Capítulo 20. Veinte

   Título: Eric, letras con forma de alas en los laterales. Color negro con sombras rosas y verdes.
La primera semana de baja se hizo más amena gracias a Angy.
Me ofrecí a hacerle de chófer a la ida y a la vuelta del trabajo, y también la acompañé a sus sesiones de natación. «¡Te vas a aburrir!» me advirtió. Nada más lejos de la realidad. Su forma de nadar, como si fuera una sirena gótica, me dejaba completamente obnubilado durante toda la hora, si bien lo que más me sorprendía era la cantidad de tiempo que aguantaba la respiración debajo del agua. Definitivamente, lo más tortuoso era verla salir de la piscina, con la licra negra marcando todas sus curvas y las gotas perlando su piel, y más de una vez sopesé la opción de tirarme a la piscina para bajar el calentón.
Como muestra de solidaridad, Angy decidió no correrse hasta que el médico me lo permitiera, así que nos pasamos las tardes viendo películas y series, jugando a videojuegos, leyendo y charlando. Asimismo, aprovechamos el buen tiempo para salir a pasear; me encantaba sentir sus dedos entrelazados con los míos, observar cómo la gente se giraba para mirarla y enorgullecerme de ser su pareja. El viernes visitamos L’appel du vide y el fin de semana realizamos las tareas propias de adultos funcionales: hacer la compra, limpiar nuestros respectivos apartamentos y quedar con otras personas; Angy con su amiga Jessica y yo con mi familia.
Les conté a mis padres los detalles de la operación y mi padre se enfurruñó porque, aunque siempre les había jurado que no quería tener hijos, una parte de él tenía la esperanza de que cambiase de opinión.
—No te preocupes, cariño. Se le pasará —me aseguró mi madre cuando mi padre se marchó a jugar con sus queridísimos nietos—. En su momento también le costó un poco asimilar que tu hermana fuera lesbiana o que tú salieras tanto con chicos como con chicas.
—¡Pues a ver si asimila que a Liam no le va ni lo uno ni lo otro! —Bufé—. Además, papá se puede dar con un canto en los dientes porque con Gina ya ha vivido el pack completo: boda, casa y nietos.
—Lo que deseamos es que seáis felices. —Me acarició la mejilla con ternura—. A propósito... ¿Cuándo nos presentarás a Angy?
Sus ojos brillaban tanto como los pendientes que le había regalado mi padre a raíz de la apuesta con Gina.
—Pronto.
—¡Que sea más pronto que tarde! Así se le pasará antes el enfurruñamiento por la vasectomía.
Y, por fin, llegó el martes.
Estacionado cerca de la puerta de EstadisTIC, observé cómo iban saliendo los anodinos trabajadores hasta que distinguí una figura vestida de gris: Angy se despidió de un hombre con gafas y se apresuró a meterse en el coche, buscando directamente mis labios.
—¿Qué tal el día, preciosa?
—Echándote de menos.
Nos volvimos a besar. Vi por el rabillo del ojo que aquel hombre se nos quedaba mirando mientras le decía algo a otros dos compañeros. No me dieron buena espina, pero decidí no decir nada para no fastidiar el momento.
Arranqué de nuevo y me dirigí hacia el centro de la ciudad. Debido a que me costó un poco aparcar llegamos cinco minutos tarde a la cita, pero como siempre el personal de la clínica nos atendió amablemente.
—Señor Ardelean, ya puede pasar.
—¿Quieres que te espere en la sala? —me susurró Angy, cohibida de repente.
—¡Por supuesto que no! Quiero que entres conmigo.
Rodeé su cintura con mi brazo, afianzándola, y juntos entramos en la consulta.
El doctor se encontraba tras su escritorio rellenando unos formularios.
—¿Qué tal se encuentra, Señor Ardelean?
—Estoy bien, gracias.
—Oh, ¿y quién es esta encantadora joven?
Se levantó para saludarla.
—Le presento a mi pareja: Angy.
—Encantado, Señorita. Por favor, tome asiento... Y usted, acompáñeme para que le examine. —Sin más dilación, me dirigió a una zona de la consulta delimitada por una cortina—. ¿Qué tal ha ido la recuperación?
—Me ha atendido la mejor enfermera que pudiera tener —confesé mientras me desabrochaba los pantalones.
Con los ojos brillando por la diversión, el doctor se colocó una mascarilla y unos guantes.
—Espero que se haya portado bien y haya seguido mis indicaciones de no practicar sexo ni montar en moto.
—He sido un buen chico —le aseguré.
Me senté en la camilla con las piernas abiertas y el Doctor Richards me palpó los testículos.
—¿Le duele?
—Apenas lo noto.
—Parece que los conductos han cicatrizado correctamente. No hay inflamación y los puntos han empezado a reabsorberse... ¡Está estupendo! —Me dio una palmada en el muslo y se incorporó de nuevo—. Le levanto el castigo. Cuando haya eyaculado al menos veinte veces, debe traer una muestra de semen en este botecito y el laboratorio realizará un espermiograma de control. Le recuerdo que hasta que el resultado no sea la azoospermia sigue siendo fértil, así que debe emplear un método anticonceptivo adecuado.
—Esto... ¿Debo refrigerar el botecito con el semen?
Me imaginé guardando el bote de semen junto con los guisantes congelados.
—No es necesario. Pero para asegurarse de que no se degrade, tome la muestra pocas horas antes de acudir a la clínica. Tampoco es necesario que pida cita; lo recibirá la enfermera.
—De acuerdo.
Regresamos a su escritorio, desde donde Angy me dedicó una sonrisa de oreja a oreja, compartiendo mi entusiasmo.
—Les recomiendo que retomen con calma la actividad sexual. Es común que encuentre un poco de sangre en las primeras eyaculaciones y que sienta algunas molestias, siempre y cuando el dolor no sea agudo. En ese caso, no dude en acudir para que revise su estado.
—Entendido.
—Su médico de cabecera le concedió la baja hasta finales de mes, ¿verdad?
Asentí.
Nos dedicó un guiño y exclamó:
—¡Que la disfruten!
  
Dinku para señalar elipsis narrativa
  
Admito que pisé el acelerador más de lo que debía para llegar cuanto antes al apartamento de Angy.
Enredamos nuestras lenguas en el portal, demostrándonos las ganas acumuladas de la última semana, y sólo nos separamos a tomar aire cuando aterrizamos sobre la cama.
—¿Qué te parece... —le propuse entre beso y beso— si tú eliges... el cómo... cuándo... y dónde... me corro... las veinte veces?
—Estaba pensando... lo mismo. De hecho... he planeado... algo especial para la ocasión.
Su último beso tenía sabor a fantasía.
Angy se incorporó, alcanzó una bolsa del armario y me avisó que iba al baño a asearse.
—¿Quieres que me desnude? —le pregunté.
—No, aún no. Pero tardaré un poco en prepararme, así que ponte cómodo.
No me sentía nada cómodo con el bulto aprisionado en mis pantalones, pero obedecí. Intenté amenizar la espera leyendo el webcómic, con el que estaba ya casi al día, y si bien las primeras escenas rebajaron un poco mi excitación, las últimas consiguieron redoblarla. ¿Cómo conseguía la autora subir cada vez más el listón?
—Señor Ardelean, disculpe la espera.
Casi se me cayó el móvil al elevar la mirada.
Sus tacones, de color rojo acharolado, contrastaban con unas medias de rejilla blancas que llegaban a mitad de sus muslos, y unos centímetros más arriba se había abotonado un vestido que se ajustaba a todas sus curvas. Siguiendo la misma paleta de colores, los mechones blancos enmarcaban una sonrisa carmesí y, para rematar el atuendo, su cabeza estaba coronada por una cofia clásica con una cruz.
—El Doctor Richards me ha comunicado que debe empezar un nuevo tratamiento —su voz aterciopelada me envolvió mientras se aproximaba al lateral de la cama.
—Así es —respondí, sintiendo la garganta completamente seca.
—Soy la enfermera que le atenderá los próximos días. Por favor, siéntese en el borde de la cama y quítese la camiseta. Voy a empezar auscultándole...
Como si fuera una profesional, se colocó en los oídos el estetoscopio que llevaba a modo de collar y apoyó el extremo en mi pecho, provocándome un escalofrío.
—Tiene el pulso un poco acelerado, Señor Ardelean —chasqueó la lengua, contrita.
¡Como para no acelerarse! Al inclinarse hacia mí, su generoso escote había quedado a la altura de mis ojos.
Deslizó el cabezal metálico por mi piel... ¿De dónde había sacado un estetoscopio de verdad?
—Es una obra de arte —suspiró, maravillada.
En el pectoral derecho tenía tatuada una fragata pirata que parecía navegar hacia un amanecer o un atardecer, puesto que en el esternón refulgía el sol semi oculto en el horizonte, mientras que en el pectoral izquierdo se delineaba un mapa y una rosa de los vientos, justo a la altura del corazón.
—¿Acaso son las indicaciones para encontrar un tesoro?
Mis pupilas ascendieron hasta clavarse en las de ella.
—El tesoro lo tengo delante de mí.
Su risa derrochaba amor y felicidad. Abandonando momentáneamente su personaje, se sentó a horcajadas sobre mis piernas, agotando el espacio que nos separaba, y me besó con pasión.
—¿Esto es parte del tratamiento, enfermera? —pregunté contra sus labios.
—Es su medicina. —La forma en que se le iluminó la mirada me indicó que se le había ocurrido una idea—. ¡Oh! Ya sé cuál va a ser la banda sonora perfecta para esta sesión terapéutica...
Al lado de la lámpara con forma de calavera conectó un pequeño altavoz. El sonido de una guitarra eléctrica se mezcló con la piedra de un mechero y, a los pocos segundos, una voz femenina comenzó a cantar:
Somebody mixed my medicine
Somebody mixed my medicine
Angy volvió a aproximarse y se arrodilló a mis pies. Con hábiles movimientos me desabrochó los pantalones y tiró de ellos hacia abajo. No hizo falta que me diera ninguna orden; me moví para facilitarle la tarea y, en un abrir y cerrar de ojos, me encontré completamente desnudo ante ella.
La escena era parecida a aquel domingo que Angy me había comido los huevos mientras veía un episodio de One Piece, pero al mismo tiempo completamente distinta, pues esta vez era ella la que presentaba el rol dominante. Lo cierto es que siempre me había parecido difícil imponer dominación en una postura aparentemente sumisa, y me encantaba que Angy lo consiguiera de forma natural.
—Abra un poco más las piernas, Señor Ardelean... Sí, así está bien. Primero debo realizar una exploración de la zona.
Observé cómo se colocaba unos guantes de látex semejantes a los que había utilizado para las curas durante la última semana. Imitando al Doctor Richards, con la punta de los dedos trazó círculos cuidadosamente, moviendo mis testículos en la bolsa escrotal y palpando los conductos.
—¿Le duele?
—No...
—¿Siente placer? —Como respuesta, mi erección palpitó contra el tatuaje de súcubo—. Perfecto, ya podemos empezar con el tratamiento. Tal y como está en el borde de la cama, túmbese manteniendo los pies bien plantados en el suelo y las piernas abiertas.
Angy alcanzó algo de la mesilla y se sentó a mi lado.
—Me va a tener que ayudar a mantener el estetoscopio en contacto con su piel, ¿de acuerdo?
—Lo que usted mande, enfermera.
Con la mano derecha me aseguré de que el cabezal quedase sobre la rosa de los vientos y Angy cerró momentáneamente los párpados, escuchando atentamente.
—Es como si su corazón latiera al ritmo de The Pretty Reckless...
My Medicine llegó a su fin y comenzó la siguiente canción del álbum.
Angy se untó las manos generosamente con lubricante y comenzó a masturbarme. Arriba, abajo, arriba, abajo... Sin prisa, pero sin pausa, con ambas manos o alternándolas. El contacto con los guantes se sentía artificial pero tremendamente erótico gracias al contexto que lo acompañaba: el ajustado vestido, las medias, la cofia... ¡Dios, no iba a aguantar nada!
—Se le ha vuelto a acelerar el pulso, Señor Ardelean. Su polla está tan dura... y sus huevos tan cargados de semen...
Deslizó una de sus manos hacia abajo para masajeármelos mientras la otra se concentraba en acariciarme el glande de forma tortuosamente placentera.
—Estoy segura de que tiene muchas ganas de correrse después de una semana conteniéndose... ¡Ha sido muy buen chico!
Make me wanna die me envolvió y me dejé llevar por sus versos.
Every time I look inside your eyes
(I'm burning in the light)
You make me wanna die
I would die for you, my love
My love
No pude evitarlo: me puse de puntillas y arqueé las caderas hacia arriba mientras me corría, tan violentamente que temí que se me saltasen los puntos. Finalmente, me desplomé sobre el colchón, jadeando y sonriendo, liberado.
Angy, que había recogido el semen con las manos, lo analizó con gesto serio.
—Creo que no hay rastros de sangre... —Luego, con una sonrisa anunció—: Primera eyaculación. Quedan diecinueve.
  
Dinku para señalar elipsis narrativa
 
Los siguientes días seguimos la recomendación del Doctor Richards y nos lo tomamos con calma, limitando el cupo a una eyaculación al día e intentando minimizar tanto los impactos como la presión en la zona testicular.
Para la segunda eyaculación, Angy, vestida de nuevo de enfermera sexy, me ordenó lavarme exhaustivamente y colocarme a cuatro patas sobre la cama. Ella se situó detrás, hundió la cara entre mis nalgas y me comió el culo mientras me masturbaba; yo me limité a gemir contra las almohadas, derritiéndome de placer hasta manchar de nuevo sus guantes.
La tercera vez, Angy se arremangó el vestido hasta la cintura y se tumbó sobre mí en la gráfica postura del 69. Mi cabeza quedó aprisionada entre sus muslos enrejillados y mis manos aferraron sus nalgas mientras nuestras lenguas luchaban por comprobar cuál era la más veloz en arrancar un orgasmo. Nos separó una milésima de segundo; tras correrme profundamente en su garganta, bebí la más dulce de las medicinas.
En mitad de la mañana del viernes recibí la siguiente notificación: «Envíame un vídeo corriéndote». Apoyé el móvil en una almohada y me acomodé en la cama con las piernas abiertas de manera que la cámara encuadrase perfectamente mis huevos desde abajo. Moviendo la mano rítmicamente, me imaginé rellenando su coño con mi corrida, una y otra vez, hasta que mis ojos se velaron de estrellas y mi polla estalló en la cuarta eyaculación. Horas más tarde, cuando Angy se subió a mi coche, colé mi mano bajo su falda y descubrí que su coño estaba empapado; en el mismo asiento del copiloto la follé con los dedos.
Llegó el fin de semana y enfermera y paciente nos encerramos en mi apartamento. Como los puntos ya parecían haberse reabsorbido, decidimos subir el cupo a dos eyaculaciones al día. El sábado, Angy utilizó la magic wand para contabilizar la quinta eyaculación y, aumentando la vibración, arrancarme consecutivamente la sexta. Respecto al domingo, nada más despertarnos follamos con calma y por la tarde Angy me pidió que le reventase el culo hasta descargar en su interior la octava eyaculación.
El lunes me descubrió el set de plugs anales que se había comprado al empezar la universidad. Eran de color negro y tenían la textura aterciopelada de la silicona, siendo la forma lo que los diferenciaba: de espiral, de dos o de tres bolas. Como buena enfermera se tomó su tiempo en emplearlos conmigo, dilatándome hasta que finalmente cupo el que tenía la bola más grande, y luego me corrió con su boca. Novena eyaculación.
Al día siguiente fue mi último día de baja. Para celebrar que llegábamos a la décima eyaculación, Angy me azotó con la paleta que le había regalado hasta que quedó grabado un corazón en cada nalga. Luego me encargué de que ella llegase al orgasmo diez veces seguidas empleando mi boca, mis dedos y el satysfier, dejándola completamente cumdumb.
Mi regreso al trabajo estuvo repleto de bromas sobre castrati y balas de fogueo. ¡Estaba seguro de que Romeo y Benito llevaban semanas preparándolas!
Afortunadamente, con la entrada de junio Angy comenzaba con el horario de verano y llevaba jornada intensiva de 8 a 16h. Así que, en vez de ir a buscarla a su trabajo, ella acudió a mi apartamento y me despertó de la siesta reparadora con su maravillosa boca. Uf, si follar su coño sin condón se sentía remotamente parecido a su boca, iba... íbamos tener un problema para contenerme las ganas de follarla a todas horas, en cada esquina.
A la undécima eyaculación la siguió la duodécima, con sus piernas subidas a mis hombros, mis manos alrededor de su cuello y mis caderas impactando contra su culo. Aquella fue la primera vez que los huevos se me resintieron, pero el dolor fue soportable y remitió a los pocos minutos.
El jueves quemamos la pista de baile de Skeleton Moon y, en el mismo banco que nos liamos la primera vez, Angy me masturbó hasta que la decimotercera eyaculación empapó mi ropa interior. Antes de que nos echaran del local por exhibicionismo, nos movilizamos al callejón donde había aparcado la moto. La aupé sobre el sillín y le comí el coño hasta que sus piernas temblaron tanto que parecía que hubiera arrancado el motor.
Aquella semana L’appel du vide hospedaba a una nueva artista cuyas obras estaban repletas de personajes sometidos a inimaginables torturas sexuales. Max nos invitó a cenar en un restaurante cercano que le recordaba a su vida nocturna en París. En un momento dado me preguntó qué tal llevaba la recuperación, y animé a Angy a que le contase los detalles que más le apeteciera compartir; me encantaba verla hablar con mi amigue, con los ojos brillantes y las mejillas encendidas. A Max le pareció un detallazo lo del disfraz de enfermera y le susurró una idea al oído. Sopesándola, Angy le preguntó:
—¿Y dónde consigo eso?
Max le dio la dirección de una sex shop de confianza. Por suerte, nos dio tiempo a acercarnos antes de que cerrase, si bien no supe qué había comprado Angy hasta que no me encontré atado a mi cama. Expectante, observé cómo se enfundaba los guantes y cogía un bote de lubricante y un objeto alargado y metálico: una sonda. Durante las horas centrales de la noche protagonizamos nuestra propia y tortuosa obra de arte, salpicada por la decimocuarta y la decimoquinta eyaculación.
El sábado visité a mis padres en su piso, quienes insistieron de nuevo sobre conocer a mi pareja, así que les planteé concretar una visita de cara al fin de semana siguiente. Angy se mostró entusiasmada ante la idea y me confirmó su disponibilidad. Después de comer hicimos lectura conjunta del webcómic hasta ponernos al día... y ponernos, literalmente.
Angy sustituyó el pijama por el uniforme de enfermera y me cabalgó mientras escuchaba atentamente los latidos de mi corazón con el estetoscopio. El condón que contenía la decimosexta eyaculación acabó anudado en el extremo de su media, como un trofeo. Seguidamente, me untó generosamente la polla con lubricante y me indicó que la ayudase a empalarse sosteniendo sus nalgas entre mis manos. Antes de empezar a moverse, me colocó los auriculares y apoyó el cabezal del estetoscopio sobre su propio pecho. Su corazón latía vigorosamente y, al sentir toda mi longitud entrando y saliendo de su culo, la expresión de su rostro reflejó puro éxtasis. Se corrió dos veces seguidas, bañándome con su squirt. A la tercera, recibió la decimoséptima eyaculación.
Después de tanto tiempo usando el uniforme, la tela estaba arrugada y manchada, y olía a sudor y sexo; mi misión del domingo consistió en dejarlo completamente arruinado.
Me arrodillé en mitad del salón, hundí mi cara entre las nalgas de Angy e invadí con mi lengua su maravilloso coño mientras frotaba mi polla entre sus tobillos como si fuera un perro en celo. A los pocos minutos, la decimoctava eyaculación salpicó sus zapatos rojos de charol.
Seguidamente, nos movilizamos al sofá. Le follé el coño hasta que se corrió, empapando su falda de squirt. Luego le follé el culo hasta que se volvió a correr, empapándola aún más. Tendí su cuerpo sobreestimulado bocarriba y me coloqué encima. Manteniéndome al filo del orgasmo, le follé las tetas e inyecté en su escote la decimonovena eyaculación.
Obvié la dolorosa tensión que sentía en mis huevos y retrocedí hasta quedar prácticamente sentado sobre su rostro. Le follé la boca hasta borrarle el carmín de los labios y me recreé observando cómo mi polla abultaba su delicada garganta. Al cabo, su rostro se cubrió de saliva y de lágrimas que dejaron surcos negros en sus mejillas arreboladas. Aunque me habría encantado correrme al son de los deliciosos espasmos de su garganta, me obligué a retroceder de nuevo. Sus ojos azules me interrogaron desde el hueco que había quedado entre mis muslos.
—Necesito que me aplique el tratamiento una última vez, enfermera —le rogué.
Con una sonrisa cómplice, Angy se dispuso a masturbarme manteniendo aquella postura. A pesar de las corridas seguía durísimo, con la punta del mismo color que una cereza madura y extremadamente sensible. Sus dedos enguantados me condujeron rápidamente al clímax y, dejando escapar un sonido gutural, me corrí sobre cofia llegando a salpicar su frente.
—Vigésima eyaculación. Ya ha terminado su tratamiento, Señor Ardelean. Ha sido un placer trabajarle... digo, trabajar para usted.
Acariciándole con ternura el rostro, murmuré:
—El placer ha sido mío, enfermera.
 
 
  

1 comentario:

  1. Una sirena gótica!, creo que no he visto nunca una en mi vida y ver a Angy así debe ser ... Sabía que Eric no tardaría en alcanzar esas veinte eyaculaciones con una vida tan sexual y con Angy siendo una mujer de recursos para propiciarlas. Eso es "ponerse" al día :) Aplausos y felicitaciones, Señorita, la espera ha valido y la autora sabe bien como subir el listón en plenitud y más si cabe. Ahora tengo un dilema, Angy Gótica o Angy enfermera?.

    Me quedo cantando ... "You make me wanna die. I will die for you, my love."

    Dulces besos excitados 🖤

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