Capítulo 17. Body count y relaciones

 

 Título: Angy, letras con forma de alas en los laterales. Color negro con sombras rosas y verdes.
—¡Qué contenta se te ve hoy, Angelita! —Exclamó el cretino de mi jefe tras darle los buenos días—. Y apuesto lo que querás a que adivino el por qué.
La sonrisa se me quedó congelada en los labios y caí en su juego.
—¿Por qué?
—Porque llevás toda la semana comiendo con tus compañeros.
—Ah, sí, claro...
Por eso sería, y no porque llevaba toda la semana quedando con Eric.
Mariano hizo su gesto típico con la mano mientras ponía los ojos en blanco y suspiraba: «¡Mujeres!» y se marchó a su despacho.
Mis compañeros me saludaron con cordialidad y comenzamos la jornada del viernes; por mucho que me fastidiase darle la razón a Mariano, sí parecía que el ambiente laboral había mejorado.
Cuando llegó la pausa de la comida, David me esperó tal y como llevaba haciendo toda la semana, mientras que Leo y Fernando se adelantaron.
—¿Qué tal van tus estadísticas?
David había empezado a trabajar en la empresa el año pasado y en seguida había hecho buenas migas con los otros dos compañeros. Tenía 31 años, era alto y de complexión redondeada. Sus ojos castaños estaban enmarcados por gafas de miope, por lo que los cristales los hacían parecer más pequeños, y siempre llevaba el pelo moreno engominado y la barba perfectamente recortada.
—Subiendo —respondí con satisfacción.
—Las mías bajando —resopló.
Justo en ese momento percibí una mata de pelo naranja tras el carro de la limpieza.
—¡Que tengas un buen día, Carmen!
—¡Gracias, cariño! ¡Igualmente!
David nos miró con extrañeza y yo me encogí de hombros. ¿Tanto costaba ser amable con otra compañera de la empresa, aunque fuera de otro sector?
Entonces me preguntó, como quien no quiere la cosa:
—¿Tienes planes para este finde, Angy?
—Sí, me voy de acampada con... un amigo.
Me mordí el labio inferior, aguantándome las ganas de decir: «mi pareja».
—Oh, un... amigo. Suena divertido.
—¿Y tú? —Le devolví la pregunta por mera convencionalidad.
—No. Quería invitarte a tomar algo, pero lo podemos cuadrar para otro fin de semana.
Sonreí con cierta incomodidad y retomamos el hilo de la conversación sobre el trabajo hasta llegar a la cafetería que ellos solían frecuentar. Su menú no contaba con mi bocadillo favorito, desafortunadamente, así que me esta vez conformé con el de pechuga de pollo, pimiento verde y queso.
—¡Buenas pechugas, sí, señora! —Se carcajeó Leo, mirando alternativamente mi escote y mi bocadillo.
David lo fulminó con la mirada.
Leo, de nombre completo Leónidas como el rey de Esparta —lo cual le encantaba recordar—, era un par de años más mayor que él, si bien aparentaba un rango de edad difuso entre los 25 y los 40 dependiendo del día y mentalmente se había quedado en la adolescencia.
—Esa es una de las ventajas de haber dejado preñada a mi mujer —comentó Fernando sin soltar el móvil—. Qué tetazas, Dios.
Fernando ya rozaba la cuarentena. Su pelo castaño estaba salpicado de canas y ya le empezaba a costar disimular las entradas con su peinado. A pesar de que se le podría considerar un hombre atractivo, su mirada era tan oscura y vacía como la de un tiburón, y su tono de voz era terriblemente monótono.
—¿También te da de mamar? —le picó Leo.
—Ojalá.
Ambos se rieron como hienas.
Cada vez tenía más claro que la forma con la que erotizaban el embarazo no tenía nada que ver con un deseo de paternidad sino con un deseo de dominación heteropatriarcal. Pero, obviamente, me mordí la lengua.
—¿Qué estás viendo, Fer? —David intentó cambiar de tema.
—Una entrevista callejera sobre el body count.
Nos mostró el vídeo que, tal y como esperaba, señalaba como putas a las mujeres con un número elevado de parejas sexuales, mientras que a los hombres los retrataba como conquistadores.
—Necesitamos una opinión femenina... ¿Tú qué opinas, Angy?
Probablemente, aquella era la primera vez que Leo pedía mi opinión.
—Si las personas mantienen una sexualidad sana, ¿qué más da su body count?
David chasqueó la lengua, escéptico, mientras que los otros hombres negaron con la cabeza, claramente en desacuerdo.
—Yo jamás me habría casado con una mujer que no fuera “kilómetro cero”.
—¿Tu mujer es un coche? —Arqueé una ceja.
Fernando pareció plantearse la pregunta seriamente.
—Cuando la conocí, mi mujer era como un Ford Shelby clásico. Ahora, es como un Ford S-Max.
—La verdad es que no entiendo la analogía.
—Ya me lo imaginaba —replicó sin molestarse en explicarla—. Tú eres como un Ford Mustang, por cierto.
Visualicé el modelo que aparecía en la película The Conjuring y memoricé los modelos para preguntarle a Eric sobre sus diferencias esta tarde. «Por muy Dom que sea Eric, él nunca me reduciría a un objeto».
—A mí me gusta la comparativa de las llaves y puertas —intervino entonces Leo—. Si una puerta se abre con cualquier llave es una puerta inútil, pero si una llave abre cualquier puerta es la hostia. Además, las cerraduras se desgastan con el uso.
—¿Y las llaves no? —Puse los ojos en blanco.
David carraspeó e intentó mejorarlo:
—Tener muchos encuentros sexuales, ya seas hombre o mujer, reduce tu valor. ¡Es pura ley de la oferta y la demanda! Cuanto más inaccesible, mayor es el precio. Yo, por ejemplo, tengo un body count de siete chicas y siempre han sido parejas serias.
—¡Eso es muy triste, tío! —Exclamó Leo—. Un alfa no se aguanta las ganas ni se reduce a hacerse una paja, busca un coño y se lo folla.
—¡Así te va!
—Yo tengo un body count de cinco, sin contar a mi mujer y a las... chicas cariñosas. ¡No me mires así, David! No tendría que recurrir a ellas si mi mujer cubriera mis necesidades.
—Un alfa nunca pide permiso, ni perdón.
—¿Y tú, Leo?
—Cero parejas, pero cientos de cuerpos de todas las razas y edades... legales, por supuesto. —Su sonrisa invitaba a la duda—. Pero la pregunta más importante es... ¿Cuál es tu body count, Angy?
Me ruboricé ante la atenta mirada de los tres hombres.
—Yo... Prefiero no contestar.
—¡No es justo, tú conoces nuestras cifras!
—¿Es alto o bajo?
—O puedes decirnos un rango —incluso David me intentó presionar.
Me callé y me limité a sonreír, manteniendo una actitud imperturbable. Si ellos supieran...
—¡Bueno! Pues si no vas a soltar prenda, me voy a jugar a las tragaperras.
A Leo le encantaba apostar más allá de sus probabilidades de ganar.
Fernando volvió a sumergirse en los vídeos de su móvil, y David y yo no centramos en acabar los bocadillos, compartiendo un incómodo silencio.
 
***
 
En cuanto llegué a mi apartamento, media hora más tarde de lo esperado por culpa de un informe que me pidió en el último momento el cretino de mi jefe, avisé a Eric para que acudiera con el coche cuando despertase de su siesta; la idea era que me ayudase a preparar la mochila, pasar la noche juntos y, temprano por la mañana, viajar a las montañas.
Preparé un baño relajante y acabé pensando en el maldito body count y en los tipos de relaciones. ¿Por qué cuando parecía que la sociedad estaba ampliando sus horizontes y aceptando la diversidad y la libertad sexual, las personas preferíamos caer en las ideas tradicionales de siempre? El binarismo, el matrimonio, la monogamia, la familia ideal, los estereotipos, la normatividad... ¡Había muchas formas de vivir, más allá de las que nos imponían por los siglos de los siglos!
El timbre me sobresaltó y salpiqué el suelo; estaba tan ensimismada que el agua se había enfriado y mis dedos se habían arrugado como pasas. Salí de la bañera intentando no matarme en el proceso y, vestida con el albornoz de baño, corrí a atender el telefonillo.
En lo que tardó el ascensor en bajar y volver a subir, regresé al baño, quité el tapón y limpié el estropicio apresuradamente.
—¡Hola, hola! ¿Angy? —Escuché cómo Eric cerraba la puerta y se quitaba la chaqueta y la mochila—. Oh, una gótica mojada.
Nos encontramos a mitad del pasillo. Le respondí con un beso y él me aupó para que le rodease la cintura con las piernas. Nos condujo hasta el dormitorio y, sin miramientos, me lanzó sobre el colchón, arrancándome un gritito y haciéndome estallar en carcajadas. Tras quitarse los zapatos se tumbó a mi lado.
—¿Mentalizándote para la acampada?
—La estoy deseando con toda mi alma.
Nos volvimos a besar, enredando nuestros cuerpos. Sus hábiles manos se colaron bajo mi albornoz y me acarició los pechos, provocándome escalofríos de placer.
—Espera, Eric... Estoy mojando las almohadas con el pelo.
Odiaba cuando eso ocurría.
Eric se apartó ligeramente, mirándome con sus brillantes ojos verdes.
—¿Te apetece que te seque el pelo?
—Sí, por favor.
Me encantaban esos momentos de intimidad compartida, cada vez más cotidianos.
Mientras me secaba el pelo, mi mente volvió a inundarse con los pensamientos de antes y, cuando enmudeció el secador, la pregunta me quemó los labios:
—¿Has oído hablar del body count, Eric?
Como me encontraba entre sus piernas, me giré para observar su reacción. Eric se encogió de hombros.
—Sí, pero no es algo que me preocupe. ¿Y a ti?
Le conté la conversación que había llevado durante la comida con mis compañeros.
—¡Uf, no sé cómo los aguantas! Son imbéciles. Y respecto a los coches... —Alcanzó el móvil para enseñarme una comparativa de los distintos modelos—. El Ford Mustang clásico se considera un Pony Car, elegante y potente, como el caballo que le da nombre. Más adelante se desarrolló el modelo Muscle Car, más grande y “musculoso”, que es el que más se ve hoy en día en la calle. El Shelby, de hecho, también es un Mustang pero se considera de alto rendimiento porque tiene prestaciones más deportivas. El Ford S-Max es un monovolumen familiar.
—Entiendo. —Chasqueé la lengua—. ¿Tú quieres saberlo?
—¿El qué?
—Mi body count.
—¡Me da igual, Angy! —Me abrazó contra su pecho—. Si la quieres compartir conmigo, genial. Que no, pues no me voy a rayar. Eso sí, no me preguntes la mía, porque no la conozco.
—Ya... —Si Eric no había huido de mí después de aquellas semanas conociéndonos, no esperaba que lo hiciera ante lo que me disponía a confesarle—. Lo cierto es que tengo una hoja de Excel con mi estadística. Apunto las personas, las fechas con los encuentros, los lugares, las prácticas sexuales, mi valoración personal...
—¡No me esperaba menos de una estadista! Ahora sí que has captado mi atención.
Compartimos nuevamente risas y alcancé mi tablet para enseñársela.
—¡Jo-der! Con gráficas de colores y todo.
Me dispuse a explicárselas como si se tratase del último informe del Instituto Nacional de Estadística.
—Ya te conté que empecé a tener relaciones sexuales en la universidad. Los primeros años era más tímida...
—Oh, aquí está el furro, ¿verdad?
—¡Sí, ese es! Después de él se sumaron unos cuantos chicos con los que tuve la oportunidad de tener más experiencias de BDSM... Este es con el que probé la cruz de San Andrés. —Señalé un nombre que se repetía hasta en tres ocasiones—. Cuando empecé a trabajar la cifra aumentó exponencialmente, básicamente porque al tener más dinero, salía más. Empecé a acumular encuentros esporádicos, pero también relaciones que fueron fallando... Y cuando me mudé a la capital no mejoró demasiado mi suerte. Después de Will acabé muy desencantada. ¡No me apetecían ni los rollos de una noche!
—Hasta que nos conocimos.
Mi pulso se aceleró.
—Sí, y tú insististe en que esto no tenía por qué quedarse en un rollo de una noche...
—Así es. —Me estrechó una vez más entre sus brazos—. A propósito de ello... Angy, tengo que contarte algo.
Puso el mismo tono serio que cuando hablamos por primera vez en la discoteca, así que dejé la tablet a un lado para dedicarle toda mi atención.
—El próximo martes tengo programada una vasectomía.
Aquella confesión me descuadró completamente.
—¿Qué?
Noté que sus brazos se tensaban y nos recolocamos en la cama de manera que pudiéramos vernos cara a cara.
—Nunca he querido ser padre y me decidí definitivamente tras el nacimiento de mis sobrinos. No me entiendas mal. ¡Los adoro! Pero no me imagino teniendo hijos. A eso se le suma que soy muy consciente de las responsabilidades que conllevan, como cuidarlos 24/7, asegurarles una buena infancia, educarlos de la mejor forma posible y acompañarlos mientras crecen y encuentran su lugar en el mundo. En definitiva, ¡priorizarlos frente a todo lo demás! La paternidad me parece tan complicada y tan dura, incluso suponiendo que todo vaya bien, que no haya enfermedades, dificultades económicas u otros problemas. —Se notaba que había reflexionado mucho sobre el tema y sus palabras calaron en mí poco a poco—. Con esto tampoco quiero decir que no me vea capaz de cuidar a otra persona en mi día a día... Sabes que para mí mis padres son el mejor ejemplo de amor y resiliencia, pero el sentimiento que hay entre ellos es distinto. Yo... sencilla y visceralmente, no quiero tener hijos. Tampoco puedo aguantar la idea de tener un accidente y que la otra persona me reclame la paternidad. ¡Por eso decidí hacerme la vasectomía! Y te lo cuento porque soy consciente de que esta decisión puede repercutir en el futuro de nuestra relación.
Enmudeció, esperando atentamente mi respuesta. Me esforcé en contener la oleada de emociones que me había invadido —sorpresa, alivio, alegría, expectación, ilusión, nerviosismo—, y ordené mis pensamientos de la mejor manera posible antes de declarar:
—Yo tampoco quiero ser madre.
—¿En serio? —Eric soltó el aire de golpe y una sonrisa se extendió por su rostro.
—¡En serio! —Le aseguré, aferrando sus manos—. De pequeña sí que jugaba con mis muñecas y me lo imaginaba, pero cambié de opinión cuando estaba en el instituto, tras sufrir bulling. Es algo que traté con mi psicóloga en su momento... Y es una decisión que aún mantengo. De hecho, pensar en quedarme embarazada me horroriza, y cuando pienso en un parto o una cesárea me viene a la cabeza Alien. Tampoco comparto las ideas del legado familiar y la sangre, y odio la típica pregunta de: «¿y cuando seas vieja quién te cuidará?» Creo que la única razón legítima para tener hijos es querer tenerlos y estar dispuesta a, como has dicho, priorizarlos frente a todo lo demás.
—¡Me alegro tanto de que pensemos igual! —Suspiró—. ¿Cuáles eran las probabilidades?
Me divertía de lo lindo cuando Eric me preguntaba sobre números.
—La última estadística que leí decía que 2 de cada 3 personas de entre los 25 y 39 años quiere tener hijos, pero menos de 1 de cada 10 toma la decisión definitiva de no tenerlos. Eso implica que el 20% restante se encuentra en el espacio de la duda. Por curiosidad... ¿Cuándo empezaste el proceso de la vasectomía?
—Hace medio año. Intenté entrar en las listas de la Seguridad Social. Me llegó la primera cita con el urólogo en marzo, y tras los primeros cinco segundos de la entrevista me la negó porque era demasiado joven, no tenía pareja estable ni hijos.
Volví a sorprenderme.
—¿Era un objetor de conciencia?
—Era un gilipollas. Me comparó la vasectomía con pedirle que me amputase un brazo y me soltó la típica charla paternalista de: «aún no sabes lo que quieres, cambiarás de opinión y te arrepentirás» y «este mundo necesita bebés». —Eric puso los ojos en blanco—. También me dijo que no aceptaría mi caso ni por la pública ni por la privada, que no era cuestión de dinero, sino de moral. Me quedé en shock. Salí de la consulta y llamé a Gina. Ella me dijo que era cierto que el médico se podía negar a realizar cualquier intervención por su propia conciencia, pero que tenía la obligación de informarme sobre otra vía posible ya que este era mi derecho reproductivo. Así que regresé quince minutos después, puse el manos libres y le presenté a mi abogada.
—¡Tu hermana es genial!
—No se lo digas, porque se le sube a los rizos.
—¿Y qué pasó? —le insté a que continuase, intrigada.
—Obviamente él se puso a la defensiva, pero estaba muy seguro de que era intocable. Gina consiguió sacarle el nombre, la clínica privada en la que operaba (para evitarla, básicamente) y el nombre de otro urólogo que sí realizase la operación. En la otra clínica conseguí la cita a principios de abril y el trato que me dio el Doctor Richard fue totalmente diferente: me hizo la entrevista completa, incidiendo en mi historial médico, y una exploración física. Me comentó el procedimiento, con sus ventajas y riesgos, y la posibilidad de hacer en el futuro una operación reversible con las probabilidades de éxito. Me preguntó si estaba decidido. Como le dije que sí, me mandó unas analíticas... Y tuve la segunda cita médica ayer. Todo perfecto. Así que firmé la hoja del consentimiento y me programó la intervención para el martes.
—¡Qué rapidez! ¿Y es muy caro todo el proceso?
Cuando Eric me dijo el precio no me pareció tan caro, aunque claro, todo dependía de la perspectiva y la situación económica de cada persona.
—Confieso que antes no era plenamente consciente del coste real de las consultas, los análisis, la anestesia y las operaciones, y me alegro de pagar mis impuestos y que exista una seguridad social.
—Ya, la clave está en que los propios profesionales te permitan acceder a ella.
Con aquel punto aclarado, se hizo de nuevo el silencio. Se sentía ligero como una pluma, como un espacio seguro. El primero en romperlo fue Eric.
—Entonces... ¿Te gustaría que mantuviéramos una relación estable?
Casi salté de la cama de pura emoción.
—¡Claro que sí, Eric! Quiero seguir quedando contigo, conociéndonos cada vez más y compartiendo nuestras vidas. Yo... estoy enamorada de ti.
No dudé en volver a refugiarme entre sus brazos y besarle para demostrárselo. Él me devolvió el beso con la misma efusividad y luego me aseguró:
—Yo también estoy enamorado de ti, Angy. Eres una persona maravillosa, inteligente, sexy, divertida... Y sigo deseando cumplir todas tus fantasías.
¿Cuánto me había perdido hasta ahora sólo por la falta de comunicación? Me alegraba que Eric insistiera en mantener estas conversaciones tan largas, aunque a veces resultasen redundantes, y que nos asegurásemos de estar en el mismo punto, lo cual me llevó a preguntarle:
—¿Prefieres una relación cerrada o abierta?
—Hum, cuando me enamoro profundamente de alguien no me suele apetecer tener sexo con otras personas, la verdad. Tampoco me he enamorado nunca de más de una persona al mismo tiempo. No me importa si tú lo haces, siempre y cuando establezcamos ciertos límites, y lo que sí me gustaría es interactuar juntos con otras personas ocasionalmente.
—Creo que también prefiero centrarme en mantener una sola relación romántica. Y sí, tenemos pendiente organizar un trío.
—Este fin de semana seremos tú, yo y la naturaleza.
Volvimos a reírnos.
—¿Te gusta que me refiera a ti como «mi novia» y «mi pareja»?
—¡Sí, ambas! ¿Y a ti?
—Bien. Aunque «mi Amo» y «mi esclavo» también los acepto.
Recorrí su cuello con mis labios.
— Mi Súcubo Kinky...
—Mi Goth Girl.
Nos besamos de nuevo. Ambos debíamos de sentir las mismas ganas de celebrar aquella decisión de la mejor manera posible, pues empezamos a desnudarnos el uno al otro.
—Una última cuestión, Angy. ¿Por qué no aparezco en tu estadística?
—Porque tú eres una anomalía.
—Me lo tomaré como un cumplido.
 
 
 
 

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