Entre
sesiones de femdom, mimos y
películas de miedo, Eric y yo dimos la bienvenida al mes de mayo.
El
lunes por la tarde nos costó tanto asimilar que debía marcharme a mi
apartamento, que estuvimos casi una hora besándonos sobre la moto. Sólo cuando
se hizo de noche Eric se obligó a arrancar de nuevo, y ninguno de los dos quiso
señalar que alrededor de su cuello seguía llevando mi collar. A los pocos
minutos me avisó de que había aparcado, sano y a salvo, lo cual me dejó con una
sensación muy cálida en el pecho.
El
martes fui a nadar y acudí al trabajo como en una nube; incluso le sonreí al
cretino de mi jefe. Me senté ante el ordenador y la jornada se me pasó volando
mientras intercambiaba mensajes con Eric en los descansos. Luego volví a casa,
me di amor a mí misma mientras fantaseaba con todo lo que habíamos hecho
durante el puente y me dormí pensando en lo que podríamos hacer la próxima vez
que quedásemos.
El
miércoles me desperté con un: «Buenos días, Goth Girl», una foto insinuante de Eric con uniforme y una propuesta: «¿Vamos a bailar a Skeleton Moon esta noche?»
«Allí
nos veremos...» respondí junto con una foto mía desayunando café y galletas de
canela, con el objetivo de que fuera mi escote lo que le despertase el apetito.
Mi
sonrisa en el trabajo era incluso más amplia que la del día anterior. Sin
embargo, se me quedó congelada en el rostro cuando a la hora de la comida fui
al baño y vi la sangre en el papel.
—¡Joder!
La
muy cabrona se me había adelantado dos días. Intenté hacer memoria... ¿Había
metido la copa menstrual en el neceser? Improvisé una compresa con papel para
salir del paso y, al recolocarme la falda frente al espejo, me di cuenta de que
una mancha rojiza rompía la monotonía gris justo debajo de mi culo.
—¡Joder!
Esperé
en el baño a que mis compañeros salieran de la oficina, ansiosa, y sólo cuando
todas las voces se apagaron regresé a mi puesto. Ahí se hicieron realidad dos
de mis peores temores: 1) se me había olvidado el neceser en casa y 2) había
una mancha enorme y oscura en la tapicería azul claro de la silla.
—¡Joder!
¡Joder! ¡Joder!
Me
entraron ganas de llorar sólo de pensar en los comentarios de mis compañeros...
o peor, de mi jefe.
Un
carraspeo me arrancó de mis pensamientos y me di la vuelta con las mejillas
encendidas.
—¡Lo
sie...!
—Cariño,
no te preocupes, a todas nos ha pasado alguna vez.
Era
la señora de la limpieza. Se trataba de una mujer de mediana edad, bajita y
delgada, con mucho nervio. La mayoría de las veces la veía al punto de la
mañana, pero en otras ocasiones me la encontraba al medio día o al final de la jornada.
Sin embargo, más allá de los saludos y despedidas de cortesía, nunca había
hablado con ella.
—En
una de las oficinas del edificio están sustituyendo las sillas por otras nuevas
—continuó la mujer—. ¡Y eso que sólo tienen un par de años! Ahora te subo una...
Esta se puede ir a la basura junto a las otras. ¡Nadie se enterará! —Sus ojos azules
le brillaban tras unas gruesas gafas de pasta de color rojo—. En cuanto a la
falda... La sangre es reciente. Te puedo prestar el quita-manchas y, si la
lavas con agua fría, la mancha se irá en seguida y la puedes secar con el
secador del baño. ¡Pero no mojes toda la prenda! O no se te secará hasta mañana.
Ah, por cierto, ¿necesitas una compresa o un tampón?
Cuando
asimilé sus palabras se me saltaron un par de lágrimas por la emoción.
—Sí,
si no es mucha molestia, ¿me puedes prestar un tampón, por favor?
—¡Claro
que no es molestia! Aquí tienes dos, cariño. —Los extrajo de su riñonera—. ¡Pero
no hace falta que me los devuelvas!
Nos
echamos a reír.
—Toma,
el quita-manchas. ¡Ale! En seguida te traigo la otra silla...
Mientras
ella se dirigía al ascensor con la silla manchada, yo me apresuré de nuevo al
baño. Me coloqué el tampón con ayuda del aplicador y me quité la falda,
quedándome en ropa interior y medias mientras la limpiaba; mis emociones
oscilaban entre la vergüenza, los nervios y el alivio.
Media
hora después estaba vestida de nuevo y en mi puesto había una silla
prácticamente idéntica a la anterior, como si nada hubiera pasado. La mujer tarareaba
una cancioncilla al mismo tiempo que pasaba un paño por los escritorios. Me
fijé en que llevaba el pelo corto teñido de un brillante color naranja.
—Muchas
gracias —le devolví la botella—. De verdad, me has salvado la vida.
—Si
no nos ayudamos entre nosotras, ¿quién lo va a hacer? —Replicó sin mirarme—. Ya
se lo digo a mis hijas: «Niñas, hay que ser fuertes e independientes. Pero si
en algún momento necesitáis ayuda, no dudéis en pedirla. Y si en algún momento
podéis prestarla, no dudéis en ayudar».
—En
esta empresa siento que nunca puedo bajar la guardia —le confesé—. Si les
pidiera ayuda a mis compañeros en algo así, sería como darles la razón de que
por ser mujer soy más débil que ellos.
—Te
entiendo. Lo único, espero que tú no te lo creas.
—¿El
qué?
Levantó
la vista para mirarme.
—Que
eres más débil que ellos.
Negué
con la cabeza mientras le devolvía la sonrisa.
—Nunca.
Por cierto, me llamo Angy.
—Carmen.
Encantada... —Me sonrió como una madre a una hija—. ¿No deberías ir a comer,
Angy?
Miré
el reloj y exclamé por enésima vez:
—¡Joder!
¡Sí! Muchas gracias de nuevo, Carmen... ¡Hasta mañana!
—¡Que
tengas un buen día!
—¡Igualmente!
Cogí
rápidamente mis cosas y corrí hacia la salida.
Al
final sólo me dio tiempo a comerme un sándwich vegetal de atún y un zumo de
naranja en la cafetería de siempre, pero al menos regresé a la oficina a tiempo.
Sin
pretenderlo, escuché la conversación que llevaban tres compañeros en el pasillo:
—...Y
el sábado por la noche fui al club con un par de amigos. ¡Tenéis que ir! Hay
una chica nueva que acaba de cumplir los dieciocho... Todo el dinero que
ganamos en el casino nos lo gastamos en ella. ¡La dejamos reventada!
Noté
cómo se me revolvía el estómago con sus risas de hiena.
—¡No
sé, tío! Yo prefiero que tengan un poco de experiencia, la verdad.
—Buah,
pues yo sí que iría a probarla, pero mi mujer está muy susceptible desde que
tuvo al bebé y no quiere que salga.
—¡Qué
faena, tío!
—Bueno,
con un poco de suerte le habrán puesto algún puntito de más... Ya me
entendéis...
Más
risas.
Me
desvié a mi puesto y ellos siguieron andando hasta los suyos.
¡Luego
me preguntaban que por qué comía sola o por qué no iba a las cenas de empresa!
Aquellas conversaciones despertaban un profundo asco en mi interior y me hacían
sentir muy, muy violenta. Sin embargo, como estábamos en un ambiente de trabajo
me mordía la lengua.
Me
sumergí de nuevo en mis tareas. Mi malestar se transformó en un dolor lacerante
en el vientre y las lumbares. Apreté los dientes y me encogí en la silla,
intentando contenerlo y relegarlo a un segundo plano mientras me centraba en
los números y las gráficas.
La
dismenorrea era el peor de los dolores que había experimentado en mi vida. Era
tan intenso, tan visceral, que me daban ganas de arrancarme el útero de cuajo.
Lo único que me permitía mantenerlo bajo control eran los calmantes e
infusiones dobles de tila, pero por culpa de mi despiste en ese momento no
tenía ninguna de las dos cosas.
El
dolor creció hasta irradiar todo mi cuerpo. La espalda se me cubrió de un sudor
frío que poco a poco fue empapando mi camisa, las piernas comenzaron a
temblarme y mis ojos se velaron con chiribitas.
—Venía
por uno de los informes de... ¿Te encontrás bien, Angelita?
Al
cretino de mi jefe le encantaba pedirme informes en los últimos minutos de la
jornada y dirigirse a mí con un diminutivo, pero, por primera vez, el tono de
su voz sonó genuinamente preocupado.
Me
costó horrores enderezarme, sonreír como si no pasase nada y enfocar mi vista
en su cara.
—Estoy
bien, Mariano.
—No
sé, Angelita... ¡Parece que habés
visto un fantasma!
Mariano
tenía el aspecto de una estrella de rock de los sesenta, con el pelo castaño
moteado de gris, flequillo y largas patillas. Era bajito y fornido, y solía
vestir con un traje caro perfectamente entallado. Sin embargo, atufaba a
perfume barato y a puro, y siempre elevaba la voz cuando hablaba, como si
quisiera asegurarse de que todo el mundo le escuchaba.
Me
dieron ganas de decir que el fantasma era él, pero me contuve.
—¿Qué
informe necesitabas?
Me
miró desde arriba con sus ojos claros como dos pedazos de hielo deslizándose
por mi escote.
—Esto...
El informe... ¡Carajo, sí, el informe!
Mientras
le enseñaba en el ordenador el informe que me pedía, se inclinó hacia delante y
apoyó casualmente una mano en mi hombro izquierdo. Me quedé congelada, sin
saber cómo reaccionar, y por un momento el dolor ensordeció y el único contacto
que pasó a existir fue el de esa mano demasiado pesada.
—¡Está
todo en orden! —Se incorporó tras una eternidad, soltándome—. Hoy podés
marcharos antes y descansar, Angelita.
Cualquier
otro día habría rechazado la oferta y me habría quedado hasta la hora reglamentaria.
Sin embargo, recogí mis cosas sin rechistar y, tras asegurarme de que la silla
estaba impoluta, me marché con pasos temblorosos hacia la salida ignorando las
miradas y los murmullos.
El
dolor ocupó de nuevo todo mi cuerpo, así como los sudores y las chiribitas. Me
dirigí a una parada de taxis y le rogué a la conductora que atajase lo más
rápido posible.
—Es
hora punta, cielo. Lo que puedo hacer es intentar salir a la circunvalación y
entrar en el Sector 7 desde la zona que está en obras.
—Lo
que consideres mejor —murmuré.
El
coche se puso en movimiento, suavemente gracias a su motor eléctrico. Al hablar
de las obras me había acordado de Eric, así que saqué el móvil del bolso y me
dispuse a contestar a los mensajes que tenía pendientes.

Con
el corazón acelerado por aquel intercambio de emoticonos, apagué la pantalla y
suspiré. Una parte de mí se arrepentía de haber cancelado el plan. La otra
parte me alertó de que me estaba mareando, reafirmándome en que en ese estado
no podía ir a bailar.
En
vez de mirar por la ventanilla, desde el asiento de detrás del copiloto me fijé
en que la taxista tenía el pelo decolorado de color rubio platino con las
puntas azules.
—Me
encanta tu pelo —empecé una conversación para distraerme.
—¡Gracias!
—Tenía la voz grave y melódica—. Cuesta lo suyo mantenerlo.
—Lo
sé.
En
lo que quedaba de trayecto estuvimos charlando de los colores que nos habíamos
teñido el pelo cuando éramos adolescentes. Cuando me dejó frente a mi portal,
nos habíamos presentado y me había entregado su tarjeta para que, si un día
necesitaba un taxi urgentemente, la llamase.
—¡Encantada
de conocerte y que tengas un buen día, cielo!
—¡Igualmente,
Nane!
Ojalá
mi día mejorase...
Corrí
hasta mi apartamento y fui directa al baño. Me dio el tiempo justo de quitarme
las gafas y hacerme una coleta, me arrodillé ante el inodoro y vomité los
restos de la comida. Iuj. Los ojos se me llenaron de lágrimas y noté la
garganta rasposa por el ácido. Escupí y, cuando me aseguré de que no iba a
vomitar de nuevo, tiré de la cadena y me enjuagué la boca en el lavabo.
Como
una autómata, fui al dormitorio a por el neceser y luego a la cocina para
desinfectar la copa menstrual con agua hirviendo. Me preparé una infusión doble
de tila, y me obligué a comer un poco de pan para acompañar los calmantes;
durante todo el proceso dejé la mente en blanco, agotada de vivir aquella
tortura casi todos los meses.
Regresé
al baño. Me desnudé, dejando la ropa en un montón en el suelo, me senté en el
inodoro y me quité el tampón. Odiaba la sensación de sequedad que dejaba y,
teniendo en cuenta la posibilidad de provocar síndrome de shock tóxico y su impacto
medioambiental, me alegraba de haberme comprado hace años la copa menstrual.
Defequé,
apretando los músculos del abdomen con fuerza mientras la sangre goteaba
libremente. Las rodillas me temblaban por el esfuerzo y el sudor volvió a
cubrirme entera. De vez en cuando daba sorbos a la infusión, y entre vez y vez
apoyaba la taza contra mi vientre para darme calor.
Cuando
los calmantes y la tila hicieron efecto, al cabo de media hora, el dolor y los
calambres se fueron mitigando. Tiré de la cadena y me senté en el bidé para
lavarme y colocarme la copa con mayor facilidad. Hacía tiempo había descubierto
que me la colocaba mejor con la mano izquierda, a pesar de ser diestra. La
doblé hasta formar una “U” y me la introduje con cuidado. Una vez dentro de mi
vagina, tiré del extremo y noté que se abría con un plop. Palpándola con los dedos me aseguré de que estuviera bien
colocada para minimizar las fugas de sangre; una vez puesta ni siquiera la
notaba. Finalmente decidí darme una ducha caliente para quitarme el sudor y
relajar mis músculos.
Ya
en mi dormitorio, me puse unas bragas negras que me cubrían hasta el ombligo y
me apretaban el vientre. Justo cuando estaba atándome el lazo del albornoz sonó
el timbre.
—¿Quién
es? —pregunté por el telefonillo, extrañada.
—¡Eric!
—Escuché su voz, grave y profunda—. ¿Puedo subir?
—¡S-sí,
claro!
Le
abrí y esperé en el recibidor, convertida en un manojo de nervios. ¿Qué hacía
Eric aquí?
Eric
salió del ascensor con una amplia sonrisa. Estaba vestido de manera informal, con
botas, vaqueros oscuros y camiseta negra con flores rojas, y portaba una bolsa
de esas reutilizables para el supermercado.
—Hola,
Angy.
Se
inclinó hacia delante para darme un beso, pero le giré la cabeza en el último
momento.
—Lo
siento, es que no me he lavado los dientes —me disculpé, azorada.
Me
besó con suavidad la mejilla, la mandíbula y el cuello. Sentí que me derretía.
—No
pasa nada. —Se separó y me observó de arriba abajo—. ¿Qué tal te encuentras?
—Un
poco mejor, gracias. ¿Qué haces aquí?
Cerré
la puerta y le invité a pasar al salón.
—Te
escribí y te llamé, pero como no contestabas me arriesgué a presentarme
directamente. Supongo que te pillé en la ducha —señaló mi pelo mojado—. Estaba
un poco preocupado porque sé lo capulla que se puede poner la Reina Roja a
veces.
—¿La
Reina Roja?
—Así
es como llama Gina a la regla, porque le baja cuando le da la gana y le suele
hacer bastante daño. No me apetecía ir a bailar sin ti —admitió, ruborizándose
ligeramente mientras me miraba a los ojos—, así que pensé en venir a hacerte
compañía. ¿Te apetece? Si no me puedo ir...
Hizo
ademán de retroceder.
—¡No!
—Lo agarré de la manga de la camiseta de forma instintiva—. Quédate, por favor.
¿Qué es lo que has traído?
Nos dirigimos a la cocina y se dispuso a
extraer los objetos de la bolsa.
—Cacao
en polvo para preparar chocolate caliente... Cerezas... Palomitas por si te
apetece ver alguna peli... Y te puedo preparar lo que quieras de cena.
—Esta
mañana descongelé una dorada.
—Tengo
una receta de dorada con jengibre y limón que te encantará —sonrió, regalándome
sus hoyuelos.
—La
verdad es que me podría acostumbrar a que cocines para mí...
—Eso
espero. —Sus ojos verdes brillaban por la ilusión—. ¿Te apetece que te prepare
ya el chocolate caliente para merendar?
Ahora
que se me había asentado el estómago noté que empezaba a tener hambre.
—Sí,
gracias.
Eric
se puso manos a la obra. Mientras tanto me senté a la mesa y le conté lo que me
había ocurrido durante la hora de la comida, terminando con la conversación que
había oído sin querer en el pasillo de la oficina.
—Lo
que no es de recibo es que tengas que aguantar esas conversaciones en tu
ambiente de trabajo —opinó.
—Ya,
bueno, estoy acostumbrada. Ambiente de machirulos, ¿entiendes?
—Te
entiendo muy bien —suspiró.
—¿Tú
—tanteé— has ido alguna vez a algún... club de alterne?
Sentía
que era un tema con el que podía hablar abiertamente con Eric, si bien su
respuesta podía condicionar mi opinión sobre él.
Eric
se sentó a mi lado tras colocar sobre la mesa un bol de cerezas recién lavadas
y ofrecerme una taza de chocolate humeante.
—Sí.
«No
saques conclusiones precipitadas, Angy. Deja que se explique», me refrené a mí
misma antes de decir nada. Eric le dio vueltas a su chocolate con la cuchara y
por su expresión supe que estaba recordando aquel momento.
—Fui
una vez, cuando un compañero de trabajo me invitó a su despedida de soltero. Ya
sabes que no bebo alcohol, así que simplemente me tomé un refresco en el bar e
intenté disfrutar del espectáculo de striptease.
—¿Lo
intentaste? —enarqué una ceja.
—Admito
que me sentía un poco incómodo en aquel ambiente. Cuando todos mis compañeros
acabaron contratando diversos servicios y se retiraron a las habitaciones que
el local tenía en los pisos superiores, me marché. Estuve en una discoteca... y
ligué. Intuyo que bajo esa pregunta subyace la que realmente te interesa que
responda: «¿Qué opinas sobre la prostitución, Eric?»
Me
llevé una cereza a la boca, tirando del rabillo con un movimiento rápido para
quedarme sólo con el fruto entre los dientes.
—¿Qué
opinas sobre la prostitución, Eric?
Sonrió
un momento. Luego se puso serio al responder:
—Personalmente,
no estoy a favor. El consentimiento es la condición sine qua non del
sexo y, aunque hay personas que defienden la prostitución voluntaria, me parece
muy improbable que se cumpla esa condición cuando hay dinero de por medio.
Escupí
el hueso en una servilleta.
—Tenías
la respuesta preparada, ¿eh?
Ambos
nos echamos a reír.
—Obviamente
es un tema que he hablado mucho con mi hermana a raíz de su trabajo. —Por cómo
hablaba de ella, tenía cada vez más ganas de conocer a Gina—. Es innegable que
la prostitución vulnera los derechos de las personas. Perpetua la violencia,
particularmente hacia las mujeres, y en muchos casos está relacionada con la
trata de personas y con la explotación infantil.
—Creo
que la estadística mundial es que, de la trata de personas, más de un 80% se
destina a la prostitución —apunté—. Sin embargo, dentro de la prostitución no
está claro cuál es el porcentaje relacionado con la trata, ya que como la
prostitución no está regulada es difícil acceder a las cifras reales sobre las
personas que se prostituyen.
Eric
me miraba con tal atención e intensidad cuando le hablaba de estadísticas que sentía
que podía seguir hablando todo el día y no se cansaría.
—Además
—proseguí—, no sólo hay prostitución en prostíbulos, sino también en pisos
privados y en la calle. Se calcula que hay decenas de miles de personas que se
prostituyen en nuestro país, y la mayoría serían mujeres cis,
extranjeras y estarían en situación económica vulnerable.
—Por
esa razón, un punto clave es centrar el peso de la ley en los proxenetas e
incluso los clientes, no en las personas que ejercen la prostitución.
—Entonces,
tú eres más partidario de la abolición de la prostitución —mi tono era más
interrogativo que afirmativo.
—Sí
—me confirmó Eric tras atrapar otra cereza—. Entiendo que el regulacionismo
defienda la libertad sexual de las personas, particularmente de las mujeres, pero
creo que es muy difícil desligar la prostitución de su origen social
patriarcal. Además, tiene relación con problemas muy graves: violaciones,
drogas, ITS, crimen organizado...
Escupió
el hueso y continuó:
—Hay
estudios que muestran que las exprostitutas presentan síntomas del trastorno de
estrés postraumático y numerosos problemas de salud. Y, aunque dejen ese mundo,
sufren el estigma y la exclusión social. Al final, es una cuestión de derechos
humanos.
—Opino
lo mismo —asentí—. ¿Y qué opinas de otros sectores de la industria del sexo,
como la pornografía?
—Presenta
una problemática parecida, pero creo que es más factible regularla en
comparación con la prostitución. No quiero sonar hipócrita... Veo porno desde
que soy adolescente, pero eso no quita que, sobre todo con el paso de los años,
haya adoptado una visión crítica. Ahora prefiero el hentai, ya que no
implica a personas reales.
—Pero,
aunque sea ficción, supongo que también tendrás tus límites en cuanto a las
temáticas y el contenido.
—¡Claro,
claro! Nada de lolis ni furros. El monster-fuck tampoco me
va, pero voy a hacer una excepción con el webcómic que me mandaste.
Me
ruboricé de nuevo.
—Me
alegro de que te animes a leerlo. Yo admito que sigo viendo porno de vez en
cuando.
—¿Con
o sin audio? —La planteó como si fuera la pregunta del millón.
Me
hice la horrorizada.
—¿Qué
clase de psicópata ve porno con audio?
Volvimos
a reírnos. Mientras terminábamos de merendar, discutimos en broma sobre las
ventajas y desventajas de ver porno con audio. También hablamos sobre la
industria creciente del OnlyFans, que estaba a medio camino entre la
prostitución y la pornografía, y la conversación desembocó irremediablemente en
las fantasías sexuales.
—La
primera noche que pasaste en mi apartamento, cuando te até a la cruz y te azoté
con la fusta...
—¡Cómo
olvidarlo! —suspiró, recreándose en su recuerdo.
—Te
llamé “mi putita”. ¿Eso te molestó?
—Angy,
si me hubiera molestado te lo habría dicho —me aseguró—. Ya te dije que asumir
los roles de Amo-esclavo (en todas sus combinaciones de géneros, ya me
entiendes), me gusta. ¿Eso implica que esté a favor de la esclavitud en la
realidad? No. Yo en ese momento estaba perdidamente excitado por someterme a
ti. Y tú estabas tan metida en tu rol de Dom que aquella expresión te
salió sola.
—Eso
demuestra que la prostitución se emplea como una herramienta para someter a las
personas. —Cada vez era más consciente del poder que tenían las palabras—. Buscaba
degradarte y humillarte.
—Y
funcionó. Y yo lo disfruté, por eso me corrí. —Eric se levantó y se acercó a mí
para sostener mi rostro entre sus manos, mirándome fijamente a los ojos—. Aunque
resulte paradójico, estoy dispuesto a convertirme en “tu putita” cuando
llevemos a cabo sesiones de femdom. Es sólo una fantasía. Obviamente, si
tú no estás cómoda con ello, puedes seguir empleando otros apelativos...
—“Esclavo”
me convence más —murmuré, hundiéndome en sus pupilas—. Y me gusta que me llames
“Ama”.
—Por
supuesto, Ama. —Su boca apenas rozó mis labios—. Aunque hoy me he dejado el
collar en casa...
—Hoy
no me encuentro lo suficientemente bien como para tener sexo —le avisé,
apesadumbrada.
—Angy,
no he venido para tener sexo, sino para estar contigo.
Nos
besamos, y en ese momento me dio igual que no me hubiera lavado los dientes. Nuestro
beso supo a chocolate y cerezas, a consentimiento y libertad.
¡Joder!
Me
di cuenta de que me estaba enamorando de Eric.
En este capítulo he visto a una Angy más terrenal, quiero decir sine se halo de mujer perfecta que carece de defectos y veo que tiene uno, es despistada :) A pesar de un mal día fue encontrando a personas que fueron ayudándole, hasta tener su cereza del pastel, Eric. Y las palabras tienen su sentido en las situaciones en que son utilizadas, es como cobran otro significado, por ejemplo Putita en un momento íntimo o para quien nos permita llamarle así. Un gran detalle el chat del móvil, pero no pude ver la foto de Angy :( Por cierto, yo veo porno con audio :)
ResponderEliminarDulces besos de chocolate y cerezas.
Me alegro de que Angy se sienta cada vez más como un personaje de carne y hueso. Tanto ella como Eric tienen sus defectos y virtudes, que en la mayoría de los casos dependen de los puntos de vista de cada persona.
EliminarLas palabras son poderosas y merece la pena analizar y entender su contexto. Ya te habrás dado cuenta que me encanta que mis personajes debatan hasta llegar a sus propias conclusiones.
Me alegro también de que hayas visto el fondo de pantalla de Angy en la Galería.
Respecto al porno con audio, eres Team Eric jajaja
Gracias por leer, Caballero.
Dulces besos de chocolate y cerezas