareció un
detallazo lo del disfraz de enfermera y le susurró una idea al oído.
Sopesándola, Angy le preguntó:
—¿Y dónde consigo eso?
Max le dio la dirección de una sex
shop de confianza. Por suerte, nos dio tiempo a acercarnos antes de que
cerrase, si bien no supe qué había comprado Angy hasta que no me encontré atado
a mi cama. Expectante, observé cómo se enfundaba los guantes y cogía un bote de
lubricante y un objeto alargado y metálico: una sonda. Durante las horas
centrales de la noche protagonizamos nuestra propia y tortuosa obra de arte,
salpicada por la decimocuarta y la decimoquinta eyaculación.
El sábado visité a mis padres en su
piso, quienes insistieron de nuevo sobre conocer a mi pareja, así que les
planteé concretar una visita de cara al fin de semana siguiente. Angy se mostró
entusiasmada ante la idea y me confirmó su disponibilidad. Después de comer hicimos
lectura conjunta del webcómic hasta ponernos al día... y ponernos,
literalmente.
Angy sustituyó el pijama por el uniforme
de enfermera y me cabalgó mientras escuchaba atentamente los latidos de mi
corazón con el estetoscopio. El condón que contenía la decimosexta eyaculación
acabó anudado en el extremo de su media, como un trofeo. Seguidamente, me untó
generosamente la polla con lubricante y me indicó que la ayudase a empalarse
sosteniendo sus nalgas entre mis manos. Antes de empezar a moverse, me colocó
los auriculares y apoyó el cabezal del estetoscopio sobre su propio pecho. Su
corazón latía vigorosamente y, al sentir toda mi longitud entrando y saliendo
de su culo, la expresión de su rostro reflejó puro éxtasis. Se corrió dos veces
seguidas, bañándome con su squirt. A la tercera, recibió la decimoséptima
eyaculación.
Después de tanto tiempo usando el uniforme,
la tela estaba arrugada y manchada, y olía a sudor y sexo; mi misión del
domingo consistió en dejarlo completamente arruinado.
Me arrodillé en mitad del salón,
hundí mi cara entre las nalgas de Angy e invadí con mi lengua su maravilloso
coño mientras frotaba mi polla entre sus tobillos como si fuera un perro en
celo. A los pocos minutos, la decimoctava eyaculación salpicó sus zapatos rojos
de charol.
Seguidamente, nos movilizamos al
sofá. Le follé el coño hasta que se corrió, empapando su falda de squirt. Luego
le follé el culo hasta que se volvió a correr, empapándola aún más. Tendí su
cuerpo sobreestimulado bocarriba y me coloqué encima. Manteniéndome al filo del
orgasmo, le follé las tetas e inyecté en su escote la decimonovena eyaculación.
Obvié la dolorosa tensión que sentía
en mis huevos y retrocedí hasta quedar prácticamente sentado sobre su rostro.
Le follé la boca hasta borrarle el carmín de los labios y me recreé observando
cómo mi polla abultaba su delicada garganta. Al cabo, su rostro se cubrió de
saliva y de lágrimas que dejaron surcos negros en sus mejillas arreboladas.
Aunque me habría encantado correrme al son de los deliciosos espasmos de su
garganta, me obligué a retroceder de nuevo. Sus ojos azules me interrogaron
desde el hueco que había quedado entre mis muslos.
—Necesito que me aplique el
tratamiento una última vez, enfermera —le rogué.
Con una sonrisa cómplice, Angy se
dispuso a masturbarme manteniendo aquella postura. A pesar de las corridas
seguía durísimo, con la punta del mismo color que una cereza madura y
extremadamente sensible. Sus dedos enguantados me condujeron rápidamente al
clímax y, dejando escapar un sonido gutural, me corrí sobre cofia llegando a
salpicar su frente.
—Vigésima eyaculación. Ya ha
terminado su tratamiento, Señor Ardelean. Ha sido un placer trabajarle... digo,
trabajar para usted.
Acariciándole con ternura el rostro,
murmuré:
—El placer ha sido mío, enfermera.
Una sirena gótica!, creo que no he visto nunca una en mi vida y ver a Angy así debe ser ... Sabía que Eric no tardaría en alcanzar esas veinte eyaculaciones con una vida tan sexual y con Angy siendo una mujer de recursos para propiciarlas. Eso es "ponerse" al día :) Aplausos y felicitaciones, Señorita, la espera ha valido y la autora sabe bien como subir el listón en plenitud y más si cabe. Ahora tengo un dilema, Angy Gótica o Angy enfermera?.
ResponderEliminarMe quedo cantando ... "You make me wanna die. I will die for you, my love."
Dulces besos excitados 🖤