
El martes preferí quedarme un rato
más con Eric en la cama en vez de ir a nadar.
Remoloneamos entre las sábanas y las
almohadas atraparon nuestros gemidos. Luego ocultamos los mordiscos y las
rojeces con la ropa, desayunamos besos y, en el umbral de la puerta, abrazamos un
«hasta luego».
—Te quiero —murmuré contra sus
labios, con la voz un poco temblorosa por las emociones que bullían en mi
pecho.
Estaba un poco triste y enfadada
conmigo misma. Primero de todo, me hubiera gustado acompañarle al hospital,
pero mi jefe se había puesto muy, muy, muy gilipollas el día anterior y al
final no me había atrevido a pedirle un día de asuntos propios.
—Te adoro, Angy. Te iré escribiendo,
¿vale? Y le daré a Gina tu contacto por si acaso.
En segundo lugar, aunque me hubiera
pillado un día de asuntos propios, igualmente hubiera necesitado que viniera su
hermana para hacer los trayectos en coche, por lo que me arrepentía de no haber
conducido más a menudo ni de tener vehículo propio.
—Vendré lo más rápido posible —le
aseguré.
—Cuando puedas, preciosa. No te
preocupes, todo saldrá bien.
Por supuesto que me preocupaba que
hubiera alguna complicación durante la intervención quirúrgica, como una
reacción adversa por la anestesia o un error al realizar las incisiones, ligar
los conductos o cauterizarlos. Era consciente de que lo que hablaba era mi
ansiedad e intentaba tranquilizarme pensando en datos.
«Anestesia local. Duración de la
intervención: 15-20 minutos. Riesgo de complicaciones: 1-2%, bajo. Tasa de
esterilidad: 99,7%, muy elevado».
—Todo saldrá bien —repetí.
Eric depositó un último beso en mis
labios y luego en mi frente. Sentí cómo me derretía ante su contacto.
—Que tengas un buen día, preciosa. Nos
vemos por la tarde.
Me propinó un azote juguetón que me picó
la piel a través de la falda, recordándome la acampada del fin de semana y las
ortigas.
Cuando me subí al bus aún estaba
sonriendo.
***
La sonrisa se me borró de los labios
cuando me puse a trabajar con los informes. A pesar de que Eric me iba comunicando
sus avances, conforme discurrían las horas aumentaba mi ansiedad.

Imaginaba que entre la preparación y
la intervención el tiempo podía extenderse a cuarenta minutos, pero ya había
pasado casi una hora desde el último mensaje. ¿Debía escribir a su hermana?
—¿Te pasa algo, Angy?
—¿Eh? —Levanté la mirada por encima
de la pantalla del ordenador hasta encontrarme con la de David.
—Estás muy dispersa. Apenas tocas el
teclado y miras cada cinco minutos el móvil.
—Oh, perdón —me ruboricé,
avergonzada de que se me notase tanto.
—Si quieres podemos ir a las
máquinas y despejarnos un poco.
Acepté tras asumir que no iba a
poder concentrarme hasta que no supiera que todo había salido bien.
En las máquinas me pedí un café de
vainilla y David un expresso. Nos acomodamos en una de las mesitas altas
que había al lado.
—¿Qué es lo que te preocupa tanto,
si se puede preguntar?
—Mi pareja tiene hoy una
intervención quirúrgica.
Preferí no decirle toda la verdad,
no porque me importase su opinión, sino porque no quería que conociera detalles
tan íntimos de mi vida personal y, menos aún, que se los contase a Leo y
Fernando.
Noté cómo se envaraba.
—No sabía que tenías pareja.
Enarqué las cejas, sorprendida por
su tono. ¿Acaso estaba celoso?
—Hemos establecido nuestra relación
hace poco.
—¿Es el amigo con el que
fuiste de acampada?
—Sí. —Miré por enésima vez la
pantalla del móvil y, para mi desesperación, seguía sin haber notificaciones—. ¿Y
tú qué tal el fin de semana?
Ya le había oído hablar de sus
planes el lunes, pero quería desviar el tema principal de la conversación.
—Bien. Entonces, ¿vais en serio?
Me estaba arrepintiendo de haber
aceptado ese pequeño descanso. Le di vueltas a mi café. El vaso estaba caliente
en mi mano, pero mi voz fue como un viento cortante y helador:
—Sí, vamos en serio y estamos muy
enamorados.
—Me alegro. —Forzó una sonrisa e
intentó relajar el ambiente—. Estoy seguro de que eres una novia estupenda.
—Gracias. —Forcé también una pequeña
sonrisa.
—Si necesitas desahogarte con
cualquier tema aquí me tienes —continuó, como si fuéramos amigos de toda la
vida.
—Lo tendré en cuenta...
Justo en ese momento me llegó un
mensaje y casi derramé el café por el sobresalto.

Solté el aire de golpe.
—Ha salido todo bien —dije más para tranquilizarme
a mí misma que para informar a David. De hecho, casi ni le escuché musitar su
hipócrita «me alegro».
Dimos por terminado el descanso y
volvimos a nuestros puestos de trabajo. Sentía que me había quitado un gran
peso de encima, y ahora lo único que tenía en mente era terminar la jornada y ver
a Eric.
***
Fiché a las 18h en punto, ignorando
lo que fuera que estuviera diciendo el cretino de mi jefe y me dirigí hacia la
parada de taxis.
—¡Hola, cielo! —me saludó Nane—.
¿Adónde te llevo?
Le dije la dirección de Eric y en
seguida nos pusimos en movimiento.
—¿Qué tal han ido estas semanas?
Tienes mejor cara que la última vez —sus ojos castaños me miraron a través del
retrovisor.
—Las semanas han ido a genial,
gracias. ¿Y las tuyas?
—¡Con demasiado trabajo! ¿Sales ahora
de la oficina?
—Sí, trabajo en EstadisTIC.
—¿Eres ingeniera? —tomó una rotonda
con agilidad.
—Matemática, especializada en
estadística.
—Uf, ese área debe de ser un campo
de nabos, ¿no?
—Lo es, sobre todo en puestos
elevados —suspiré mientras observaba por la ventanilla los altísimos edificios
con sus techos de cristal—. ¡Qué te voy a contar! Tu sector también es
mayoritariamente masculino.
—¡Así es! Como te gustan las
estadísticas, te puedo decir que la media nacional de mujeres taxistas es de alrededor
del 5%, aunque en la capital ya representamos el 8,9%. El problema no son los
compañeros, sino los clientes —chasqueó la lengua—. En la otra cara de la
moneda, nosotras representamos un lugar seguro para las clientas, sobre todo
por la noche.
Durante los siguientes minutos de
trayecto me contó algunas experiencias, tanto buenas como malas, que había
vivido como taxista.
—¡Gracias por el trayecto! —me
despedí—. ¡Que vaya muy bien!
—¡Hasta la próxima, cielo!
Me dirigí al portal pensando en que
quizás debía haber comprado algo para merendar y pulsé el telefonillo
fustigándome una vez más por mi torpeza.
—¿Diga? —preguntó una voz femenina.
—¡Angy! —exclamé, una octava más
aguda de lo habitual.
Mientras subía en el ascensor
intenté sosegar los latidos de mi corazón y tragué saliva, con los saludos
formales bailando en la punta de la lengua.
En el descansillo me esperaba una
figura esbelta y más alta que yo incluso con zapatillas de estar por casa. Sus
ojos verdes eran tan penetrantes como los de Eric, y sumados a su melena rubia
y rizada su aspecto me recordó al de una leona.
—Tenía muchas ganas de conocerte,
Angy.
Me tendió una mano para que se la
estrechase.
—El placer es mío, Gina.
Nuestro apretón fue cálido y firme. Nos
soltamos a la vez y Gina me observó detenidamente con cierta curiosidad.
—Espero que no te moleste la
pregunta, pero... ¿tú no eras gótica?
Sonreí, en absoluto ofendida.
—He venido directamente desde el
trabajo. En mi empresa se sigue un código de vestimenta.
—Oh, entiendo...
—¿Angy? —La voz de Eric procedía del
salón.
—Anda, ve con mi hermano mientras yo
preparo algo para picar. Cuando está convaleciente se comporta como un crío... ¡Peor
que un dolor de huevos, nunca mejor dicho!
—¡Te he oído, Georgina!
Tras compartir miradas cómplices,
Gina se dirigió a la cocina y yo al salón. Eric estaba sentado en la chaise longe con los pantalones bajados hasta las rodillas y un paquete de guisantes
envuelto en una toalla apoyado contra la entrepierna.
—¡Hola,
preciosa! —Los hoyuelos de sus mejillas me dieron la bienvenida.
Me senté
a su lado y nos besamos como si hubiéramos estado separados meses en vez de
medio día.
—¿Qué tal
te encuentras?
—Con los
huevos tan inflamados que parecen un par de manzanas. ¿Quieres verlos?
Asentí
con la cabeza y...
—¡Joder!
—exclamé. Nunca había visto unos testículos tan grandes y amoratados, ni
siquiera en los vídeos más bestia de CBT—. ¿Qué indicaciones te ha dado el
médico?
—Frío local durante 15 minutos cada 3 horas y tomar
analgésicos cada 8 horas hasta que baje la inflamación y me deje de doler. En
cuanto a las curas —me fijé que a cada
lado del escroto tenía unas pequeñas incisiones cosidas por puntos—, aplicar dos
veces al día suero fisiológico y povidona.
—Si
quieres puedo ayudarte con las curas.
—¿Te
pondrás un vestido de enfermera sexy para hacerlo?
—Claro. Y
terminaré con un beso curativo.
Tras
asegurarme de que Gina seguía en la cocina, deposité un beso en el corazón del
tatuaje de súcubo. Eric dejó escapar un suspiro y su polla tembló ligeramente
hacia arriba.
—¡No, no,
no! —le reñí, obligándole a colocarse de nuevo el paquete de guisantes
congelados—. Se te pueden saltar los puntos.
—Uf, es
difícil no ponerme teniéndote tan cerca. —Se echó hacia atrás contra el
respaldo del sofá—. Al menos parece que la maquinaria funciona correctamente.
Nos
echamos a reír.
—¿Te han
dicho cuándo podrás tener sexo?
—No debo
correrme hasta la próxima revisión, en una semana, y tampoco debo ir en moto. —Sonaba
como un niño al que le han quitado sus juguetes favoritos—. Al menos, mi médico
de cabecera me ha concedido la baja hasta finales de mes.
—Gracias
a mí.
Justo en
ese momento Gina regresó con una bandeja repleta de galletas saladas, embutidos
y quesos diversos, así como verduras cortadas para rebañar en hummus recién
hecho.
—¿Qué te
apetece beber, Angy? ¿Café, té, zumo, agua?
—Agua
está bien, gracias.
Nos
sirvió tres vasos de agua.
—Tú también, que tienes que
hidratarte.
—Suenas como mamá —bufó Eric.
—Y tú como papá. —Intercambiaron la
típica mirada entre hermanos que echaba chispas—. Por cierto, ya han pasado los
quince minutos.
Gina se marchó de nuevo a la cocina
para guardar la bolsa de guisantes en el congelador. Ayudé a Eric a subirse los
pantalones y, finalmente, su hermana se sentó a mi lado.
—Bueno, Angy... Entonces, ¿quién se
declaró primero?
—¿Estás comparando testimonios o
qué?
—Tengo una apuesta que ganar —declaró
mientras mordía un trozo de zanahoria y me miraba fijamente.
—Pues... Fue Eric quien me preguntó
primero si quería tener una relación con él, como pareja, y fui yo la primera
en decir que estaba enamorada de él.
—¿Tú dijiste «te amo» primero?
—Sí.
Miré a Eric para corroborarlo y él
asintió con la cabeza.
—¡Ja! Entonces he ganado yo.
—¿Qué os apostasteis? —pregunté,
divertida.
—50€, con la condición de usar el
dinero en comprarle un regalo a nuestras mujeres.
—Me alegro de que nuestro amor sirva
para afianzar vuestros matrimonios —Eric dejó escapar otro bufido.
—Apuesto a que papá le comprará un
regalo a mamá igualmente.
—Yo también.
Inevitablemente pensé en mis padres
y en su afición por intercambiarse regalos cuando menos se lo esperaban, a cuál
más caro que el anterior.
—¿Y tu familia, Angy? —Gina volvió a
centrar su atención en mí.
—Vive en una ciudad costera.
Mi padre es hostelero y mi madre trabaja en la industria de la moda.
Al igual que hacía sucedido con Max,
le hablé a Gina sobre mi vida y mis aficiones y Eric me escuchó con tanta
atención como en nuestras primeras citas.
—Entiendo que mi hermano pierda el
culo por las personas inteligentes, interesantes y hermosas, pero de verdad que
se escapa a mi comprensión qué veis vosotras en él.
—¡Oye!
Si no fuera porque yo me encontraba
en medio, Eric se habría lanzado directamente a su cuello.
Entrelacé mis dedos con los de él y
me dispuse a responder:
—Eric es la persona más inteligente,
interesante y hermosa que he conocido. También es trabajador, respetuoso y
honesto, y posee una fortaleza emocional que supera su fortaleza física, que ya
es decir. Desde el primer momento, Eric me ha hecho sentir en un lugar seguro. Él
me ve tal y como soy, sin juzgarme, y nos entendemos sin necesidad de hablar, aunque
podamos pasarnos hasta las tantas de la madrugada conversando sobre cualquier
tema. Eric es como el fuego, pero al contrario de lo que me sucedía en mis anteriores
relaciones él no me reduce a cenizas, sino que me hace renacer.
Gina me miró con intensidad, reconociéndome.
—Seguiré apostando por ti, Angy.
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