Capítulo 18. Ullasa

  Título: Eric, letras con forma de alas en los laterales. Color negro con sombras rosas y verdes.
Cuando encendí el motor me recorrió un breve escalofrío de placer. Manteniendo un pie en el embrague, coloqué la palanca de cambios en la posición de «marcha atrás», bajé el freno de mano y, soltando poco a poco el pedal del freno, el coche se movió suavemente hacia atrás.
—¡Oh, tiene cámara trasera! —exclamó Angy desde el asiento del copiloto—. Con el coche de la autoescuela sufría muchísimo aparcando e incluso llegué a rayar más de una vez el parachoques.
—Claro, con el culazo que tienes...
—¡Eric! —Se hizo la ofendida antes de preguntarme con genuina curiosidad—: ¿Tú te sueles fijar en la cámara?
—Aprendí a conducir con un coche viejo, así que tomo mis referencias con los retrovisores, pero es un buen apoyo por si aparecen de improviso peatones o perros.
Jugué con el embrague y el acelerador, maniobrando hasta poder salir de aquel aparcamiento al aire libre cercano al edificio en el que ella vivía.
El reloj marcaba las 7:02h. Las calles estaban tranquilas y la pantalla pasó a mostrar la mejor ruta hasta el pueblo de montaña que me había indicado mi padre; teníamos por delante dos horas de trayecto.
—Puedes conectarte mediante bluetooth para poner música —le propuse.
—¡Vale!
Su entusiasmo me sacó una sonrisa.
Tomé la salida de la ciudad más cercana y me incorporé a la autovía cambiando de marcha con fluidez. Cuarta... Quinta... Me mantuve ligeramente por debajo del límite de velocidad y el ronroneo del motor, constante a dos mil revoluciones, se sumó a la melodía de The passenger de Iggy Pop.
—He puesto una playlist que suelo escuchar cuando viajo —me explicó Angy—. Tiene un poco de todo: rock clásico, rock alternativo, heavy metal, dark trap...
Asentí, despegando momentáneamente la mirada del horizonte de asfalto y polígonos industriales que rodeaban la ciudad para observarla a ella.
Angy había apoyado la cabeza contra el respaldo y sostenía el móvil sobre su regazo; sus piernas estaban ligeramente abiertas, enfundadas en unos leggins que me iban a volver loco todo el fin de semana, y mantenía las botas de senderismo en el centro de la alfombrilla. El color negro de su ropa resaltaba con el rojo de la tapicería y el cinturón había quedado encajado entre sus pechos.
«No te distraigas», me reprendí. Me obligué a fijar de nuevo la mirada en los carriles y me sumergí en la conducción. Al igual que con la moto, solía sentir que me fusionaba con el vehículo y mi mente alcanzaba un estado de relajación parecido al de meditar. Sin embargo, también me apetecía seguir hablando con Angy, así que le animé a compartir anécdotas de su vida universitaria y por mi parte le conté algunas de mi formación profesional.
A los laterales de la autovía se extendían campos de cultivo de distintas tonalidades de verde y amarillo, interrumpidos de vez en cuando por casas dispersas y pueblecitos. Las montañas se percibían tenuemente a lo lejos, el sol ascendía desde nuestra derecha y el cielo era de color azul sólido, augurando un fin de semana primaveral perfecto para la acampada.
Al cabo de una hora le pregunté a Angy si necesitaba que hiciéramos una parada en una estación de servicio. Me aseguró que estaba bien y que, si yo no estaba cansado, podíamos continuar.
Cuando llegamos a los pies de las montañas el paisaje cambió radicalmente. La autovía quedó encajada entre enormes bloques de piedra y la pronunciada pendiente me obligó a bajar a cuarta para no ahogar el motor. Los túneles nos engulleron y el cambio de presión embotó nuestros oídos.
Cuando emergimos definitivamente al exterior, las montañas nos dieron la bienvenida; los picos más altos aún conservaban el blanco de la nieve, que contrastaba con sus laderas verde oscuro y marrón.
Para llegar hasta el pueblo indicado tuvimos que descender un poco y, en la primera rotonda, tomar una carretera nacional. Guiándome por las señales, conduje hasta un puente de piedra que desembocó en el aparcamiento que me había recomendado mi padre, ya que en el interior del pueblo no se permitía aparcar a quienes no fueran residentes.
—¿Vamos a por el segundo desayuno? —inquirió Angy mientras se abrochaba el abrigo.
—Sí, y luego nos pasaremos por la oficina de turismo para registrarnos y pagar una pequeña tasa.
—Con tal de no tener problemas con «los verdes»... —se refirió a la guardia forestal.
Entrelazamos nuestras manos con una sonrisa cómplice y echamos a andar hacia las casas de piedra, que exhibían hermosos balcones de madera decorados con flores.
Sus habitantes también habían madrugado. Los más mayores estaban sentados frente a sus viviendas mientras charlaban con sus vecinos, los de mediana edad habían abierto sus pequeños negocios, como talleres, panaderías y tiendas de ultramarinos, y los más jóvenes correteaban por las callejuelas en busca de nuevas aventuras.
—¡Aye! —nos saludaron a nuestro paso.
Aun vistiendo ropa deportiva y sin maquillaje, seguíamos llamando la atención.
En el corazón del pueblo se encontraba una plaza que conducía a una pequeña iglesia, al ayuntamiento, a la oficina de turismo mencionada y a una bulliciosa cafetería. En esta última, un matrimonio nos sirvió un copioso desayuno mientras nos preguntaba de dónde veníamos y qué planes teníamos para el fin de semana.
—El lunes hay luna llena —comentó la mujer—. Aunque deslumbrará a las estrellas, si acampáis cerca del ibón la imagen de esta noche puede ser muy romántica, ¡aye!
—¡Los chavales de hoy en día ya no se fijan en esas tonterías, Rita! —Su marido chaqueó la lengua—. Además, prestarán más atención a lo que ocurra dentro de la tienda de campaña que al exterior, ¿aye?
Me guiñó un ojo, intentando encontrar un apoyo masculino.
—A mí me encanta la luna llena —confirmó Angy.
—Y yo soy un romántico empedernido —terminé de inclinar la balanza a favor de Rita.
—¡Aye, aye!
Aprovechamos para ir al servicio a sabiendas de que, una vez estuviéramos en la naturaleza, no tendríamos aquellas comodidades, y tras despedirnos de Rita y Antón con la promesa de pasarnos al día siguiente, nos dirigimos a la oficina de turismo.
—¡Buenos días! —Nos saludó una mujer de unos cuarenta años desde un mostrador.
Mientras realizábamos el registro, su mirada se iluminó y me preguntó:
—¿Usted es el hijo de Ariadna y Víctor? —Nada más asentir con la cabeza exclamó—: ¡Aye! Me llegó al corazón la tenacidad de su familia para salir adelante en los peores momentos.
A falta de una buena respuesta me limité a sonreír, un poco incómodo con la idea de que mis padres le fueran contando nuestra vida a cualquier persona.
—Me alegro de que ustedes también se hayan animado a visitar el parque natural. Estas son las zonas de acampada libre: —Las señaló en un mapa de papel—. Pueden estacionar en las vaguadas indicadas en los caminos, que están vigiladas las 24h con cámaras, pero aun así les recomiendo que lleven siempre consigo sus efectos personales. En cuanto al resto del parque, de vez en cuando lo sobrevuelan drones de la guardia forestal para controlar que no se dan incumplimientos, así que no se asusten si les sorprende alguno. Está terminantemente prohibido hacer fuego, dejar basura y bañarse en el ibón, pero si tienen licencia sí que se permite pescar.
—No tenemos intención de pescar —le aseguré, compartiendo una mirada divertida con Angy.
—Ante cualquier emergencia esta es la extensión telefónica. En este cuaderno de campo encontrarán información sobre la flora, la fauna y la geología del parque, y podrán tomar sus propias notas. —Nos tendió dicho cuaderno y un bolígrafo—. Aquí tienen sus resguardos... ¡Aye! Espero que disfruten con su acampada.
Ni se imaginaba lo mucho que la íbamos a disfrutar.
Eran las 10:14h cuando nos metimos de nuevo en el coche. Marqué las siguientes coordenadas y conduje por la sinuosa carretera, concentrado pero relajado. Media hora después aparqué en una vaguada de tierra cuya señal indicaba: «Puesto nº23».
—¿Te apetece coger las mochilas pequeñas y que exploremos los alrededores, Angy? —le planteé mientras colocaba el parasol—. Cuando decidamos dónde acampar podemos volver a por la tienda, los sacos y las bolsas más pesadas.
—Me parece bien. Pero antes me gustaría agradecer al conductor por el trayecto...
Su tono de voz me dejó muy claro a qué se refería.
—¿Aquí? Las cámaras...
—Es una suerte tener un coche con las ventanillas tintadas, ¿no crees?
Estaba haciendo referencia a un debate que habíamos tenido durante una de nuestras citas, y precisamente ella acababa de usar uno de mis argumentos.
¡No necesitaba convencerme a mí mismo!
Nos movilizamos a los asientos de atrás y, en un abrir y cerrar de ojos, tenía los pantalones bajados hasta los tobillos y a Angy a cuatro patas a mi lado chupándome la polla.
—¡Jo-der! —jadeé.
La adrenalina asociada al riesgo de ser pillados alimentó mi excitación. Coloqué una mano sobre su pelo trenzado para acompañar el movimiento y la otra sobre su culo, masajeando alternativamente sus nalgas. El interior del coche se llenó de gemidos y sonidos húmedos, y a los pocos minutos empecé tener ganas.
—Angy, me voy a correr... —le avisé.
Aplicó la lengua con esa técnica suya que me encantaba y me empujó contra el asiento de tal manera que me obligaba a elevar las caderas y a clavarme más hondo en su garganta.
—¡Joder!
Estallé en su boca. Ella tragó y continuó chupándome hasta exprimirme la última gota de corrida.
—Gracias —conseguí articular, sin aliento—. ¿Quieres que te corra?
Deslicé mis dedos por su entrepierna, palpando su sexo a través de la tela.
—No, no quiero que se mojen los asientos ni la ropa. —Me dio un beso suave para hacerme saber que estaba conforme—. ¿Vamos a explorar?
Asentí a regañadientes, pues lo que realmente me apetecía era seguir explorando su cuerpo.
Bajamos definitivamente del coche. Un imponente pinar se cernía alrededor de la vaguada y la carrocería de color rojo brillante desentonaba por su artificialidad. En contraste con la congestionada atmósfera de la capital, el aire limpio y fresco presentaba notas amaderadas y terrosas, y respiré profundamente hasta despejarme.
Tras abrigarnos y coger las mochilas, echamos a andar por una de las rutas que indicaba el mapa, rumbo hacia el ibón.
El suelo en aquella zona era bastante yermo debido a la combinación de dos factores: la acidez de las púas de los pinos y la sombra que arrojaban sus ramas, si bien sus troncos mostraban parches de musgo y líquenes. Angy iba primera, portando el mapa y el cuaderno; me encantaba ver cómo se le iluminaba el rostro al investigarlo todo a su alrededor y escuchar sus comentarios.
Conforme avanzamos, el pinar dio paso a bosques de hayedos, abetales y tejos, donde la vegetación se notaba más exuberante.
—¡Oh! —Angy se detuvo frente a una planta cuyas hojas tenían forma de corazón y bordes aserrados—. Urtica dioica... ¿Alguna vez te han mordido ortigas?
—Más de una vez. ¿Y a ti?
—También, sobre todo en las piernas. Por eso cuando hago senderismo siempre llevo en la mochila antihistamínicos y una crema hidrocortisona... —Enmudeció, perdiéndose momentáneamente en sus pensamientos—. Una vez leí un relato erótico en el que el Dom empleaba las hojas para castigar a su sub.
La polla me palpitó al imaginarme la escena desde ambos roles. Alcé su barbilla para que me mirase directamente y le pregunté en un murmullo:
—¿Te gustaría probarlo?
Sus brillantes ojos azules y el rubor que cubrió sus mejillas me dieron la respuesta, pero esperé pacientemente a que la materializase con palabras.
—Sí. Si te apetece, podemos probarlo hoy en mí... Como tú tienes la operación el martes, no quisiera que la reacción alérgica te afectase.
—De acuerdo.
Nos besamos profundamente, sellando nuestra promesa.
Con cuidado de no tocar la planta directamente y empleando una navaja multiusos, corté un par de ramas con hojas grandes y las guardé en una bolsita zip.
En el siguiente tramo de la ruta la pendiente se volvió más empinada. Nuestras piernas se empezaron a cargar y jadeábamos por el esfuerzo, pero ambos sabíamos que valdría la pena por lo que nos esperaba en la cima. Además, no iba a mentir... el culazo de Angy en aquellos leggins era una gran motivación, y me sentía como un burro al que se le pone delante una zanahoria.
—¡Wow!
Angy se detuvo de nuevo, y me obligué a separar la vista de sus glúteos y colocarme a su lado para descubrir la razón de su exclamación.
Ante nosotros se extendía el mismo paisaje que habían fotografiado mis padres la semana anterior, con la diferencia de que al disfrutarlo en persona me invadió una sensación de paz inconmensurable.
—¿Acampamos aquí?
Volví a mirarla. En su frente encontré las montañas, en sus mejillas el valle, en sus labios las flores amarillas, en sus pupilas el sol y en sus irises las aguas cristalinas del ibón.
Entrelacé nuestros dedos y respondí:
—Acampamos aquí.
 
***
 
Continuamos explorando los alrededores. Un par de horas después encontramos un tronco para sentarnos a comer nuestros bocadillos y, una vez descansados, regresamos al coche para coger el resto de las bolsas.
A pesar de dirigirnos directamente al punto donde queríamos acampar, tardamos más tiempo del que esperábamos debido a la carga y el sol comenzó a caer paulatinamente a nuestra izquierda.
Aprovechamos las últimas horas de luz para montar la tienda de campaña. Colocamos bajo ella una lona impermeable para prevenir que se colase la humedad y fijamos entre los dos los postes y las estacas.
—Ha sido más fácil de lo que esperaba —comentó tras asegurarnos de que la estructura era estable—. Me voy a alejar un momento para hacer pis, ¿vale?
—A ver si no te pillan los drones de «los verdes» —le bromeé, pues ya habíamos visto un par de ellos.
—Si lo hacen tendré que cobrarles —me guiñó un ojo, riéndose.
Era el momento perfecto para preparar mi sorpresa. En el interior de la tienda desplegué el saco de dormir de tamaño Queen size, y sobre él dispuse una sábana, una manta con estampados de calaveras y varias almohadas para que la estancia fuera lo más cómoda y acogedora posible. Colgué del techo guirnaldas de luces y, para demostrar el romántico empedernido que podía llegar a ser, desperdigué pétalos de flores negras y granates.
Justo estaba cerrando la cremallera de la puerta cuando Angy regresó.
—No me encontré con ningún dron, por suerte. —No parecía sospechar nada—. ¿Preparamos la cena?
—Puedo encargarme yo. Tú puedes relajarte, preciosa —le di un beso en la frente.
Extendimos una manta de picnic frente a la tienda de campaña y saqué de una de las bolsas el hornillo y los ingredientes para la cena: una bolsa de puré de patata deshidratada, agua, leche, mantequilla, especias y un tupper con carne mechada. A mi lado, Angy se dedicó a escribir nuestras aventuras en el cuaderno.
El atardecer tiñó el cielo de amarillo, naranja y rosa, hasta que el sol se ocultó definitivamente tras las montañas y el azul se oscureció. Encendimos varias velas en vasijas de terracota, que a la vez que nos iluminaban servían como repelentes de mosquitos, y la fragancia de citronela nos envolvió.
Mientras cenábamos, presenciamos cómo la Luna se elevaba en el cielo, apantallando a las estrellas.
—¿Sabes, Eric? Las matemáticas son el lenguaje secreto del universo. —La miré embelesado mientras hablaba—. Desde las más abstractas como el álgebra tensorial y la geometría diferencial, hasta las más aplicadas como la estadística o el cálculo numérico, son fundamentales para el desarrollo de la astronomía.
—Entonces tú, como matemática, vendrías a ser como la traductora del universo.
Angy se rio suavemente ante la idea.
—Supongo que sí. Aunque ahora soy más bien una traductora del mundo tecnológico y empresarial.
—Tal y como me dijiste a mí, nunca es demasiado tarde para cambiar de profesión.
Nos quedamos abrazados en silencio, inmersos en nuestros pensamientos.
—¿Quieres que prepare un poco de té? —pregunté al cabo.
—Vale.
Las tazas calentaron nuestras manos y las bebidas asentaron nuestros estómagos. Con las energías renovadas, empecé a notar otro tipo de hambre...
—Desnúdate, Angy.
No utilicé mi voz de Dom, pero Angy se incorporó y acató mi orden sin rechistar.
Primero se quitó las botas y luego el abrigo. Sin apresurarse, sobre este dejó doblada la camiseta térmica y los leggins, y por último se deshizo de la ropa interior.
A su espalda, el paisaje enmudeció. Su piel blanquísima rivalizaba con la propia Luna, adquiriendo tonos plateados en sus contornos, y sus pupilas habían engullido completamente sus irises, dotándole a su mirada una intensidad arrebatadora.
Me levanté para observarla más de cerca... Sus mejillas estaban ruborizadas, su vello erizado, su pezones duros apuntando hacia mí. ¿Sería por el frío o por la excitación?
Deslicé una mano por el interior de sus muslos hasta encontrarme con la humedad y el calor que emanaba su sexo. Masajeé su clítoris con la punta de los dedos, trazando círculos. Con la otra mano aferré sus trenzas, a la altura de su nuca, y susurré contra sus labios:
—¿Tienes ganas de que cumpla otra de tus fantasías?
—S-siempre, por favor.
Yo también me desnudé; mi piel ardía tanto que apenas notaba el frío de la noche. Tras apagar las velas y poner a buen recaudo nuestras pertenencias, abrí la cremallera de la tienda, accioné el interruptor de las luces... y se hizo la magia.
—¿Y esto?
Su expresión maravillada no tenía nada que envidiar a la que le había dedicado al paisaje. Le tendí una mano para que se arrodillase junto a mí en el interior y la aceptó temblando por la emoción.
—¿Te gusta, Angy?
—¡Me encanta!
—Quería preparar algo especial, ya que es nuestro primer viaje...
Entonces, sus labios pronunciaron las palabras más preciadas:
—Te amo, Eric.
Las sentí de forma distinta a nuestra confesión del día anterior, más... definitivas. Como un secreto que quedaba entre nosotros, en el interior de aquella tienda de campaña, al mismo tiempo que un grito de libertad que resonaba más allá de las montañas.
—Y yo te amo a ti, Angy.
Nos besamos de nuevo, enredando nuestras lenguas como si intentásemos devorarnos.
—Ahora, túmbate bocabajo y abre las piernas...
Mientras Angy se recolocaba sobre el colchón improvisado, alcancé varios condones y la bolsa con las ortigas, dejando a mano las pastillas antihistamínicas y la crema. Seguidamente, me senté en el hueco que había quedado entre sus piernas, y las recoloqué de manera que sus muslos reposasen sobre los míos y sus rodillas a cada lado de mis caderas, con su culo y su sexo perfectamente al alcance de mis manos y de mi polla.
—Voy a aplicarte las ortigas únicamente en las nalgas, ¿de acuerdo? Como también es mi primera vez, necesitaré que me digas en todo momento lo que estás sintiendo, y si te encuentras mal no dudes en decir tu palabra de seguridad y te pondré el tratamiento.
—Vale.
—¿Estás nerviosa?
—Un poco...
Le masajeé el cuerpo para intentar sumirla en un estado de relajación. Los sonidos del exterior nos envolvieron; las cigarras, el suave viento nocturno, las ramas de los árboles... Cuando noté que sus músculos se habían destensado y que su respiración era profunda y calmada, me dispuse a acariciar su culo con las hojas dentadas, utilizando la propia bolsa como guante.
—¿Notas algo?
—De momento no...
Como no quería extralimitarnos, guardé las ortigas y esperé, observando atentamente su piel. A los pocos segundos, esta adquirió un tono rosáceo y comenzaron a aparecer ronchas rojizas, como los abones que se forman tras la picadura de un mosquito... solo que ahora eran decenas de ellos. Angy se abrazó a las almohadas y ahogó un gemido de dolor.
—¡Oh, oh, oh, oh! Ahora que lo noto...
—¿Es más intenso que la última sesión de spanking?
—Es... distinto... ¡uf! Es un picor... muy doloroso. Como si se extendiera... y creciera de la nada.
Deslicé la punta de mis dedos por su piel, notando el relieve y el calor que irradiaba.
—¿Te gusta?
—S-sí... ¡joder!... pero duele mucho...
Si bien adoraba explorar todas las letras del BDSM, a veces sentía que la dinámica D/s predominaba sobre la de S/M, o viceversa. En esta ocasión, me di cuenta de que mi excitación se estaba alimentando de su dolor y no de su sometimiento o humillación en el más puro sadismo.
—Sigue hablando, Angy.
—Se siente... como si me estuviesen clavando cientos de agujas en el culo... Y me está volviendo loca no poder rascarme.
—¿Así?
No tenía las uñas muy largas, pero las clavé en la parte superior de sus nalgas y las deslicé hacia el interior de sus muslos. Angy ahogó un grito que no tenía muy claro si era de dolor o de placer.
Repetí el proceso varias veces, torturándola, y al cabo de los minutos gimió:
—Ahora es como si tuviera... ¡agh!... fuego debajo de la piel.
—E, irónicamente, estás tan mojada que podrías apagar un incendio.
Resbalé mi pulgar por su sexo, masajeando sus labios hinchados y su clítoris, duro y sensible. Seguidamente, la penetré con los dedos corazón y anular de la otra mano y los moví rítmicamente hacia dentro y hacia fuera, curvándolos para llegar hasta su punto G.
Angy comenzó a temblar como una hoja sobre mi regazo y pronto me avisó:
—Eric, tengo ganas de correrme...
Sin piedad, aceleré el ritmo.
—Venga, córrete para mí, Angy.
Apenas acabé la frase, su sexo estalló en un magnífico squirt que me bañó entero.
Sin darle tiempo a recuperarse, me coloqué un condón y, agarrándola de las doloridas nalgas, la empalé hasta que mis huevos hicieron de tope.
—¡Joder! —Su exclamación quedó amortiguada contra la almohada.
La follé lento pero duro, devorando sus deliciosos jadeos de placer y dolor, adorándola como un lobo adora a la luna. Conseguí que se corriera dos veces más antes de abandonarme a mi propio orgasmo, y entonces sentí que me fundía definitivamente con la naturaleza.
 
 
  

1 comentario:

  1. Vaya, vaya con ese viaje a la montaña. Sabes, es un relato como muy real; ahora lo de las ortigas ya te digo yo que no sería asi de fácil, es una planta que pica, pero mucho; ahora que, por lo que se ve, estos dos son ambos muy de dolor compartido.
    Esas muestras de amor; ya era hora de que ambos se decidieran a compartir algo más que sexo, y esa luna llena hizo magia en su declaración.
    Creo que de ahora en adelante veremos no solo una relación consensuada, sino algo más profundo, donde se verá qué pasa.
    En tu mente está la respuesta, ajjaj.
    Un besote, y muy feliz semana.

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