Capítulo 19. Apuestas

  Título: Angy, letras con forma de alas en los laterales. Color negro con sombras rosas y verdes.
El martes preferí quedarme un rato más con Eric en la cama en vez de ir a nadar.
Remoloneamos entre las sábanas y las almohadas atraparon nuestros gemidos. Luego ocultamos los mordiscos y las rojeces con la ropa, desayunamos besos y, en el umbral de la puerta, abrazamos un «hasta luego».
—Te quiero —murmuré contra sus labios, con la voz un poco temblorosa por las emociones que bullían en mi pecho.
Estaba un poco triste y enfadada conmigo misma. Primero de todo, me hubiera gustado acompañarle al hospital, pero mi jefe se había puesto muy, muy, muy gilipollas el día anterior y al final no me había atrevido a pedirle un día de asuntos propios.
—Te adoro, Angy. Te iré escribiendo, ¿vale? Y le daré a Gina tu contacto por si acaso.
En segundo lugar, aunque me hubiera pillado un día de asuntos propios, igualmente hubiera necesitado que viniera su hermana para hacer los trayectos en coche, por lo que me arrepentía de no haber conducido más a menudo ni de tener vehículo propio.
—Vendré lo más rápido posible —le aseguré.
—Cuando puedas, preciosa. No te preocupes, todo saldrá bien.
Por supuesto que me preocupaba que hubiera alguna complicación durante la intervención quirúrgica, como una reacción adversa por la anestesia o un error al realizar las incisiones, ligar los conductos o cauterizarlos. Era consciente de que lo que hablaba era mi ansiedad e intentaba tranquilizarme pensando en datos.
«Anestesia local. Duración de la intervención: 15-20 minutos. Riesgo de complicaciones: 1-2%, bajo. Tasa de esterilidad: 99,7%, muy elevado».
—Todo saldrá bien —repetí.
Eric depositó un último beso en mis labios y luego en mi frente. Sentí cómo me derretía ante su contacto.
—Que tengas un buen día, preciosa. Nos vemos por la tarde.
Me propinó un azote juguetón que me picó la piel a través de la falda, recordándome la acampada del fin de semana y las ortigas.
Cuando me subí al bus aún estaba sonriendo.
 
***
 
La sonrisa se me borró de los labios cuando me puse a trabajar con los informes. A pesar de que Eric me iba comunicando sus avances, conforme discurrían las horas aumentaba mi ansiedad.
 

Imaginaba que entre la preparación y la intervención el tiempo podía extenderse a cuarenta minutos, pero ya había pasado casi una hora desde el último mensaje. ¿Debía escribir a su hermana?
—¿Te pasa algo, Angy?
—¿Eh? —Levanté la mirada por encima de la pantalla del ordenador hasta encontrarme con la de David.
—Estás muy dispersa. Apenas tocas el teclado y miras cada cinco minutos el móvil.
—Oh, perdón —me ruboricé, avergonzada de que se me notase tanto.
—Si quieres podemos ir a las máquinas y despejarnos un poco.
Acepté tras asumir que no iba a poder concentrarme hasta que no supiera que todo había salido bien.
En las máquinas me pedí un café de vainilla y David un expresso. Nos acomodamos en una de las mesitas altas que había al lado.
—¿Qué es lo que te preocupa tanto, si se puede preguntar?
—Mi pareja tiene hoy una intervención quirúrgica.
Preferí no decirle toda la verdad, no porque me importase su opinión, sino porque no quería que conociera detalles tan íntimos de mi vida personal y, menos aún, que se los contase a Leo y Fernando.
Noté cómo se envaraba.
—No sabía que tenías pareja.
Enarqué las cejas, sorprendida por su tono. ¿Acaso estaba celoso?
—Hemos establecido nuestra relación hace poco.
—¿Es el amigo con el que fuiste de acampada?
—Sí. —Miré por enésima vez la pantalla del móvil y, para mi desesperación, seguía sin haber notificaciones—. ¿Y tú qué tal el fin de semana?
Ya le había oído hablar de sus planes el lunes, pero quería desviar el tema principal de la conversación.
—Bien. Entonces, ¿vais en serio?
Me estaba arrepintiendo de haber aceptado ese pequeño descanso. Le di vueltas a mi café. El vaso estaba caliente en mi mano, pero mi voz fue como un viento cortante y helador:
—Sí, vamos en serio y estamos muy enamorados.
—Me alegro. —Forzó una sonrisa e intentó relajar el ambiente—. Estoy seguro de que eres una novia estupenda.
—Gracias. —Forcé también una pequeña sonrisa.
—Si necesitas desahogarte con cualquier tema aquí me tienes —continuó, como si fuéramos amigos de toda la vida.
—Lo tendré en cuenta...
Justo en ese momento me llegó un mensaje y casi derramé el café por el sobresalto.


Solté el aire de golpe.
—Ha salido todo bien —dije más para tranquilizarme a mí misma que para informar a David. De hecho, casi ni le escuché musitar su hipócrita «me alegro».
Dimos por terminado el descanso y volvimos a nuestros puestos de trabajo. Sentía que me había quitado un gran peso de encima, y ahora lo único que tenía en mente era terminar la jornada y ver a Eric.
 
***
 
Fiché a las 18h en punto, ignorando lo que fuera que estuviera diciendo el cretino de mi jefe y me dirigí hacia la parada de taxis.
—¡Hola, cielo! —me saludó Nane—. ¿Adónde te llevo?
Le dije la dirección de Eric y en seguida nos pusimos en movimiento.
—¿Qué tal han ido estas semanas? Tienes mejor cara que la última vez —sus ojos castaños me miraron a través del retrovisor.
—Las semanas han ido a genial, gracias. ¿Y las tuyas?
—¡Con demasiado trabajo! ¿Sales ahora de la oficina?
—Sí, trabajo en EstadisTIC.
—¿Eres ingeniera? —tomó una rotonda con agilidad.
—Matemática, especializada en estadística.
—Uf, ese área debe de ser un campo de nabos, ¿no?
—Lo es, sobre todo en puestos elevados —suspiré mientras observaba por la ventanilla los altísimos edificios con sus techos de cristal—. ¡Qué te voy a contar! Tu sector también es mayoritariamente masculino.
—¡Así es! Como te gustan las estadísticas, te puedo decir que la media nacional de mujeres taxistas es de alrededor del 5%, aunque en la capital ya representamos el 8,9%. El problema no son los compañeros, sino los clientes —chasqueó la lengua—. En la otra cara de la moneda, nosotras representamos un lugar seguro para las clientas, sobre todo por la noche.
Durante los siguientes minutos de trayecto me contó algunas experiencias, tanto buenas como malas, que había vivido como taxista.
—¡Gracias por el trayecto! —me despedí—. ¡Que vaya muy bien!
—¡Hasta la próxima, cielo!
Me dirigí al portal pensando en que quizás debía haber comprado algo para merendar y pulsé el telefonillo fustigándome una vez más por mi torpeza.
—¿Diga? —preguntó una voz femenina.
—¡Angy! —exclamé, una octava más aguda de lo habitual.
Mientras subía en el ascensor intenté sosegar los latidos de mi corazón y tragué saliva, con los saludos formales bailando en la punta de la lengua.
En el descansillo me esperaba una figura esbelta y más alta que yo incluso con zapatillas de estar por casa. Sus ojos verdes eran tan penetrantes como los de Eric, y sumados a su melena rubia y rizada su aspecto me recordó al de una leona.
—Tenía muchas ganas de conocerte, Angy.
Me tendió una mano para que se la estrechase.
—El placer es mío, Gina.
Nuestro apretón fue cálido y firme. Nos soltamos a la vez y Gina me observó detenidamente con cierta curiosidad.
—Espero que no te moleste la pregunta, pero... ¿tú no eras gótica?
Sonreí, en absoluto ofendida.
—He venido directamente desde el trabajo. En mi empresa se sigue un código de vestimenta.
—Oh, entiendo...
—¿Angy? —La voz de Eric procedía del salón.
—Anda, ve con mi hermano mientras yo preparo algo para picar. Cuando está convaleciente se comporta como un crío... ¡Peor que un dolor de huevos, nunca mejor dicho!
—¡Te he oído, Georgina!
Tras compartir miradas cómplices, Gina se dirigió a la cocina y yo al salón. Eric estaba sentado en la chaise longe con los pantalones bajados hasta las rodillas y un paquete de guisantes envuelto en una toalla apoyado contra la entrepierna.
—¡Hola, preciosa! —Los hoyuelos de sus mejillas me dieron la bienvenida.
Me senté a su lado y nos besamos como si hubiéramos estado separados meses en vez de medio día.
—¿Qué tal te encuentras?
—Con los huevos tan inflamados que parecen un par de manzanas. ¿Quieres verlos?
Asentí con la cabeza y...
—¡Joder! —exclamé. Nunca había visto unos testículos tan grandes y amoratados, ni siquiera en los vídeos más bestia de CBT—. ¿Qué indicaciones te ha dado el médico?
Frío local durante 15 minutos cada 3 horas y tomar analgésicos cada 8 horas hasta que baje la inflamación y me deje de doler. En cuanto a las curas —me fijé que a cada lado del escroto tenía unas pequeñas incisiones cosidas por puntos—, aplicar dos veces al día suero fisiológico y povidona.
—Si quieres puedo ayudarte con las curas.
—¿Te pondrás un vestido de enfermera sexy para hacerlo?
—Claro. Y terminaré con un beso curativo.
Tras asegurarme de que Gina seguía en la cocina, deposité un beso en el corazón del tatuaje de súcubo. Eric dejó escapar un suspiro y su polla tembló ligeramente hacia arriba.
—¡No, no, no! —le reñí, obligándole a colocarse de nuevo el paquete de guisantes congelados—. Se te pueden saltar los puntos.
—Uf, es difícil no ponerme teniéndote tan cerca. —Se echó hacia atrás contra el respaldo del sofá—. Al menos parece que la maquinaria funciona correctamente.
Nos echamos a reír.
—¿Te han dicho cuándo podrás tener sexo?
—No debo correrme hasta la próxima revisión, en una semana, y tampoco debo ir en moto. —Sonaba como un niño al que le han quitado sus juguetes favoritos—. Al menos, mi médico de cabecera me ha concedido la baja hasta finales de mes.
—Gracias a mí.
Justo en ese momento Gina regresó con una bandeja repleta de galletas saladas, embutidos y quesos diversos, así como verduras cortadas para rebañar en hummus recién hecho.
—¿Qué te apetece beber, Angy? ¿Café, té, zumo, agua?
—Agua está bien, gracias.
Nos sirvió tres vasos de agua.
—Tú también, que tienes que hidratarte.
—Suenas como mamá —bufó Eric.
—Y tú como papá. —Intercambiaron la típica mirada entre hermanos que echaba chispas—. Por cierto, ya han pasado los quince minutos.
Gina se marchó de nuevo a la cocina para guardar la bolsa de guisantes en el congelador. Ayudé a Eric a subirse los pantalones y, finalmente, su hermana se sentó a mi lado.
—Bueno, Angy... Entonces, ¿quién se declaró primero?
—¿Estás comparando testimonios o qué?
—Tengo una apuesta que ganar —declaró mientras mordía un trozo de zanahoria y me miraba fijamente.
—Pues... Fue Eric quien me preguntó primero si quería tener una relación con él, como pareja, y fui yo la primera en decir que estaba enamorada de él.
—¿Tú dijiste «te amo» primero?
—Sí.
Miré a Eric para corroborarlo y él asintió con la cabeza.
—¡Ja! Entonces he ganado yo.
—¿Qué os apostasteis? —pregunté, divertida.
—50€, con la condición de usar el dinero en comprarle un regalo a nuestras mujeres.
—Me alegro de que nuestro amor sirva para afianzar vuestros matrimonios —Eric dejó escapar otro bufido.
—Apuesto a que papá le comprará un regalo a mamá igualmente.
—Yo también.
Inevitablemente pensé en mis padres y en su afición por intercambiarse regalos cuando menos se lo esperaban, a cuál más caro que el anterior.
—¿Y tu familia, Angy? —Gina volvió a centrar su atención en mí.
—Vive en una ciudad costera. Mi padre es hostelero y mi madre trabaja en la industria de la moda.
Al igual que hacía sucedido con Max, le hablé a Gina sobre mi vida y mis aficiones y Eric me escuchó con tanta atención como en nuestras primeras citas.
—Entiendo que mi hermano pierda el culo por las personas inteligentes, interesantes y hermosas, pero de verdad que se escapa a mi comprensión qué veis vosotras en él.
—¡Oye!
Si no fuera porque yo me encontraba en medio, Eric se habría lanzado directamente a su cuello.
Entrelacé mis dedos con los de él y me dispuse a responder:
—Eric es la persona más inteligente, interesante y hermosa que he conocido. También es trabajador, respetuoso y honesto, y posee una fortaleza emocional que supera su fortaleza física, que ya es decir. Desde el primer momento, Eric me ha hecho sentir en un lugar seguro. Él me ve tal y como soy, sin juzgarme, y nos entendemos sin necesidad de hablar, aunque podamos pasarnos hasta las tantas de la madrugada conversando sobre cualquier tema. Eric es como el fuego, pero al contrario de lo que me sucedía en mis anteriores relaciones él no me reduce a cenizas, sino que me hace renacer.
Gina me miró con intensidad, reconociéndome.
—Seguiré apostando por ti, Angy.


 
 
 

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