
—¡Qué contenta se te ve hoy,
Angelita! —Exclamó el cretino de mi jefe tras darle los buenos días—. Y apuesto
lo que querás a que adivino el por qué.
La sonrisa se me quedó congelada en
los labios y caí en su juego.
—¿Por qué?
—Porque llevás toda la semana
comiendo con tus compañeros.
—Ah, sí, claro...
Por eso sería, y no porque llevaba
toda la semana quedando con Eric.
Mariano hizo su gesto típico con la
mano mientras ponía los ojos en blanco y suspiraba: «¡Mujeres!» y se marchó a
su despacho.
Mis compañeros me saludaron con
cordialidad y comenzamos la jornada del viernes; por mucho que me fastidiase
darle la razón a Mariano, sí parecía que el ambiente laboral había mejorado.
Cuando llegó la pausa de la comida, David
me esperó tal y como llevaba haciendo toda la semana, mientras que Leo y
Fernando se adelantaron.
—¿Qué tal van tus estadísticas?
David había empezado a trabajar en
la empresa el año pasado y en seguida había hecho buenas migas con los otros dos
compañeros. Tenía 31 años, era alto y de complexión redondeada. Sus ojos
castaños estaban enmarcados por gafas de miope, por lo que los cristales los
hacían parecer más pequeños, y siempre llevaba el pelo moreno engominado y la
barba perfectamente recortada.
—Subiendo —respondí con
satisfacción.
—Las mías bajando —resopló.
Justo en ese momento percibí una
mata de pelo naranja tras el carro de la limpieza.
—¡Que tengas un buen día, Carmen!
—¡Gracias, cariño! ¡Igualmente!
David nos miró con extrañeza y yo me
encogí de hombros. ¿Tanto costaba ser amable con otra compañera de la empresa,
aunque fuera de otro sector?
Entonces me preguntó, como quien no
quiere la cosa:
—¿Tienes planes para este finde,
Angy?
—Sí, me voy de acampada con... un
amigo.
Me mordí el labio inferior,
aguantándome las ganas de decir: «mi pareja».
—Oh, un... amigo. Suena
divertido.
—¿Y tú? —Le devolví la pregunta por
mera convencionalidad.
—No. Quería invitarte a tomar algo,
pero lo podemos cuadrar para otro fin de semana.
Sonreí con cierta incomodidad y retomamos
el hilo de la conversación sobre el trabajo hasta llegar a la cafetería que
ellos solían frecuentar. Su menú no contaba con mi bocadillo favorito, desafortunadamente,
así que me esta vez conformé con el de pechuga de pollo, pimiento verde y
queso.
—¡Buenas pechugas, sí, señora! —Se
carcajeó Leo, mirando alternativamente mi escote y mi bocadillo.
David lo fulminó con la mirada.
Leo, de nombre completo Leónidas como
el rey de Esparta —lo cual le encantaba recordar—, era un par de años más mayor
que él, si bien aparentaba un rango de edad difuso entre los 25 y los 40 dependiendo
del día y mentalmente se había quedado en la adolescencia.
—Esa es una de las ventajas de haber
dejado preñada a mi mujer —comentó Fernando sin soltar el móvil—. Qué tetazas,
Dios.
Fernando ya rozaba la cuarentena. Su
pelo castaño estaba salpicado de canas y ya le empezaba a costar disimular las
entradas con su peinado. A pesar de que se le podría considerar un hombre
atractivo, su mirada era tan oscura y vacía como la de un tiburón, y su tono de
voz era terriblemente monótono.
—¿También te da de mamar? —le picó
Leo.
—Ojalá.
Ambos se rieron como hienas.
Cada vez tenía más claro que la
forma con la que erotizaban el embarazo no tenía nada que ver con un deseo de
paternidad sino con un deseo de dominación heteropatriarcal. Pero, obviamente,
me mordí la lengua.
—¿Qué estás viendo, Fer? —David intentó
cambiar de tema.
—Una entrevista callejera sobre el body
count.
Nos mostró el vídeo que, tal y como
esperaba, señalaba como putas a las mujeres con un número elevado de parejas
sexuales, mientras que a los hombres los retrataba como conquistadores.
—Necesitamos una opinión femenina...
¿Tú qué opinas, Angy?
Probablemente, aquella era la
primera vez que Leo pedía mi opinión.
—Si las personas mantienen una
sexualidad sana, ¿qué más da su body count?
David chasqueó la lengua, escéptico,
mientras que los otros hombres negaron con la cabeza, claramente en desacuerdo.
—Yo jamás me habría casado con una
mujer que no fuera “kilómetro cero”.
—¿Tu mujer es un coche? —Arqueé una
ceja.
Fernando pareció plantearse la
pregunta seriamente.
—Cuando la conocí, mi mujer era como
un Ford Shelby clásico. Ahora, es como un Ford S-Max.
—La verdad es que no entiendo la
analogía.
—Ya me lo imaginaba —replicó sin
molestarse en explicarla—. Tú eres como un Ford Mustang, por cierto.
Visualicé el modelo que aparecía en
la película The Conjuring y memoricé los modelos para preguntarle a Eric
sobre sus diferencias esta tarde. «Por muy Dom que sea Eric, él nunca me
reduciría a un objeto».
—A mí me gusta la comparativa de las
llaves y puertas —intervino entonces Leo—. Si una puerta se abre con cualquier
llave es una puerta inútil, pero si una llave abre cualquier puerta es la
hostia. Además, las cerraduras se desgastan con el uso.
—¿Y las llaves no? —Puse los ojos en
blanco.
David carraspeó e intentó mejorarlo:
—Tener muchos encuentros sexuales,
ya seas hombre o mujer, reduce tu valor. ¡Es pura ley de la oferta y la demanda!
Cuanto más inaccesible, mayor es el precio. Yo, por ejemplo, tengo un body
count de siete chicas y siempre han sido parejas serias.
—¡Eso es muy triste, tío! —Exclamó
Leo—. Un alfa no se aguanta las ganas ni se reduce a hacerse una paja, busca un
coño y se lo folla.
—¡Así te va!
—Yo tengo un body count de cinco,
sin contar a mi mujer y a las... chicas cariñosas. ¡No me mires así, David! No tendría
que recurrir a ellas si mi mujer cubriera mis necesidades.
—Un alfa nunca pide permiso, ni
perdón.
—¿Y tú, Leo?
—Cero parejas, pero cientos de
cuerpos de todas las razas y edades... legales, por supuesto. —Su sonrisa
invitaba a la duda—. Pero la pregunta más importante es... ¿Cuál es tu body
count, Angy?
Me ruboricé ante la atenta mirada de
los tres hombres.
—Yo... Prefiero no contestar.
—¡No es justo, tú conoces nuestras
cifras!
—¿Es alto o bajo?
—O puedes decirnos un rango —incluso
David me intentó presionar.
Me callé y me limité a sonreír, manteniendo
una actitud imperturbable. Si ellos supieran...
—¡Bueno! Pues si no vas a soltar
prenda, me voy a jugar a las tragaperras.
A Leo le encantaba apostar más allá
de sus probabilidades de ganar.
Fernando volvió a sumergirse en los
vídeos de su móvil, y David y yo no centramos en acabar los bocadillos,
compartiendo un incómodo silencio.
***
En cuanto llegué a mi apartamento,
media hora más tarde de lo esperado por culpa de un informe que me pidió en el
último momento el cretino de mi jefe, avisé a Eric para que acudiera con el
coche cuando despertase de su siesta; la idea era que me ayudase a preparar la
mochila, pasar la noche juntos y, temprano por la mañana, viajar a las
montañas.
Preparé un baño relajante y acabé
pensando en el maldito body count y en los tipos de relaciones. ¿Por qué
cuando parecía que la sociedad estaba ampliando sus horizontes y aceptando la
diversidad y la libertad sexual, las personas preferíamos caer en las ideas
tradicionales de siempre? El binarismo, el matrimonio, la monogamia, la familia
ideal, los estereotipos, la normatividad... ¡Había muchas formas de vivir, más
allá de las que nos imponían por los siglos de los siglos!
El timbre me sobresaltó y salpiqué
el suelo; estaba tan ensimismada que el agua se había enfriado y mis dedos se
habían arrugado como pasas. Salí de la bañera intentando no matarme en el
proceso y, vestida con el albornoz de baño, corrí a atender el telefonillo.
En lo que tardó el ascensor en bajar
y volver a subir, regresé al baño, quité el tapón y limpié el estropicio apresuradamente.
—¡Hola, hola! ¿Angy? —Escuché cómo Eric
cerraba la puerta y se quitaba la chaqueta y la mochila—. Oh, una gótica mojada.
Nos encontramos a mitad del pasillo.
Le respondí con un beso y él me aupó para que le rodease la cintura con las
piernas. Nos condujo hasta el dormitorio y, sin miramientos, me lanzó sobre el
colchón, arrancándome un gritito y haciéndome estallar en carcajadas. Tras
quitarse los zapatos se tumbó a mi lado.
—¿Mentalizándote para la acampada?
—La estoy deseando con toda mi alma.
Nos volvimos a besar, enredando
nuestros cuerpos. Sus hábiles manos se colaron bajo mi albornoz y me acarició
los pechos, provocándome escalofríos de placer.
—Espera, Eric... Estoy mojando las
almohadas con el pelo.
Odiaba cuando eso ocurría.
Eric se apartó ligeramente,
mirándome con sus brillantes ojos verdes.
—¿Te apetece que te seque el pelo?
—Sí, por favor.
Me encantaban esos momentos de intimidad
compartida, cada vez más cotidianos.
Mientras me secaba el pelo, mi mente
volvió a inundarse con los pensamientos de antes y, cuando enmudeció el
secador, la pregunta me quemó los labios:
—¿Has oído hablar del body count,
Eric?
Como me encontraba entre sus
piernas, me giré para observar su reacción. Eric se encogió de hombros.
—Sí, pero no es algo que me preocupe.
¿Y a ti?
Le conté la conversación que había
llevado durante la comida con mis compañeros.
—¡Uf, no sé cómo los aguantas! Son
imbéciles. Y respecto a los coches... —Alcanzó el móvil para enseñarme una
comparativa de los distintos modelos—. El Ford Mustang clásico se considera un Pony
Car, elegante y potente, como el caballo que le da nombre. Más adelante se
desarrolló el modelo Muscle Car, más grande y “musculoso”, que es el que
más se ve hoy en día en la calle. El Shelby, de hecho, también es un Mustang
pero se considera de alto rendimiento porque tiene prestaciones más deportivas.
El Ford S-Max es un monovolumen familiar.
—Entiendo. —Chasqueé la lengua—. ¿Tú
quieres saberlo?
—¿El qué?
—Mi body count.
—¡Me da igual, Angy! —Me abrazó
contra su pecho—. Si la quieres compartir conmigo, genial. Que no, pues no me
voy a rayar. Eso sí, no me preguntes la mía, porque no la conozco.
—Ya... —Si Eric no había huido de mí
después de aquellas semanas conociéndonos, no esperaba que lo hiciera ante lo
que me disponía a confesarle—. Lo cierto es que tengo una hoja de Excel con mi
estadística. Apunto las personas, las fechas con los encuentros, los lugares,
las prácticas sexuales, mi valoración personal...
—¡No me esperaba menos de una
estadista! Ahora sí que has captado mi atención.
Compartimos nuevamente risas y
alcancé mi tablet para enseñársela.
—¡Jo-der! Con gráficas de colores y
todo.
Me dispuse a explicárselas como si
se tratase del último informe del Instituto Nacional de Estadística.
—Ya te conté que empecé a tener
relaciones sexuales en la universidad. Los primeros años era más tímida...
—Oh, aquí está el furro,
¿verdad?
—¡Sí, ese es! Después de él se
sumaron unos cuantos chicos con los que tuve la oportunidad de tener más
experiencias de BDSM... Este es con el que probé la cruz de San Andrés. —Señalé
un nombre que se repetía hasta en tres ocasiones—. Cuando empecé a trabajar la
cifra aumentó exponencialmente, básicamente porque al tener más dinero, salía
más. Empecé a acumular encuentros esporádicos, pero también relaciones que fueron
fallando... Y cuando me mudé a la capital no mejoró demasiado mi suerte. Después
de Will acabé muy desencantada. ¡No me apetecían ni los rollos de una noche!
—Hasta que nos conocimos.
Mi pulso se aceleró.
—Sí, y tú insististe en que esto no
tenía por qué quedarse en un rollo de una noche...
—Así es. —Me estrechó una vez más
entre sus brazos—. A propósito de ello... Angy, tengo que contarte algo.
Puso el mismo tono serio que cuando
hablamos por primera vez en la discoteca, así que dejé la tablet a un
lado para dedicarle toda mi atención.
—El próximo martes tengo programada
una vasectomía.
Aquella confesión me descuadró
completamente.
—¿Qué?
Noté que sus brazos se tensaban y
nos recolocamos en la cama de manera que pudiéramos vernos cara a cara.
—Nunca he querido ser padre y me
decidí definitivamente tras el nacimiento de mis sobrinos. No me entiendas mal.
¡Los adoro! Pero no me imagino teniendo hijos. A eso se le suma que soy muy
consciente de las responsabilidades que conllevan, como cuidarlos 24/7, asegurarles
una buena infancia, educarlos de la mejor forma posible y acompañarlos mientras
crecen y encuentran su lugar en el mundo. En definitiva, ¡priorizarlos frente a
todo lo demás! La paternidad me parece tan complicada y tan dura, incluso
suponiendo que todo vaya bien, que no haya enfermedades, dificultades
económicas u otros problemas. —Se notaba que había reflexionado mucho sobre el
tema y sus palabras calaron en mí poco a poco—. Con esto tampoco quiero decir
que no me vea capaz de cuidar a otra persona en mi día a día... Sabes que para
mí mis padres son el mejor ejemplo de amor y resiliencia, pero el sentimiento
que hay entre ellos es distinto. Yo... sencilla y visceralmente, no quiero
tener hijos. Tampoco puedo aguantar la idea de tener un accidente y que la otra
persona me reclame la paternidad. ¡Por eso decidí hacerme la vasectomía! Y te
lo cuento porque soy consciente de que esta decisión puede repercutir en el
futuro de nuestra relación.
Enmudeció, esperando atentamente mi
respuesta. Me esforcé en contener la oleada de emociones que me había invadido
—sorpresa, alivio, alegría, expectación, ilusión, nerviosismo—, y ordené mis
pensamientos de la mejor manera posible antes de declarar:
—Yo tampoco quiero ser madre.
—¿En serio? —Eric soltó el aire de
golpe y una sonrisa se extendió por su rostro.
—¡En serio! —Le aseguré, aferrando
sus manos—. De pequeña sí que jugaba con mis muñecas y me lo imaginaba, pero
cambié de opinión cuando estaba en el instituto, tras sufrir bulling. Es
algo que traté con mi psicóloga en su momento... Y es una decisión que aún
mantengo. De hecho, pensar en quedarme embarazada me horroriza, y cuando pienso
en un parto o una cesárea me viene a la cabeza Alien. Tampoco comparto
las ideas del legado familiar y la sangre, y odio la típica pregunta de: «¿y cuando
seas vieja quién te cuidará?» Creo que la única razón legítima para tener hijos
es querer tenerlos y estar dispuesta a, como has dicho, priorizarlos frente a
todo lo demás.
—¡Me alegro tanto de que pensemos
igual! —Suspiró—. ¿Cuáles eran las probabilidades?
Me divertía de lo lindo cuando Eric
me preguntaba sobre números.
—La última estadística que leí decía
que 2 de cada 3 personas de entre los 25 y 39 años quiere tener hijos, pero
menos de 1 de cada 10 toma la decisión definitiva de no tenerlos. Eso implica
que el 20% restante se encuentra en el espacio de la duda. Por curiosidad...
¿Cuándo empezaste el proceso de la vasectomía?
—Hace medio año. Intenté entrar en
las listas de la Seguridad Social. Me llegó la primera cita con el urólogo en
marzo, y tras los primeros cinco segundos de la entrevista me la negó porque
era demasiado joven, no tenía pareja estable ni hijos.
Volví a sorprenderme.
—¿Era un objetor de conciencia?
—Era un gilipollas. Me comparó la
vasectomía con pedirle que me amputase un brazo y me soltó la típica charla
paternalista de: «aún no sabes lo que quieres, cambiarás de opinión y te
arrepentirás» y «este mundo necesita bebés». —Eric puso los ojos en blanco—. También
me dijo que no aceptaría mi caso ni por la pública ni por la privada, que no
era cuestión de dinero, sino de moral. Me quedé en shock. Salí de la
consulta y llamé a Gina. Ella me dijo que era cierto que el médico se podía
negar a realizar cualquier intervención por su propia conciencia, pero que
tenía la obligación de informarme sobre otra vía posible ya que este era mi
derecho reproductivo. Así que regresé quince minutos después, puse el manos
libres y le presenté a mi abogada.
—¡Tu hermana es genial!
—No se lo digas, porque se le sube a
los rizos.
—¿Y qué pasó? —le insté a que
continuase, intrigada.
—Obviamente él se puso a la
defensiva, pero estaba muy seguro de que era intocable. Gina consiguió sacarle
el nombre, la clínica privada en la que operaba (para evitarla, básicamente) y
el nombre de otro urólogo que sí realizase la operación. En la otra clínica
conseguí la cita a principios de abril y el trato que me dio el Doctor Richard
fue totalmente diferente: me hizo la entrevista completa, incidiendo en mi
historial médico, y una exploración física. Me comentó el procedimiento, con
sus ventajas y riesgos, y la posibilidad de hacer en el futuro una operación
reversible con las probabilidades de éxito. Me preguntó si estaba decidido. Como
le dije que sí, me mandó unas analíticas... Y tuve la segunda cita médica ayer.
Todo perfecto. Así que firmé la hoja del consentimiento y me programó la
intervención para el martes.
—¡Qué rapidez! ¿Y es muy caro todo
el proceso?
Cuando Eric me dijo el precio no me
pareció tan caro, aunque claro, todo dependía de la perspectiva y la situación
económica de cada persona.
—Confieso que antes no era
plenamente consciente del coste real de las consultas, los análisis, la
anestesia y las operaciones, y me alegro de pagar mis impuestos y que exista
una seguridad social.
—Ya, la clave está en que los
propios profesionales te permitan acceder a ella.
Con aquel punto aclarado, se hizo de
nuevo el silencio. Se sentía ligero como una pluma, como un espacio seguro. El
primero en romperlo fue Eric.
—Entonces... ¿Te gustaría que
mantuviéramos una relación estable?
Casi salté de la cama de pura emoción.
—¡Claro que sí, Eric! Quiero seguir
quedando contigo, conociéndonos cada vez más y compartiendo nuestras vidas.
Yo... estoy enamorada de ti.
No dudé en volver a refugiarme entre
sus brazos y besarle para demostrárselo. Él me devolvió el beso con la misma
efusividad y luego me aseguró:
—Yo también estoy enamorado de ti,
Angy. Eres una persona maravillosa, inteligente, sexy, divertida... Y
sigo deseando cumplir todas tus fantasías.
¿Cuánto me había perdido hasta ahora
sólo por la falta de comunicación? Me alegraba que Eric insistiera en mantener
estas conversaciones tan largas, aunque a veces resultasen redundantes, y que
nos asegurásemos de estar en el mismo punto, lo cual me llevó a preguntarle:
—¿Prefieres una relación cerrada o
abierta?
—Hum, cuando me enamoro
profundamente de alguien no me suele apetecer tener sexo con otras personas, la
verdad. Tampoco me he enamorado nunca de más de una persona al mismo tiempo. No
me importa si tú lo haces, siempre y cuando establezcamos ciertos límites, y lo
que sí me gustaría es interactuar juntos con otras personas
ocasionalmente.
—Creo que también prefiero centrarme
en mantener una sola relación romántica. Y sí, tenemos pendiente organizar un
trío.
—Este fin de semana seremos tú, yo y
la naturaleza.
Volvimos a reírnos.
—¿Te gusta que me refiera a ti como
«mi novia» y «mi pareja»?
—¡Sí, ambas! ¿Y a ti?
—Bien. Aunque «mi Amo» y «mi esclavo»
también los acepto.
Recorrí su cuello con mis labios.
— Mi Súcubo Kinky...
—Mi Goth Girl.
Nos besamos de nuevo. Ambos debíamos
de sentir las mismas ganas de celebrar aquella decisión de la mejor manera posible,
pues empezamos a desnudarnos el uno al otro.
—Una última cuestión, Angy. ¿Por qué
no aparezco en tu estadística?
—Porque tú eres una anomalía.
—Me lo tomaré como un cumplido.
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