
Cuando encendí el motor me recorrió
un breve escalofrío de placer. Manteniendo un pie en el embrague, coloqué la
palanca de cambios en la posición de «marcha atrás», bajé el freno de mano y,
soltando poco a poco el pedal del freno, el coche se movió suavemente hacia
atrás.
—¡Oh, tiene cámara trasera! —exclamó
Angy desde el asiento del copiloto—. Con el coche de la autoescuela sufría
muchísimo aparcando e incluso llegué a rayar más de una vez el parachoques.
—Claro, con el culazo que tienes...
—¡Eric! —Se hizo la ofendida antes
de preguntarme con genuina curiosidad—: ¿Tú te sueles fijar en la cámara?
—Aprendí a conducir con un coche
viejo, así que tomo mis referencias con los retrovisores, pero es un buen apoyo
por si aparecen de improviso peatones o perros.
Jugué con el embrague y el
acelerador, maniobrando hasta poder salir de aquel aparcamiento al aire libre
cercano al edificio en el que ella vivía.
El reloj marcaba las 7:02h. Las
calles estaban tranquilas y la pantalla pasó a mostrar la mejor ruta hasta el
pueblo de montaña que me había indicado mi padre; teníamos por delante dos
horas de trayecto.
—Puedes conectarte mediante bluetooth
para poner música —le propuse.
—¡Vale!
Su entusiasmo me sacó una sonrisa.
Tomé la salida de la ciudad más
cercana y me incorporé a la autovía cambiando de marcha con fluidez. Cuarta... Quinta...
Me mantuve ligeramente por debajo del límite de velocidad y el ronroneo del
motor, constante a dos mil revoluciones, se sumó a la melodía de The
passenger de Iggy Pop.
—He puesto una playlist que
suelo escuchar cuando viajo —me explicó Angy—. Tiene un poco de todo: rock
clásico, rock alternativo, heavy metal, dark trap...
Asentí, despegando momentáneamente la
mirada del horizonte de asfalto y polígonos industriales que rodeaban la ciudad
para observarla a ella.
Angy había apoyado la cabeza contra
el respaldo y sostenía el móvil sobre su regazo; sus piernas estaban ligeramente
abiertas, enfundadas en unos leggins que me iban a volver loco todo el
fin de semana, y mantenía las botas de senderismo en el centro de la
alfombrilla. El color negro de su ropa resaltaba con el rojo de la tapicería y
el cinturón había quedado encajado entre sus pechos.
«No te distraigas», me reprendí. Me
obligué a fijar de nuevo la mirada en los carriles y me sumergí en la
conducción. Al igual que con la moto, solía sentir que me fusionaba con el
vehículo y mi mente alcanzaba un estado de relajación parecido al de meditar.
Sin embargo, también me apetecía seguir hablando con Angy, así que le animé a compartir
anécdotas de su vida universitaria y por mi parte le conté algunas de mi
formación profesional.
A los laterales de la autovía se
extendían campos de cultivo de distintas tonalidades de verde y amarillo,
interrumpidos de vez en cuando por casas dispersas y pueblecitos. Las montañas
se percibían tenuemente a lo lejos, el sol ascendía desde nuestra derecha y el
cielo era de color azul sólido, augurando un fin de semana primaveral perfecto
para la acampada.
Al cabo de una hora le pregunté a
Angy si necesitaba que hiciéramos una parada en una estación de servicio. Me aseguró
que estaba bien y que, si yo no estaba cansado, podíamos continuar.
Cuando llegamos a los pies de las
montañas el paisaje cambió radicalmente. La autovía quedó encajada entre
enormes bloques de piedra y la pronunciada pendiente me obligó a bajar a cuarta
para no ahogar el motor. Los túneles nos engulleron y el cambio de presión
embotó nuestros oídos.
Cuando emergimos definitivamente al
exterior, las montañas nos dieron la bienvenida; los picos más altos aún
conservaban el blanco de la nieve, que contrastaba con sus laderas verde oscuro
y marrón.
Para llegar hasta el pueblo indicado
tuvimos que descender un poco y, en la primera rotonda, tomar una carretera
nacional. Guiándome por las señales, conduje hasta un puente de piedra que
desembocó en el aparcamiento que me había recomendado mi padre, ya que en el
interior del pueblo no se permitía aparcar a quienes no fueran residentes.
—¿Vamos a por el segundo desayuno? —inquirió
Angy mientras se abrochaba el abrigo.
—Sí, y luego nos pasaremos por la
oficina de turismo para registrarnos y pagar una pequeña tasa.
—Con tal de no tener problemas con «los
verdes»... —se refirió a la guardia forestal.
Entrelazamos nuestras manos con una
sonrisa cómplice y echamos a andar hacia las casas de piedra, que exhibían
hermosos balcones de madera decorados con flores.
Sus habitantes también habían
madrugado. Los más mayores estaban sentados frente a sus viviendas mientras
charlaban con sus vecinos, los de mediana edad habían abierto sus pequeños
negocios, como talleres, panaderías y tiendas de ultramarinos, y los más
jóvenes correteaban por las callejuelas en busca de nuevas aventuras.
—¡Aye! —nos saludaron a nuestro
paso.
Aun vistiendo ropa deportiva y sin
maquillaje, seguíamos llamando la atención.
En el corazón del pueblo se
encontraba una plaza que conducía a una pequeña iglesia, al ayuntamiento, a la
oficina de turismo mencionada y a una bulliciosa cafetería. En esta última, un
matrimonio nos sirvió un copioso desayuno mientras nos preguntaba de dónde
veníamos y qué planes teníamos para el fin de semana.
—El lunes hay luna llena —comentó la
mujer—. Aunque deslumbrará a las estrellas, si acampáis cerca del ibón la
imagen de esta noche puede ser muy romántica, ¡aye!
—¡Los chavales de hoy en día ya no
se fijan en esas tonterías, Rita! —Su marido chaqueó la lengua—. Además, prestarán
más atención a lo que ocurra dentro de la tienda de campaña que al exterior,
¿aye?
Me guiñó un ojo, intentando
encontrar un apoyo masculino.
—A mí me encanta la luna llena —confirmó
Angy.
—Y yo soy un romántico empedernido
—terminé de inclinar la balanza a favor de Rita.
—¡Aye, aye!
Aprovechamos para ir al servicio a
sabiendas de que, una vez estuviéramos en la naturaleza, no tendríamos aquellas
comodidades, y tras despedirnos de Rita y Antón con la promesa de pasarnos al
día siguiente, nos dirigimos a la oficina de turismo.
—¡Buenos días! —Nos saludó una mujer
de unos cuarenta años desde un mostrador.
Mientras realizábamos el registro, su
mirada se iluminó y me preguntó:
—¿Usted es el hijo de Ariadna y
Víctor? —Nada más asentir con la cabeza exclamó—: ¡Aye! Me llegó al corazón la tenacidad
de su familia para salir adelante en los peores momentos.
A falta de una buena respuesta me
limité a sonreír, un poco incómodo con la idea de que mis padres le fueran
contando nuestra vida a cualquier persona.
—Me alegro de que ustedes también se
hayan animado a visitar el parque natural. Estas son las zonas de acampada
libre: —Las señaló en un mapa de papel—. Pueden estacionar en las vaguadas
indicadas en los caminos, que están vigiladas las 24h con cámaras, pero aun así
les recomiendo que lleven siempre consigo sus efectos personales. En cuanto al
resto del parque, de vez en cuando lo sobrevuelan drones de la guardia forestal
para controlar que no se dan incumplimientos, así que no se asusten si les
sorprende alguno. Está terminantemente prohibido hacer fuego, dejar basura y bañarse
en el ibón, pero si tienen licencia sí que se permite pescar.
—No tenemos intención de pescar —le
aseguré, compartiendo una mirada divertida con Angy.
—Ante cualquier emergencia esta es
la extensión telefónica. En este cuaderno de campo encontrarán información
sobre la flora, la fauna y la geología del parque, y podrán tomar sus propias
notas. —Nos tendió dicho cuaderno y un bolígrafo—. Aquí tienen sus
resguardos... ¡Aye! Espero que disfruten con su acampada.
Ni se imaginaba lo mucho que la
íbamos a disfrutar.
Eran las 10:14h cuando nos metimos
de nuevo en el coche. Marqué las siguientes coordenadas y conduje por la
sinuosa carretera, concentrado pero relajado. Media hora después aparqué en una
vaguada de tierra cuya señal indicaba: «Puesto nº23».
—¿Te apetece coger las mochilas
pequeñas y que exploremos los alrededores, Angy? —le planteé mientras colocaba
el parasol—. Cuando decidamos dónde acampar podemos volver a por la tienda, los
sacos y las bolsas más pesadas.
—Me parece bien. Pero antes me
gustaría agradecer al conductor por el trayecto...
Su tono de voz me dejó muy claro a
qué se refería.
—¿Aquí? Las cámaras...
—Es una suerte tener un coche con
las ventanillas tintadas, ¿no crees?
Estaba haciendo referencia a un
debate que habíamos tenido durante una de nuestras citas, y precisamente ella
acababa de usar uno de mis argumentos.
¡No necesitaba convencerme a mí
mismo!
Nos movilizamos a los asientos de
atrás y, en un abrir y cerrar de ojos, tenía los pantalones bajados hasta los
tobillos y a Angy a cuatro patas a mi lado chupándome la polla.
—¡Jo-der! —jadeé.
La adrenalina asociada al riesgo de
ser pillados alimentó mi excitación. Coloqué una mano sobre su pelo trenzado
para acompañar el movimiento y la otra sobre su culo, masajeando
alternativamente sus nalgas. El interior del coche se llenó de gemidos y
sonidos húmedos, y a los pocos minutos empecé tener ganas.
—Angy, me voy a correr... —le avisé.
Aplicó la lengua con esa técnica
suya que me encantaba y me empujó contra el asiento de tal manera que me
obligaba a elevar las caderas y a clavarme más hondo en su garganta.
—¡Joder!
Estallé en su boca. Ella tragó y continuó
chupándome hasta exprimirme la última gota de corrida.
—Gracias —conseguí articular, sin
aliento—. ¿Quieres que te corra?
Deslicé mis dedos por su
entrepierna, palpando su sexo a través de la tela.
—No, no quiero que se mojen los
asientos ni la ropa. —Me dio un beso suave para hacerme saber que estaba
conforme—. ¿Vamos a explorar?
Asentí a regañadientes, pues lo que
realmente me apetecía era seguir explorando su cuerpo.
Bajamos definitivamente del coche. Un
imponente pinar se cernía alrededor de la vaguada y la carrocería de color rojo
brillante desentonaba por su artificialidad. En contraste con la congestionada
atmósfera de la capital, el aire limpio y fresco presentaba notas amaderadas y
terrosas, y respiré profundamente hasta despejarme.
Tras abrigarnos y coger las mochilas,
echamos a andar por una de las rutas que indicaba el mapa, rumbo hacia el ibón.
El suelo en aquella zona era
bastante yermo debido a la combinación de dos factores: la acidez de las púas
de los pinos y la sombra que arrojaban sus ramas, si bien sus troncos mostraban
parches de musgo y líquenes. Angy iba primera, portando el mapa y el cuaderno;
me encantaba ver cómo se le iluminaba el rostro al investigarlo todo a su
alrededor y escuchar sus comentarios.
Conforme avanzamos, el pinar dio
paso a bosques de hayedos, abetales y tejos, donde la vegetación se notaba más
exuberante.
—¡Oh! —Angy se detuvo frente a una
planta cuyas hojas tenían forma de corazón y bordes aserrados—. Urtica
dioica... ¿Alguna vez te han mordido ortigas?
—Más de una vez. ¿Y a ti?
—También, sobre todo en las piernas.
Por eso cuando hago senderismo siempre llevo en la mochila antihistamínicos y
una crema hidrocortisona... —Enmudeció, perdiéndose momentáneamente en sus
pensamientos—. Una vez leí un relato erótico en el que el Dom empleaba
las hojas para castigar a su sub.
La polla me palpitó al imaginarme la
escena desde ambos roles. Alcé su barbilla para que me mirase directamente y le
pregunté en un murmullo:
—¿Te gustaría probarlo?
Sus brillantes ojos azules y el
rubor que cubrió sus mejillas me dieron la respuesta, pero esperé pacientemente
a que la materializase con palabras.
—Sí. Si te apetece, podemos probarlo
hoy en mí... Como tú tienes la operación el martes, no quisiera que la reacción
alérgica te afectase.
—De acuerdo.
Nos besamos profundamente, sellando
nuestra promesa.
Con cuidado de no tocar la planta
directamente y empleando una navaja multiusos, corté un par de ramas con hojas
grandes y las guardé en una bolsita zip.
En el siguiente tramo de la ruta la
pendiente se volvió más empinada. Nuestras piernas se empezaron a cargar y
jadeábamos por el esfuerzo, pero ambos sabíamos que valdría la pena por lo que
nos esperaba en la cima. Además, no iba a mentir... el culazo de Angy en
aquellos leggins era una gran motivación, y me sentía como un burro al
que se le pone delante una zanahoria.
—¡Wow!
Angy se detuvo de nuevo, y me
obligué a separar la vista de sus glúteos y colocarme a su lado para descubrir
la razón de su exclamación.
Ante nosotros se extendía el mismo
paisaje que habían fotografiado mis padres la semana anterior, con la
diferencia de que al disfrutarlo en persona me invadió una sensación de paz inconmensurable.
—¿Acampamos aquí?
Volví a mirarla. En su frente
encontré las montañas, en sus mejillas el valle, en sus labios las flores
amarillas, en sus pupilas el sol y en sus irises las aguas cristalinas del
ibón.
Entrelacé nuestros dedos y respondí:
—Acampamos aquí.
***
Continuamos explorando los
alrededores. Un par de horas después encontramos un tronco para sentarnos a
comer nuestros bocadillos y, una vez descansados, regresamos al coche para
coger el resto de las bolsas.
A pesar de dirigirnos directamente
al punto donde queríamos acampar, tardamos más tiempo del que esperábamos
debido a la carga y el sol comenzó a caer paulatinamente a nuestra izquierda.
Aprovechamos las últimas horas de
luz para montar la tienda de campaña. Colocamos bajo ella una lona impermeable
para prevenir que se colase la humedad y fijamos entre los dos los postes y las
estacas.
—Ha sido más fácil de lo que
esperaba —comentó tras asegurarnos de que la estructura era estable—. Me voy a
alejar un momento para hacer pis, ¿vale?
—A ver si no te pillan los drones de
«los verdes» —le bromeé, pues ya habíamos visto un par de ellos.
—Si lo hacen tendré que cobrarles
—me guiñó un ojo, riéndose.
Era el momento perfecto para
preparar mi sorpresa. En el interior de la tienda desplegué el saco de dormir
de tamaño Queen size, y sobre él dispuse una sábana, una manta con estampados
de calaveras y varias almohadas para que la estancia fuera lo más cómoda y
acogedora posible. Colgué del techo guirnaldas de luces y, para demostrar el
romántico empedernido que podía llegar a ser, desperdigué pétalos de flores
negras y granates.
Justo estaba cerrando la cremallera
de la puerta cuando Angy regresó.
—No me encontré con ningún dron, por
suerte. —No parecía sospechar nada—. ¿Preparamos la cena?
—Puedo encargarme yo. Tú puedes
relajarte, preciosa —le di un beso en la frente.
Extendimos una manta de picnic
frente a la tienda de campaña y saqué de una de las bolsas el hornillo y los
ingredientes para la cena: una bolsa de puré de patata deshidratada, agua,
leche, mantequilla, especias y un tupper con carne mechada. A mi lado,
Angy se dedicó a escribir nuestras aventuras en el cuaderno.
El atardecer tiñó el cielo de
amarillo, naranja y rosa, hasta que el sol se ocultó definitivamente tras las
montañas y el azul se oscureció. Encendimos varias velas en vasijas de
terracota, que a la vez que nos iluminaban servían como repelentes de
mosquitos, y la fragancia de citronela nos envolvió.
Mientras cenábamos, presenciamos
cómo la Luna se elevaba en el cielo, apantallando a las estrellas.
—¿Sabes, Eric? Las matemáticas son
el lenguaje secreto del universo. —La miré embelesado mientras hablaba—. Desde
las más abstractas como el álgebra tensorial y la geometría diferencial, hasta
las más aplicadas como la estadística o el cálculo numérico, son fundamentales
para el desarrollo de la astronomía.
—Entonces tú, como matemática,
vendrías a ser como la traductora del universo.
Angy se rio suavemente ante la idea.
—Supongo que sí. Aunque ahora soy
más bien una traductora del mundo tecnológico y empresarial.
—Tal y como me dijiste a mí, nunca
es demasiado tarde para cambiar de profesión.
Nos quedamos abrazados en silencio,
inmersos en nuestros pensamientos.
—¿Quieres que prepare un poco de té?
—pregunté al cabo.
—Vale.
Las tazas calentaron nuestras manos
y las bebidas asentaron nuestros estómagos. Con las energías renovadas, empecé
a notar otro tipo de hambre...
—Desnúdate, Angy.
No utilicé mi voz de Dom,
pero Angy se incorporó y acató mi orden sin rechistar.
Primero se quitó las botas y luego
el abrigo. Sin apresurarse, sobre este dejó doblada la camiseta térmica y los leggins,
y por último se deshizo de la ropa interior.
A su espalda, el paisaje enmudeció.
Su piel blanquísima rivalizaba con la propia Luna, adquiriendo tonos plateados
en sus contornos, y sus pupilas habían engullido completamente sus irises,
dotándole a su mirada una intensidad arrebatadora.
Me levanté para observarla más de
cerca... Sus mejillas estaban ruborizadas, su vello erizado, su pezones duros
apuntando hacia mí. ¿Sería por el frío o por la excitación?
Deslicé una mano por el interior de
sus muslos hasta encontrarme con la humedad y el calor que emanaba su sexo.
Masajeé su clítoris con la punta de los dedos, trazando círculos. Con la otra
mano aferré sus trenzas, a la altura de su nuca, y susurré contra sus labios:
—¿Tienes ganas de que cumpla otra de
tus fantasías?
—S-siempre, por favor.
Yo también me desnudé; mi piel ardía
tanto que apenas notaba el frío de la noche. Tras apagar las velas y poner a
buen recaudo nuestras pertenencias, abrí la cremallera de la tienda, accioné el
interruptor de las luces... y se hizo la magia.
—¿Y esto?
Su expresión maravillada no tenía
nada que envidiar a la que le había dedicado al paisaje. Le tendí una mano para
que se arrodillase junto a mí en el interior y la aceptó temblando por la
emoción.
—¿Te gusta, Angy?
—¡Me encanta!
—Quería preparar algo especial, ya
que es nuestro primer viaje...
Entonces, sus labios pronunciaron las
palabras más preciadas:
—Te amo, Eric.
Las sentí de forma distinta a
nuestra confesión del día anterior, más... definitivas. Como un secreto que
quedaba entre nosotros, en el interior de aquella tienda de campaña, al mismo
tiempo que un grito de libertad que resonaba más allá de las montañas.
—Y yo te amo a ti, Angy.
Nos besamos de nuevo, enredando
nuestras lenguas como si intentásemos devorarnos.
—Ahora, túmbate bocabajo y abre las
piernas...
Mientras Angy se recolocaba sobre el
colchón improvisado, alcancé varios condones y la bolsa con las ortigas, dejando
a mano las pastillas antihistamínicas y la crema. Seguidamente, me senté en el
hueco que había quedado entre sus piernas, y las recoloqué de manera que sus
muslos reposasen sobre los míos y sus rodillas a cada lado de mis caderas, con
su culo y su sexo perfectamente al alcance de mis manos y de mi polla.
—Voy a aplicarte las ortigas
únicamente en las nalgas, ¿de acuerdo? Como también es mi primera vez,
necesitaré que me digas en todo momento lo que estás sintiendo, y si te
encuentras mal no dudes en decir tu palabra de seguridad y te pondré el
tratamiento.
—Vale.
—¿Estás nerviosa?
—Un poco...
Le masajeé el cuerpo para intentar
sumirla en un estado de relajación. Los sonidos del exterior nos envolvieron;
las cigarras, el suave viento nocturno, las ramas de los árboles... Cuando noté
que sus músculos se habían destensado y que su respiración era profunda y
calmada, me dispuse a acariciar su culo con las hojas dentadas, utilizando la
propia bolsa como guante.
—¿Notas algo?
—De momento no...
Como no quería extralimitarnos,
guardé las ortigas y esperé, observando atentamente su piel. A los pocos
segundos, esta adquirió un tono rosáceo y comenzaron a aparecer ronchas
rojizas, como los abones que se forman tras la picadura de un mosquito... solo
que ahora eran decenas de ellos. Angy se abrazó a las almohadas y ahogó un
gemido de dolor.
—¡Oh, oh, oh, oh! Ahora sí
que lo noto...
—¿Es más intenso que la última
sesión de spanking?
—Es... distinto... ¡uf! Es un
picor... muy doloroso. Como si se extendiera... y creciera de la nada.
Deslicé la punta de mis dedos por su
piel, notando el relieve y el calor que irradiaba.
—¿Te gusta?
—S-sí... ¡joder!... pero duele
mucho...
Si bien adoraba explorar todas las
letras del BDSM, a veces sentía que la dinámica D/s predominaba sobre la de S/M,
o viceversa. En esta ocasión, me di cuenta de que mi excitación se estaba
alimentando de su dolor y no de su sometimiento o humillación en el más puro
sadismo.
—Sigue hablando, Angy.
—Se siente... como si me estuviesen
clavando cientos de agujas en el culo... Y me está volviendo loca no poder
rascarme.
—¿Así?
No tenía las uñas muy largas, pero
las clavé en la parte superior de sus nalgas y las deslicé hacia el interior de
sus muslos. Angy ahogó un grito que no tenía muy claro si era de dolor o de
placer.
Repetí el proceso varias veces,
torturándola, y al cabo de los minutos gimió:
—Ahora es como si tuviera...
¡agh!... fuego debajo de la piel.
—E, irónicamente, estás tan mojada
que podrías apagar un incendio.
Resbalé mi pulgar por su sexo,
masajeando sus labios hinchados y su clítoris, duro y sensible. Seguidamente,
la penetré con los dedos corazón y anular de la otra mano y los moví
rítmicamente hacia dentro y hacia fuera, curvándolos para llegar hasta su punto
G.
Angy comenzó a temblar como una hoja
sobre mi regazo y pronto me avisó:
—Eric, tengo ganas de correrme...
Sin piedad, aceleré el ritmo.
—Venga, córrete para mí, Angy.
Apenas acabé la frase, su sexo estalló
en un magnífico squirt que me bañó entero.
Sin darle tiempo a recuperarse, me
coloqué un condón y, agarrándola de las doloridas nalgas, la empalé hasta que
mis huevos hicieron de tope.
—¡Joder! —Su exclamación quedó
amortiguada contra la almohada.
La follé lento pero duro, devorando
sus deliciosos jadeos de placer y dolor, adorándola como un lobo adora a la
luna. Conseguí que se corriera dos veces más antes de abandonarme a mi propio
orgasmo, y entonces sentí que me fundía definitivamente con la naturaleza.
Vaya, vaya con ese viaje a la montaña. Sabes, es un relato como muy real; ahora lo de las ortigas ya te digo yo que no sería asi de fácil, es una planta que pica, pero mucho; ahora que, por lo que se ve, estos dos son ambos muy de dolor compartido.
ResponderEliminarEsas muestras de amor; ya era hora de que ambos se decidieran a compartir algo más que sexo, y esa luna llena hizo magia en su declaración.
Creo que de ahora en adelante veremos no solo una relación consensuada, sino algo más profundo, donde se verá qué pasa.
En tu mente está la respuesta, ajjaj.
Un besote, y muy feliz semana.